El trade electoral llegó antes de tiempo: riesgo país por encima de 500 y caída de acciones
Los mercados argentinos ya descuentan el escenario político de 2027. Con el riesgo país superando los 500 puntos y una fuerte presión sobre bonos y acciones, la City comienza a leer un tablero electoral que se anticipa. Analistas evalúan si hay margen para un rebote.
El “trade electoral” llegó antes de tiempo. Cuando aún faltan más de quince meses para las legislativas de medio término y casi tres años para la presidencial de 2027, los mercados argentinos ya ajustan posiciones como si la contienda estuviera en marcha. El riesgo país superó con holgura los 500 puntos básicos, los bonos soberanos cayeron con fuerza en el exterior y las acciones locales registraron una de las peores jornadas del año.
Esta dinámica no sorprende a quienes siguen de cerca la dispersión del conocimiento en los mercados. Los precios incorporan información que los planificadores políticos suelen ignorar: la percepción de que el actual esquema de estabilización, por más exitoso que haya sido en bajar la inflación, enfrenta límites institucionales y políticos que los inversores ya descuentan.
Los analistas de la City observan con atención dos variables. Por un lado, la dificultad para avanzar con las reformas estructurales que permitirían anclar expectativas a largo plazo. Por otro, la recomposición de fuerzas políticas que, una vez superada la emergencia, podrían revertir parte de lo avanzado. En un país donde el peronismo sigue siendo la principal fuerza residual, el temor a un retorno al populismo redistributivo nunca desaparece del todo.
Como señalaba Hayek, el conocimiento relevante para la coordinación económica está disperso entre millones de actores. Cuando esos actores perciben que el marco institucional puede volverse menos amigable para la propiedad y la competencia, retiran capital o exigen mayores primas de riesgo. El salto del EMBI argentino por encima de 500 puntos refleja precisamente esa reevaluación.
Moody’s y Delphos Investment, sin embargo, encuentran todavía margen para un rebote. Argumentan que los fundamentos macroeconómicos —superávit fiscal primario, acumulación de reservas y desaceleración inflacionaria— siguen siendo sólidos en términos relativos. El problema no sería tanto la solvencia como la sostenibilidad política del programa. Si el gobierno logra mostrar avances concretos en la reforma del Estado y en la liberalización de mercados antes de fin de año, el “trade electoral” podría revertirse.
La caída de las acciones responde a la misma lógica. Las empresas más expuestas a la regulación estatal y a la demanda interna sufrieron más. Aquí opera con claridad la captura del Estado: los mercados anticipan que los grupos de interés organizados —sindicatos, importadores protegidos, beneficiarios de subsidios— intentarán recuperar terreno una vez que el ciclo electoral se acerque.
No se trata de un colapso. Es una corrección que recuerda que la libertad económica no es un dato adquirido sino una conquista permanente que requiere instituciones robustas. El igualitarismo que subyace en buena parte del discurso político argentino sigue siendo el principal enemigo de largo plazo: promete redistribución pero solo consigue empobrecimiento colectivo.
Los inversores no están reaccionando a un titular sino a una probabilidad. La probabilidad de que el próximo ciclo político diluya parte de la disciplina fiscal actual. Esa lectura es consistente con la historia argentina. Cada vez que un programa de estabilización logra ciertos éxitos, aparece la tentación de “distribuir los frutos del crecimiento” antes de que esos frutos estén consolidados.
¿Cuántas veces más necesitamos ver el mismo resultado para aceptar la evidencia? El riesgo país no sube porque los mercados sean irracionales; sube porque los mercados leen correctamente los incentivos de los actores políticos. Frenar la presión requiere señales creíbles de que la reforma del Estado no es negociable y de que el gasto público estructural se reducirá de manera permanente, no solo coyuntural.
Mientras tanto, conviene recordar que las consecuencias no intencionadas de la incertidumbre electoral ya están operando: menor ingreso de capitales, mayor costo de financiamiento y menor inversión. Todo ello retrasa el crecimiento que, paradójicamente, es lo que más necesita el gobierno para consolidar apoyo político.
La tarea no es sencilla. Requiere combinar disciplina técnica con habilidad política, algo que la tradición liberal argentina siempre ha encontrado difícil. Pero si algo enseñan los órdenes espontáneos es que los mejores resultados surgen cuando se respetan las reglas generales y se deja que los individuos coordinen sus planes. Pretender rediseñar esa coordinación desde el Estado es la fatal arrogancia que tantas veces pagamos caro.