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Borges y el liberalismo: lectura crítica de una afinidad compleja

Un ensayo que explora las afinidades intelectuales y las tensiones entre la obra de Jorge Luis Borges y las ideas del liberalismo político y cultural.

Publicado el 23 de febrero de 2026, 09:32 hs

Borges nació en 1899 y murió en 1986, hechos biográficos que enmarcan una carrera literaria y ensayística extendida a lo largo del siglo XX (Encyclopaedia Britannica). Su obra cruzó, sin pertenecer plenamente a ninguna escuela política, con debates centrales de la modernidad argentina: la tensión entre cosmopolitismo y nacionalismo, la apelación a la razón frente al impulso de las masas, la defensa de la tradición letrada frente a las nuevas formas de legitimidad política. En ese cruce, el liberalismo aparece no tanto como un programa explícito —pocas veces encontramos en Borges manifestos políticos sistemáticos— sino como una atmósfera intelectual: un conjunto de valores y reticencias que favorecen la autonomía del individuo, el pluralismo de lecturas y la sospecha frente a los relatos totalizantes.

Liberalismo como trasfondo cultural

Cuando hablamos de Borges y el liberalismo conviene primero aclarar qué entendemos por liberalismo. No se trata únicamente de un partido o de un conjunto de políticas públicas; hablamos de una tradición intelectual que privilegia la autonomía individual, el rule of law, la defensa de las libertades civiles y una cultura de lectura crítica frente a la apelación a lo colectivo. En la Argentina del siglo XX esa tradición convivió y chocó con corrientes populistas, nacionalistas y socialistas. Perón gobernó entre 1946 y 1955, un período que reconfiguró el horizonte político y cultural del país (Encyclopaedia Britannica). Es en ese contexto que buena parte de la obra y del discurso público de Borges se entiende mejor: como una respuesta estética y ética a la irrupción de formas de poder que reclamaban la fidelidad de las masas.

El liberalismo de Borges no es doctrinario. No propone un programa económico, ni un catálogo de reformas constitucionales. Sus afinidades son en gran medida culturales: la preferencia por la escritura razonada, el aprecio por la tradición literaria europea y anglosajona, la desconfianza ante los grandes relatos políticos que transforman a las personas en símbolos. Es significativo que su formación intelectual incluya autores como Stevenson, Chesterton y los poetas en lengua inglesa que tanto influyeron en su temprana cosmopolita biblioteca familiar; esa filiación explica en parte una sensibilidad liberal que no siempre coincide con las ortodoxias locales.

Obras y gestos: dónde aparece el liberalismo

No es difícil encontrar en la obra de Borges rasgos compatibles con una sensibilidad liberal. El individualismo moral aparece en cuentos donde la acción decisiva pertenece a personajes que actúan por voluntad propia, a menudo enfrentando una tradición o una autoridad. Emma Zunz, por ejemplo, plantea un acto de justicia privada que cuestiona la idea de una redención colectiva; la decisión moral recae sobre una mujer que toma la iniciativa y sostiene su propio juicio. Ese protagonismo de la autonomía individual, lejos de celebrar un egoísmo abstracto, se asocia en Borges con la soledad del juicio y con la responsabilidad personal.

Otra veta liberal es el cosmopolitismo intelectual. Borges fue lector de múltiples tradiciones y propuso, en sus ensayos y prólogos, una definición de la literatura argentina que no la reduce a una función instrumental del proyecto nacional. La famosa tensión entre lo local y lo universal en su escrita puede leerse como una defensa de la literatura fuera de la captura política: la obra literaria vale por su oficio y su diálogo con tradiciones mayores, no por su utilidad política inmediata. En ese punto Borges coincide con una concepción liberal del arte como esfera con autonomía relativa.

Finalmente, la ironía y la sospecha frente a los universales son rasgos recorrentes. Los laberintos y las bibliotecas que pueblan su ficción funcionan como metáforas de la pluralidad de discursos y de la imposibilidad de un único centro legitimador del sentido. Esa estética de la fragmentación es afín a una postura liberal que celebra la dispersión de poder simbólico y la pluralidad de voces.

Controversias y límites: por qué no podemos simplificar

Aun así, describir a Borges como un liberal en sentido político estricto es simplista. Primero, porque su práctica literaria no se reduce a un programa ideológico. La literatura para él es oficio, juego verbal y ejercicio de memoria; por eso la politización directa de su obra le resulta rara y, a veces, repugnante. Segundo, porque su perfil público no estuvo exento de contradicciones. Borges fue un crítico explícito del peronismo en los años inmediatamente posteriores al surgimiento de Juan Domingo Perón; ese rechazo lo colocó en diálogo con sectores liberales y conservadores que compartían la oposición al populismo. Pero la crítica del peronismo no equivale a una defensa sin matices de todos los proyectos liberales: a menudo su crítica fue más cultural que programática.

Además, la figura de Borges fue objeto de apropiaciones por parte de sectores que leyeron en su palabra una legitimación de posiciones elitistas. Es importante decirlo con claridad: la defensa de la autonomía intelectual puede convertirse en un escudo para la indiferencia social si se transforma en un dogma que niega desigualdades concretas. Borges no reivindicó jamás la miseria ni la injusticia; sin embargo, su atención preferente a la literatura como esfera autonómica puede leerse como insuficiente para quienes entienden la literatura como instrumento de transformación social.

