Quiebra del Aquarium de Mar del Plata: pingüinos tasados en US$ 40.000 y 59 animales sin destino
La Justicia autorizó el remate internacional de cuatro pingüinos saltarines valuados en US$ 40.000 como parte de la liquidación del ex Aquarium. El resto de la fauna marina y terrestre sigue sin un plan claro, lo que genera fuerte polémica.
La quiebra del ex Aquarium de Mar del Plata, uno de los centros de exhibición de fauna marina más conocidos del país, dio un paso más este martes 25 de agosto de 2026 con la tasación de cuatro pingüinos saltarines en US$ 40.000. La Justicia comercial avaló que estos animales puedan ser rematados en el mercado internacional, una decisión que reavivó la polémica sobre el destino de los 63 ejemplares que aún permanecen en las instalaciones.
Según informó El Economista, el juez a cargo del concurso de acreedores consideró que la venta de estos cuatro pingüinos representa una forma de recuperar parte de los créditos pendientes. El valor asignado —10.000 dólares por animal— se basa en estimaciones de mercado para ejemplares de esta especie en zoológicos y acuarios privados del exterior.
La medida genera más preguntas que respuestas. En primer lugar, porque el comercio internacional de fauna silvestre está sujeto a estrictos controles de CITES, el convenio que regula el tráfico de especies. En segundo lugar, porque el resto de la colección —que incluye lobos marinos, tiburones, tortugas y aves— sigue sin un destino definido, lo que expone a los animales a condiciones de mantenimiento cada vez más precarias mientras se resuelve la liquidación.
Desde el punto de vista económico, la situación ilustra los riesgos de un modelo de negocio basado en la exhibición de animales vivos sin un respaldo financiero sólido ni un plan de contingencia. El Aquarium de Mar del Plata funcionó durante décadas como atractivo turístico, pero los costos operativos —alimentación, agua salada, infraestructura y personal especializado— son elevados y poco compatibles con fluctuaciones de visitantes o problemas de gestión.
La decisión judicial abre la puerta a que compradores extranjeros se lleven parte de la colección, algo que diversos especialistas en bienestar animal y biólogos marinos han criticado. Argumentan que los pingüinos, habituados a un entorno controlado durante años, podrían enfrentar dificultades de adaptación en nuevos acuarios, especialmente si cambian las condiciones de clima, dieta o grupo social.
Al mismo tiempo, la lentitud del proceso concursal deja en evidencia fallas estructurales del sistema judicial argentino para resolver este tipo de casos. Mientras los acreedores esperan cobrar, los animales se convierten en activos de difícil liquidación: no son mercadería estándar y su valor real depende tanto de factores biológicos como regulatorios.
Fuentes cercanas al caso indicaron que existen conversaciones con entidades públicas y privadas para relocalizar al resto de los 59 animales, pero hasta el momento no hay definiciones. Algunas organizaciones han propuesto traslados a centros de rescate o santuarios, aunque estos espacios suelen tener capacidad limitada y altos costos de operación.
El caso del Aquarium no es aislado. En los últimos años varios parques y zoológicos en distintas provincias enfrentaron problemas financieros similares, lo que obliga a repensar el modelo de exhibición animal en un contexto donde las expectativas del público, los estándares de bienestar y la presión económica cambian con rapidez.
Más allá del valor monetario asignado a los cuatro pingüinos, la verdadera tasación pendiente es ética y práctica: cómo garantizar que estos seres vivos no terminen siendo meros activos concursales sin que nadie asuma responsabilidad por su futuro a largo plazo. La Justicia comercial resolvió una parte del problema. El resto, lamentablemente, sigue nadando en aguas turbulentas.