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La gramática cultural del liberalismo clásico en la Argentina

Un ensayo sobre cómo el liberalismo clásico operó como un conjunto de prácticas cotidianas, espacios y hábitos culturales que moldearon la vida pública argentina y qué puede rescatarse hoy sin repetir sus exclusiones.

Publicado el 31 de marzo de 2026, 14:02 hs

Hospital Militar Regional de Mendoza. Av Boulogne Sur Mer y Roque Saenz Peña.

Introducción

Vemos al liberalismo clásico con demasiada frecuencia como una lista de fórmulas políticas: mercados, contratos, menos Estado. Esa lectura es válida pero incompleta. En la Argentina del siglo XIX y buena parte del XX, el liberalismo actuó sobre el cuerpo social mediante lo que podemos llamar una gramática cultural: hábitos, espacios, modos de hablar y prácticas institucionales que articulaban lo público y lo privado.

Este ensayo reconstruye esa gramática cultural y propone su reapropiación crítica. No se trata de apologizar doctrinas, sino de identificar prácticas cívicas útiles para fortalecer la vida pública hoy. Para sostener esa propuesta insistimos en algo ya sostenido en otras columnas: la solución no son gestos simbólicos; exige inversión sostenida en formación, oficio y distribución cultural.

Qué entendemos por gramática cultural

Una gramática cultural es una red de convenciones que hace posible la convivencia: cómo se conversa en un café, cómo se organiza una asamblea municipal, qué circulación tiene la información, cómo la ley se practica en los juzgados y despachos. El liberalismo clásico contribuyó a configurar muchas de esas convenciones en la Argentina: la prensa periódica, el salón literario, la escuela pública de tipo laico y universal, y formas de administración pública basadas en reglamentos escritos.

No es lo mismo proclamar libertad de prensa que vivir en una ciudad donde existan quioscos, cafés, redacciones y lectores regulares que compren periódicos y participen del debate público. Es en ese tejido cotidiano donde las palabras adquieren peso y las instituciones, legitimidad.

Ciudades, alfabetización y discursos públicos

La expansión urbana fue condición de posibilidad para esa gramática. Argentina es un país altamente urbanizado: la proporción de población urbana fue aproximadamente 92% en 2020 (World Bank, urban population % of total). Ese proceso transformó pequeñas sociedades rurales en mercados de ideas, salones y periódicos locales. La concentración demográfica facilitó la formación de públicos letrados y críticos.

La alfabetización operó como infraestructura cultural. Las tasas de alfabetización adulta en Argentina se mantuvieron altas en las últimas décadas; datos de la UNESCO indican una tasa cercana al 98% en años recientes (UNESCO Institute for Statistics). Una población que lee y escribe sostiene librerías, revistas y una prensa capaz de exigir cuentas.

La difusión y, más tarde, la expansión digital cambiaron el soporte material de esa gramática. El uso de Internet alcanzó niveles altos: individuos usando Internet en Argentina estuvieron cerca del 82% en 2021 según ITU. Ese dato es un recordatorio dual: por un lado facilita la circulación de información; por otro, desarticula formas locales de conversación, sustituyéndolas por ecos digitales que no siempre encarnan la deliberación pública.

Prensa, salones y públicos lectores

En la Argentina del siglo XIX la prensa no solo transmitía noticias: formaba lectores. Los periódicos imprimían cartas de lectores, crónicas de salones y secciones de correspondencia que establecían normas de debate. Los salones, clubes y tertulias mantenían una pedagogía informal del hablar en público. Esos espacios enseñaban a formular argumentos breves, a responder con datos o citas y a tolerar la réplica.

Esa pedagogía pública tenía límites evidentes: género, clase y origen eran filtros. Muchas voces permanecieron fuera. Pero también produjo un oficio del periodismo y del comentario público que fue, durante décadas, la columna vertebral de la vida cívica urbana.

Derecho escrito, burocracia y ceremonial administrativo

El liberalismo clásico promovió la codificación y la centralidad del derecho escrito. No hablamos solo de códigos y constituciones: hablamos de escrituras burocráticas, formularios, actas notariales y decretos que hicieron del documento un instrumento de acción pública. Ese énfasis sobre la letra produjo una cultura de registro, comprobación y trazabilidad.

Esa cultura documental tuvo efectos prácticos: permitió contratos comprensibles, registros de propiedad y cierto grado de previsibilidad en las relaciones económicas. Al mismo tiempo, administraciones con poco profesionalismo o clientelismo deformaron esas prácticas. Lo que nos interesa rescatar no es el texto legal abstracto, sino la práctica cotidiana de registrar, transparentar y archivar.

Excesos y exclusiones: por qué no conviene naturalizar la gramática

No debemos romantizar. La gramática liberal fue selectiva. Excluyó a pueblos originarios, marginó voces populares y sostuvo jerarquías de género. Las bibliotecas y salones eran a menudo espacios masculinos; la formalización de derechos llegó con límites de acceso.