Casos concretos: textos y episodios públicos

Para sostener estas afirmaciones conviene remitirse a algunos hitos cronológicos. Ficciones se publicó por primera vez en 1944, y es la colección que condensó muchas de las preocupaciones formales y filosóficas de Borges en esa etapa de su carrera (Ficciones, 1944, Encyclopaedia Britannica). El Aleph apareció en 1949, cinco años después, y amplió el campo temático hacia obsesiones metafísicas y relatos de memoria (El Aleph, 1949, Encyclopaedia Britannica). La comparación temporal entre ambas obras —1944 versus 1949— muestra una evolución: el Borges de Ficciones se interesa intensamente por la estructura del relato y la paradoja, mientras que en El Aleph aparece con mayor nitidez la dimensión memorial y ética. Esa deriva no implica un viraje político sino una concentración distinta de tensiones estéticas que a la larga también informan la manera en que el autor pensó la relación entre individuo y comunidad.

En lo público, la posición de Borges frente al peronismo marcó su perfil intelectual. Su rechazo no fue sólo retórico; se manifestó en ensayos y comentarios que privilegiaban la autonomía cultural sobre la masa política. Pero la irregularidad de sus juicios y su apuesta por la ironía obligan a leer esos pronunciamientos con cautela: Borges fue, ante todo, un hombre del verso y del ensayo, no un teórico de la democracia liberal.

Borges, liberalismo y la idea de modernidad argentina

El liberalismo argentino del siglo XIX se construyó sobre la figura del ciudadano ilustrado y sobre la promesa de incorporar al país a las corrientes europeas de modernidad. Borges, que leyó a Borges y a los clásicos en una biblioteca familiar cosmopolita, es heredero de ese gesto cultural sin reproducir mecánicamente su agenda política. Su apuesta fue estética y epistemológica: defender la lectura crítica, el diálogo con la tradición, la libertad del texto frente a las coacciones ideológicas.

Sin embargo, la modernidad argentina produjo también figuras y movimientos que reclamaron mayor inclusión social y participación política. Aquí surge la tensión principal: la defensa liberal de la autonomía cultural puede coexistir con la demanda democrática de mayor igualdad. Borges no negó esa tensión, pero su preferencia por la literatura como esfera de libertad lo colocó en una posición que algunos interpretaron como frialdad ante las urgencias sociales.

¿Qué aporta Borges al liberalismo contemporáneo?

Leer a Borges hoy desde la lente del liberalismo aporta varias lecciones: la primera, que la autonomía intelectual es un bien que merece protección; la segunda, que la literatura puede ser un espacio para la crítica de las totalizaciones ideológicas; la tercera, que la defensa de la libertad cultural no se disuelve en un laissez-faire social. En otras palabras, Borges nos recuerda que hay una dimensión estética del liberalismo —la defensa de la pluralidad de voces, la crítica de los monismos— que es valiosa, pero que debe dialogar con las demandas de justicia social.

Ese diálogo exige prudencia: no convertir la obra literaria en adalid acrítico de un programa económico o político. La literatura de Borges señala la necesidad de preservar la autonomía del pensamiento, pero también nos obliga a interrogar si esa autonomía se traduce, de alguna manera, en responsabilidad pública.

Lecturas críticas posteriores y recepción

La recepción de Borges ha sido, desde siempre, terreno de disputa. Algunos sectores lo celebraron como símbolo de una cultura letrada y cosmopolita; otros lo criticaron por lo que interpretaron como una distancia ante los reclamos populares. La polarización recibió un nuevo impulso durante las décadas de 1970 y 1980, cuando la literatura fue campo de batalla de proyectos políticos muy distintos. Sin embargo, con el paso del tiempo hemos ganado perspectiva: la robustez estética de los relatos y ensayos de Borges ha sobrevivido a las contiendas políticas inmediatas y hoy permite lecturas matizadas, que reconocen sus afinidades con el liberalismo cultural sin reducirlo a un manifiesto político.

Conclusión: una afinidad compleja y crítica

En resumen, Borges exhibe una afinidad con ciertos valores liberales —autonomía del individuo, cosmopolitismo intelectual, escepticismo frente a los totalismos— pero esa afinidad es principalmente estética y ética, no doctrinaria. Su obra defiende la autonomía del oficio y la pluralidad de lecturas, y por eso resulta un recurso valioso para quienes hoy defienden la libertad cultural frente a la instrumentalización identitaria de la literatura. Al mismo tiempo, es necesario mantener la cautela: la defensa de la autonomía no puede transformarse en coartada para la indiferencia social.

Leer a Borges en clave liberal nos enseña a apreciar la literatura como esfera de pensamiento independiente y crítico, sin convertirla en apología política. Esa lección es relevante de manera perdurable: la literatura no termina donde empieza la política, pero tampoco puede ser indiferente a las condiciones materiales que condicionan la vida de los lectores. Vemos, pues, en Borges una invitación a la libertad de lectura y al pensamiento crítico, y también un recordatorio de que toda libertad intelectual se ejercita mejor en diálogo con las demandas de justicia y con la responsabilidad pública.

Fuentes citadas: Encyclopaedia Britannica, entradas sobre Jorge Luis Borges, Ficciones (1944) y El Aleph (1949); contexto histórico sobre la presidencia de Juan Domingo Perón (1946-1955).

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