Pocho Lavezzi y la salud mental de los ex deportistas: cuando el vacío llega después de la gloria
El ex delantero de la Selección Argentina reveló sus temblores y el duro proceso que atraviesa desde su retiro. Una confesión que ilumina un problema mucho más profundo en el mundo del fútbol.
La confesión de Ezequiel 'Pocho' Lavezzi no sorprendió solo por su crudeza, sino porque puso sobre la mesa un tema que el mundo del fútbol argentino suele barrer bajo la alfombra: qué pasa con la salud mental cuando se apagan los reflectores.
En un video que se viralizó en las últimas horas, el ex jugador de la Selección, Napoli, PSG y Hebei China Fortune habló sin filtros de los temblores que sufre desde hace tiempo y de cómo su retiro del fútbol profesional lo sumió en un proceso de vacío existencial que pocos se animan a nombrar. "Cuando dejás de jugar, te das cuenta de que todo lo que construiste durante 20 años ya no está", dijo con la voz entrecortada.
Lavezzi, que se retiró en 2019 con 34 años, acumuló una carrera envidiable: campeón olímpico en Beijing 2008, dos veces campeón de América con la Selección y millones ganados en Europa y Asia. Sin embargo, como muchos otros ex futbolistas, descubrió que el dinero y los títulos no inmunizan contra la depresión pos-retiro.
Este fenómeno no es nuevo. Psicólogos deportivos vienen advirtiendo desde hace años que los deportistas de élite, acostumbrados a una rutina de alta adrenalina, objetivos claros y reconocimiento constante, enfrentan un vacío brutal cuando todo eso desaparece. En Argentina, donde el fútbol es casi una religión, el problema se agrava: la identidad de muchos jugadores está tan atada al deporte que, al dejarlo, literalmente no saben quiénes son.
El caso de Lavezzi invita a pensar más allá de lo individual. Durante décadas, el sistema del fútbol argentino —y mundial— ha tratado a los jugadores como productos. Se los sobrevalora mientras rinden y se los olvida cuando ya no generan rédito. Clubes, representantes y medios contribuyen a construir egos monumentales que luego no saben gestionar el silencio.
La confesión del Pocho también desnuda la hipocresía de un ambiente que celebra la "locura" de algunos ídolos mientras ignora sus padecimientos reales. Maradona, el mayor ejemplo, fue medicalizado y expuesto hasta el final. Hoy, cuando un ex jugador habla de temblores, ansiedad o depresión, todavía se responde con memes o con ese típico "dale, Pocho, vos podés" que no resuelve nada.
Desde una perspectiva liberal, resulta evidente que el problema no se resuelve con más subsidios estatales a psicólogos deportivos ni con campañas institucionales vacías. Lo que hace falta es una cultura que valore la responsabilidad individual y prepare a los deportistas para la vida después del deporte. Eso implica educarlos financieramente, acompañarlos en la construcción de una identidad que no dependa exclusivamente de su rendimiento y enseñarles que el verdadero coraje muchas veces está en pedir ayuda a tiempo.
Lavezzi no es el primero ni será el último. En los últimos años, figuras como Andrés Iniesta, Giorgio Chiellini o el propio Lionel Messi han hablado de ansiedad y presión. Pero en el fútbol argentino, donde la cultura del aguante y la garra sigue siendo dogma, admitir vulnerabilidad sigue siendo un acto de valentía casi revolucionario.
La fuerte confesión del Pocho debería servir para algo más que clicks y likes. Debería obligar a clubes, dirigentes y medios a repensar cómo tratamos a los jugadores durante y después de sus carreras. Porque detrás de cada ídolo que tiembla hay un hombre que, como cualquiera, necesita herramientas para enfrentar el vacío que deja la gloria cuando se va.