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El salario no le gana a la inflación: el 81% de los argentinos lo confirma en encuesta

Una nueva medición revela que solo el 13% cree que su sueldo supera la inflación, mientras dos de cada tres argentinos llegan con dificultad al día 20 del mes y más de la mitad se endeudó en los últimos seis meses.

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Canasta de consumo y gráfico del IPC argentino
(CC BY 4.0 — libre difusión con atribución a Q Company)

El resultado es contundente y difícil de refutar: el 81% de los argentinos considera que su sueldo no le gana a la inflación. Solo un 13% cree lo contrario, según la última encuesta del Monitor de Opinión Pública (MOP) de la consultora Opina Argentina. El dato, más que una estadística, funciona como un termómetro preciso del malestar económico que atraviesa la clase media y los sectores medios-bajos, precisamente aquellos que sostienen con su esfuerzo el sistema impositivo argentino.

El estudio, difundido este domingo 18 de octubre de 2026, muestra además que dos de cada tres consultados admiten que su ingreso apenas les alcanza hasta el día 20 del mes. Esa brecha de diez días genera una presión constante sobre los hogares que se traduce, inevitablemente, en mayor endeudamiento: el 56,2% recurrió a alguna forma de crédito o préstamo en el último semestre para llegar a fin de mes.

Estos números no son sorpresivos si se mira la trayectoria inflacionaria de los últimos años. Aunque el gobierno de Javier Milei logró bajar la inflación mensual de manera significativa, la recuperación del poder adquisitivo de los salarios lleva tiempo y, en muchos casos, aún no se materializa con la fuerza necesaria. La herencia de una economía destruida por el populismo no se corrige en meses.

Desde una perspectiva liberal, este escenario refuerza varios axiomas. Primero, que el Estado de bienestar argentino terminó convertido en un Estado de malestar: genera dependencia, desincentiva el trabajo formal y castiga con impuestos y regulaciones a quienes producen. Segundo, que la inflación es el impuesto más regresivo que existe, porque golpea más fuerte a los que menos tienen y destruye los planes de ahorro y progreso de la clase media.

La encuesta también revela la distancia entre el relato oficial y la percepción ciudadana. Mientras algunos voceros hablan de “recomposición salarial” y “recuperación del poder adquisitivo”, la mayoría de los argentinos siente que sigue corriendo detrás de los precios. Esa brecha entre opinión publicada y opinión pública es clásica en la Argentina: los medios y los analistas cercanos al poder pintan un panorama más optimista que el que vive el argentino de a pie.

El endeudamiento masivo es otra señal preocupante. No solo refleja la dificultad para llegar a fin de mes, sino que crea un círculo vicioso: intereses que se comen parte del salario futuro, mayor estrés financiero y menos capacidad de inversión productiva. Cuando más de la mitad de la población necesita endeudarse para consumir bienes básicos, el modelo económico sigue fallando en su objetivo central: permitir que la gente prospere con su propio esfuerzo.

Victoria Mansilla, analista político-cultural, suele señalar que la clase media argentina es liberal sin saberlo: quiere trabajar, progresar, que no la roben con inflación ni impuestos confiscatorios y que la dejen en paz. Estos datos confirman esa intuición. La frustración no es ideológica, es concreta. Surge de ver cómo el fruto de su trabajo se licúa mes a mes.

La batalla cultural y económica sigue abierta. Bajar la inflación es condición necesaria pero no suficiente. Se necesita también una reforma estructural profunda del Estado, reducción drástica del gasto público improductivo y un esquema impositivo que premie el trabajo y el ahorro en lugar de castigarlos. Solo así el “sí” en la pregunta sobre si el sueldo le gana a la inflación dejará de ser una rareza y se convertirá en la norma.

Mientras tanto, los números del MOP son un llamado de atención. La paciencia de la gente no es infinita, y la sostenibilidad política de cualquier reforma depende, en última instancia, de que los hogares sientan que el esfuerzo vale la pena. Hoy, para ocho de cada diez, todavía no lo vale.

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