Reconocer los aportes significa también denunciar sus omisiones. Cualquier intento de recuperar prácticas cívicas debe incluir mecanismos de inclusión: alfabetización crítica, políticas culturales con perspectiva de género y reconocimiento de tradiciones no europeas.

Del pasado al presente: qué queda y qué se perdió

Algunas prácticas sobreviven: la prensa todavía forma públicos, las bibliotecas públicas funcionan como nodos de encuentro y muchas oficinas públicas conservan rituales de archivo. Otras se erosionaron: el fortalecimiento de medios concentrados, la precarización del periodismo y la pérdida de bibliotecas municipales han vaciado espacios de formación cívica.

Si observamos la dinámica reciente vemos transformaciones rápidas. Por ejemplo, la urbanización alta (World Bank, 2020) y la masiva penetración de Internet (ITU, 2021) crean nuevos públicos, pero la calidad de la deliberación no es automática. La alfabetización cercana al 98% (UNESCO) es un fundamento, pero la alfabetización digital y cívica requiere inversiones específicas.

Qué prácticas recuperar y cómo financiarlas

Proponemos cuatro áreas prácticas para rescatar la utilidad de la gramática cultural sin repetir exclusiones:

  1. Bibliotecas como centros cívicos. No basta con inventarios: se necesita personal formado, programación estable y redes entre bibliotecas escolares y municipales. La inversión sostenida en personal y logística es más eficaz que anuncios simbólicos de apertura.

  2. Formación sostenida para mediadores culturales y periodistas locales. Oficio y ética se aprenden con entrenamiento prolongado, no con cursos aislados. Sostener redacciones locales implica subsidios por periodismo de calidad enfocados en habilidades, no en lineamientos ideológicos.

  3. Alfabetización cívica y legal. Enseñar a leer un contrato, a interpretar una ley local, a usar un registro público crea capacidades concretas de ciudadanía. Programas de capacitación deben tener continuidad y evaluación independiente.

  4. Espacios físicos de conversación. Cafés culturales, centros comunitarios y teatros municipales funcionan como laboratorios de práctica democrática. Su financiamiento debe contemplar operación estable y programación a largo plazo.

Las evidencias económicas son claras: la sostenibilidad exige presupuestos pluriannuales y mecanismos de evaluación. No hay atajos. La experiencia comparada muestra que programas discontinuos producen efectos efímeros.

Dónde interviene lo político: neutralidad, conflicto y memoria

Intervenir sobre la gramática cultural es un acto político inevitable. La neutralidad absoluta es un espejismo. La alternativa práctica es diseñar reglas de transparencia, participación y pluralismo. Debemos exigir, por ejemplo, que fondos públicos para bibliotecas y medios tengan criterios públicos de asignación y evaluación.

La memoria institucional importa. Preservar archivos y oralidades comunitarias amplía la base de la ciudadanía. En ese sentido, la política cultural debe ser menos espectáculo y más infraestructura: capacitación, sueldos dignos, transporte de colecciones, digitalización concertada.

Conclusión: una propuesta mínima de política cultural liberal en clave cívica

Observamos que el liberalismo clásico aportó una gramática útil de prácticas cívicas. La recuperación crítica de esa gramática exige tres líneas concretas: inversión sostenida en formación y personal, construcción de infraestructuras culturales locales conectadas y programas de alfabetización cívica con evaluación independiente.

Rechazamos la idea de que basta con repetir consignas doctrinales. La ciudadanía se hace con oficio, reglas y espacios. Por eso la apuesta debe ser al largo plazo: políticas estables, presupuesto pluriannual y evaluación pública.

Preguntas frecuentes

¿Qué se entiende por "gramática cultural" del liberalismo clásico?

La gramática cultural son las prácticas cotidianas que permitieron la vida pública: periódicos, salones, bibliotecas, rituales burocráticos y modos de debate. No es doctrina sino un conjunto de hábitos que hacen posible la deliberación y la actuación institucional.

¿Por qué no basta con promover la libertad de mercado para recuperar esa gramática?

Porque la gramática requiere instituciones y prácticas, no solo reglas económicas. Libertad de mercado sin formación cívica, sin medios locales y sin bibliotecas produce mercados desinformados, no una ciudadanía crítica y responsable.

¿Cuáles son las prioridades de inversión prácticas y urgentes?

Prioridades: financiamiento sostenido para bibliotecas y mediadores culturales, programas permanentes de alfabetización cívica y legal, y apoyo estable a redacciones locales. Estas acciones crean capacidades ciudadanas medibles en el tiempo.

¿Cómo evitar que la recuperación reproduzca exclusiones históricas?

Incluir criterios de equidad en el diseño: enfoque de género, reconocimiento de idiomas y tradiciones locales, participación comunitaria en la programación y evaluación independiente para medir inclusión real.

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