Diagnóstico en Bogotá: mayoría estudiantil valida estereotipos y circula la manósfera
Un estudio de la Secretaría Distrital de la Mujer encuentra altos niveles de rechazo al feminismo y micromachismos en colegios públicos de Bogotá.
Un diagnóstico exploratorio de la Secretaría Distrital de la Mujer en colegios públicos de Bogotá detectó que el 68% de los estudiantes valida el estereotipo de que las mujeres solo buscan hombres con dinero y poder y que el 62% cree que el feminismo odia a los hombres (Secretaría Distrital de la Mujer, diagnóstico 2026; Infobae, 1/6/2026). Ese dato no es una anécdota: condensa la presencia de discursos antifeministas y micromachistas que la investigación ubica tanto en pasillos como en redes.
¿Qué revelan los números?
Los porcentajes del diagnóstico muestran una foto compleja y, a la vez, explícita. Según la Secretaría Distrital de la Mujer, 62% de los estudiantes considera que el feminismo odia a los hombres, 68% acepta el estereotipo sobre mujeres y poder adquisitivo, 77% está de acuerdo con que los hombres deben ser proveedores y 71% sostiene que los hombres también son víctimas del sistema; además, ninguna de las respuestas apoyó la idea de que "ya hay igualdad" (Secretaría Distrital de la Mujer, diagnóstico 2026). Esa combinación explica la paradoja señalada por el estudio: rechazo a la violencia machista explícita pero validación de micromachismos cotidianos. Cuando la mayoría reconoce que no existe igualdad formal pero reproduce imaginarios tradicionales, estamos frente a un problema cultural más que meramente informativo. Los números muestran que no basta con mensajes institucionales aislados; hacen falta estrategias que transformen prácticas y lenguajes.
¿Cómo llegamos hasta acá?
El informe atribuye parte de la circulación de estos contenidos a la llamada manósfera y a plataformas digitales. Según el diagnóstico, TikTok, YouTube, WhatsApp y los memes son canales que naturalizan consignas como "feminazi" o la idea de que las feministas odian a los hombres (Secretaría Distrital de la Mujer, diagnóstico 2026). Además, el estudio destaca un desafío pedagógico: algunos docentes reconocen estar al tanto de esos códigos, pero otros admiten carecer de herramientas para intervenir. Importa decirlo: este es un fenómeno mediado por tecnología y por brechas formativas en la escuela. El propio carácter exploratorio del diagnóstico impide, sin embargo, trazar una serie temporal clara; no hay en el informe comparaciones cuantitativas con años anteriores, por lo que no podemos afirmar con datos públicos si estas actitudes aumentaron o disminuyeron en el último quinquenio. Esa ausencia de series obliga a pedir mediciones sistemáticas y periódicas.
¿Qué deben hacer escuelas y autoridades?
Vemos tres prioridades prácticas. Primero, formación docente sostenida en pensamiento crítico, mediación digital y estrategias para intervenir micromachismos en el aula; el diagnóstico plantea la necesidad de espacios pedagógicos que cuestionen estereotipos (Secretaría Distrital de la Mujer, 2026). Segundo, programas que combinen alfabetización digital con enseñanza de relaciones igualitarias, porque el problema no es solo importado de internet sino validado en lo cotidiano. Tercero, transparencia y control: exigimos publicación de expedientes sobre programas, auditoría independiente de contenidos y debate público sobre las metodologías aplicadas en las escuelas. Sin estas condiciones la acción educativa corre el riesgo de convertirse en propaganda que refuerza polarizaciones en lugar de transformar prácticas.
Cierre: consecuencias prácticas y política pública
Los imaginarios que el informe identifica no son neutros: afectan la autonomía y la seguridad de las mujeres y condicionan la convivencia escolar, tal como señaló la subsecretaria del Cuidado y Políticas de Igualdad citada en el diagnóstico (Secretaría Distrital de la Mujer, 2026). La solución no es banalizar el problema ni aplicar correctivos meramente nominales. Requerimos políticas públicas evaluables: mediciones periódicas, indicadores claros sobre cambios en actitudes, capacitación docente con resultados medibles y apertura a voces familiares y comunitarias. También debemos preguntarnos quién se beneficia del relato dominante en las escuelas y evitar que las buenas intenciones deriven en captura ideológica. La evidencia obliga a intervenir con claridad, datos y controles; sin eso, las palabras se quedan en pasillos y chats, y los números siguen mandando.