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Robots y realidad virtual en geriátricos: ¿apoyo o sustituto del cuidado humano?

Australia prueba AgeTech —robots, sensores y realidad virtual— para enfrentar soledad y escasez de cuidadores; el debate gira entre alivio operativo y riesgos éticos, de captura y de pérdida de vínculo.

Publicado el 3 de junio de 2026, 08:06 hs

Robots y realidad virtual en geriátricos: ¿apoyo o sustituto del cuidado humano?

Australia se convirtió en un laboratorio activo de AgeTech donde residencias y domicilios integran robots, sensores y realidad virtual con el objetivo explícito de reducir la soledad y compensar la escasez de personal; en ese marco la ONU proyecta más de 2.1 mil millones de personas de 60 años o más para 2050 (ONU, World Population Prospects 2022).

¿Qué se está probando en Australia?

En la práctica vemos experiencias que mezclan entretenimiento terapéutico y automatización: recorridos virtuales que recrean paisajes, gafas de realidad virtual usadas para terapia de reminiscencia y robots sociales que reconocen rostros y emociones, como Abi, que según su fabricante interactúa en 90 idiomas (Andromeda Robotics citado por The Guardian / Infobae). Estas herramientas se venden como paliativos a la soledad y como auxiliares para que el personal dedicable se concentre en la interacción humana, y hay informes de mejoras en ánimo y reducción del dolor en usuarios de realidad virtual, según organizaciones como Aged Care Research and Industry Innovation Australia citadas por The Guardian. Al mismo tiempo, la oferta comercial incluye sensores predictivos de caídas y monitores de actividad que convierten rutinas cotidianas en flujos de datos aprovechables por empresas tecnológicas.

¿Resuelven los robots la escasez o desplazan cuidados?

Vemos dos efectos contrapuestos: por un lado la automatización puede liberar tiempo útil del personal si las tecnologías están correctamente integradas; por otro lado su despliegue promete soluciones técnicas frente a problemas que son esencialmente sociales y organizativos, como la insuficiencia de mano de obra y la calidad del cuidado. La escala importa: la ONU registra cerca de 1.0 mil millones de personas de 60 años o más en 2020 y proyecta más de 2.1 mil millones para 2050, lo que explica la presión por innovación pero no la exonera de preguntas éticas (ONU, World Population Prospects 2022). Investigadores de la Universidad de Sídney advierten que los relatos de la industria presentan a las personas mayores como fuentes de datos y normalizan un "rescate tecnológico" que puede reforzar edadismos (The Conversation, citado por The Guardian). La experiencia práctica también muestra rechazo a equipos mal diseñados, lo que subraya la necesidad de incorporar a usuarios y profesionales desde el diseño.

¿Qué riesgos de captura y de privacidad emergen?

La mercantilización del cuidado genera riesgos de captura del Estado y de explotación de datos; empresas que ofertan sensores y plataformas convierten patrones de vida en activos comerciales si no existen reglas claras sobre quién accede a la información, con qué fines y bajo qué controles. Vimos denuncias académicas que apuntan a una concepción de las personas mayores como "incidentes a la espera de ocurrir" y como fuentes de datos a explotar (The Conversation / Univ. de Sídney). Por eso proponemos que cualquier financiamiento público o crédito para AgeTech se condicione a protocolos técnicos y éticos publicados, a estándares de interoperabilidad de datos y a auditorías independientes que garanticen trazabilidad y eviten "rent-seeking" mediante exclusivas contractuales. Sin estas condiciones, la automatización puede agravar desigualdades y reducir la responsabilidad institucional por la calidad del cuidado.

¿Cómo impacta esto en el mercado argentino?

No hay razón para ignorar la tendencia: el envejecimiento es global y las soluciones que importemos afectarán precios, empleo y regulación local; por eso debemos favorecer flexibilidad productiva y facilitar crédito para inversión en tecnologías útiles, pero condicionado a requisitos públicos de transparencia y a auditorías externas, tal como hemos planteado en notas previas. Argentina necesita evitar dos trampas: gastar recursos fiscales en compras tecnológicas sin evaluación de impacto, y permitir concesiones que trasladen funciones públicas sin controles, lo que suele terminar en captura estatal por grupos interesados. Vemos una oportunidad para diseñar programas pilotos con datos abiertos, evaluación independiente y participación de trabajadores y usuarios; así la tecnología puede complementar, no suplantar, el vínculo humano que define la calidad del cuidado.

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