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Flybondi en concurso preventivo: la crisis de la low-cost que desnuda el modelo aerocomercial argentino

La aerolínea low-cost presentó su pedido de salvataje judicial tras casi dos meses sin volar y cientos de despidos. Un caso que ilustra los límites del intervencionismo estatal en la aviación comercial.

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Cartel arribos nacionales en Aeroparque
(CC BY-SA 3.0)

La aerolínea low-cost Flybondi presentó este martes 6 de octubre de 2026 su pedido de concurso preventivo de acreedores ante la Justicia comercial, culminando meses de agonía operativa que incluyeron la paralización casi total de sus vuelos y el despido de centenares de trabajadores.

Según información disponible, la compañía no opera un vuelo regular desde hace casi dos meses, lo que representa un golpe severo a uno de los pocos actores que habían logrado introducir competencia real y precios accesibles en el mercado aéreo argentino. El concurso preventivo es el mecanismo legal que busca reestructurar deudas bajo protección judicial mientras se negocia con acreedores, pero en el contexto argentino suele ser el preludio de una intervención más profunda o, en el peor de los casos, de una salida desordenada.

Este desenlace no sorprende a quienes venimos señalando las distorsiones estructurales del sector. Flybondi irrumpió en 2018 con un modelo disruptivo: tarifas bajas, alta ocupación, rutas regionales que antes eran inviables y una gestión privada sin subsidios cruzados. Su aparición obligó a Aerolíneas Argentinas a mejorar su oferta y generó un aumento significativo en el tráfico de pasajeros. Sin embargo, la empresa nunca logró consolidar una rentabilidad sostenible en un entorno donde el Estado mantiene un monopolio de facto sobre los aeropuertos, regula férreamente las tarifas en algunos tramos y subsidia de manera opaca a la empresa de bandera.

La crisis se aceleró en los últimos meses con la combinación de costos operativos en dólares, combustibles atados al precio internacional, una demanda que no se recuperó plenamente tras la pandemia y, fundamentalmente, una regulación que sigue privilegiando al incumbente. Los despidos masivos son el síntoma más doloroso: cientos de familias que pierden su fuente de ingresos en un mercado laboral ya castigado. Pero el verdadero escándalo es que el Estado argentino gaste miles de millones en sostener Aerolíneas Argentinas —con sus déficits crónicos, ineficiencias y privilegios sindicales— mientras deja que un competidor privado se hunda.

Desde la mirada liberal, este caso ilustra a la perfección la crítica de Thomas Sowell a las políticas que se juzgan por intenciones y no por resultados. El relato oficial siempre habla de “conectar el país” y “defender el trabajo”, pero el resultado concreto es un sector aéreo caro, poco competitivo y dependiente de transferencias fiscales. Flybondi demostró que había demanda reprimida por vuelos baratos. Lo que falló fue el marco institucional: un sistema de aeropuertos deficitarios, tasas aeroportuarias elevadas, restricciones a la importación de aeronaves y una burocracia que castiga la eficiencia.

La batalla cultural y política en torno a Aerolíneas Argentinas es emblemática. Para el progresismo, la empresa estatal es un símbolo de soberanía y empleo público. Para la evidencia empírica, es un pozo sin fondo que distorsiona el mercado entero. Cada peso que se destina a cubrir sus pérdidas es un peso que no va a infraestructura aeroportuaria, a la mejora de pistas o a la reducción de costos para todas las aerolíneas. Es, en definitiva, un subsidio a la ineficiencia que perjudica a los usuarios y a los contribuyentes.

El concurso de Flybondi abre una oportunidad incómoda para el gobierno de Javier Milei. Por un lado, existe el riesgo de que el salvataje judicial derive en una nacionalización encubierta o en mayores regulaciones. Por otro, es una ventana para avanzar con mayor decisión en la liberalización real del sector: desregulación de tarifas, apertura a la competencia extranjera, privatización de aeropuertos y, eventualmente, una salida ordenada de Aerolíneas del control estatal. Si el liberalismo no aprovecha esta crisis para cambiar las reglas de juego, estaremos condenados a repetir el ciclo: una low-cost que promete revolución, un Estado que la ahoga y una empresa pública que sobrevive artificialmente.

La clase media argentina, que votó mayoritariamente por un cambio de modelo, es la principal usuaria de Flybondi. Son los mismos que viajan por trabajo, por estudios o por vacaciones familiares y que celebraron poder volar a Bariloche, Mendoza o el norte por precios que antes eran prohibitivos. Ver cómo ese proyecto se desmorona mientras Aerolíneas sigue recibiendo fondos públicos genera una indignación legítima y previsible.

No se trata de salvar a una empresa en particular. Se trata de decidir qué tipo de país queremos: uno donde el mérito, la eficiencia y la competencia determinen quién vuela y a qué precio, o uno donde la captura política y los intereses sindicales sigan definiendo la asignación de recursos. El concurso preventivo de Flybondi es solo el síntoma. La enfermedad es el modelo estatista que, a pesar de los cambios retóricos, sigue vivo en la aviación comercial argentina.

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