Yamil Dora y la vergüenza como motor literario: la historia de un hijo de cabaret
El escritor santafesino relató en Ronda de Escritores cómo un viaje a Casilda despertó recuerdos de su infancia y lo llevó a transformar la historia de su padre, dueño de un cabaret, en un libro atravesado por la vergüenza familiar y las contradicciones del paso del tiempo.
En una de las últimas sesiones de Ronda de Escritores (RDEsc), el narrador Yamil Dora ofreció un testimonio que revela cómo la literatura puede surgir precisamente de aquello que durante años se intentó ocultar. El disparador fue un viaje a Casilda, en la provincia de Santa Fe, que funcionó como una madeleine proustiana invertida: en lugar de placer, trajo vergüenza, contradicciones y la necesidad de poner en palabras una herencia incómoda.
Dora creció como hijo del dueño de un cabaret. Ese dato, que para muchos podría sonar a anécdota pintoresca, para él representó durante décadas un núcleo de tensión familiar y personal. “Me daba vergüenza el trabajo de mi papá”, confesó con una franqueza que desarmó a la audiencia. La confesión no fue un gesto de exhibicionismo terapéutico, sino el punto de partida de un proceso literario maduro que transformó la memoria dolorosa en materia narrativa densa.
El libro que resultó de esa excavación no es una mera autobiografía ni un ajuste de cuentas. Según el propio autor, se trata de una exploración de las contradicciones que habitan toda familia: el amor filial conviviendo con el rechazo social, la admiración por un padre emprendedor junto a la incomodidad ante el rubro de su negocio, la distancia que impone el paso del tiempo entre el niño que fue y el escritor que hoy revisita esos años.
La potencia del relato de Dora radica en su negativa a caer en sentimentalismos fáciles o en moralinas progresistas sobre la estigmatización del trabajo sexual. En cambio, opta por la precisión quirúrgica del que sabe que la literatura no redime, pero sí permite entender. La vergüenza, en sus palabras, no es solo un sentimiento privado sino un revelador social: expone las jerarquías morales implícitas de una sociedad que celebra el éxito económico siempre que no sea demasiado visible su origen.
Casilda aparece en el relato como un personaje más. El pueblo santafesino, con su atmósfera de provincia profunda, funciona como escenario perfecto para una historia argentina clásica: el padre que hace lo que puede, el hijo que quiere ser otra cosa y, finalmente, el adulto que comprende que esa “otra cosa” solo podía construirse sobre la base de lo que se intentó negar.
El testimonio de Dora en RDEsc confirma una intuición liberal clásica sobre la creación artística: las grandes obras no nacen de la corrección ideológica ni de la militancia, sino de la confrontación honesta con la propia biografía, por incómoda que sea. En un momento en que buena parte de la literatura argentina parece obsesionada por señalar culpables externos, la apuesta de Dora por revisar la vergüenza familiar resulta refrescante y necesaria.
Lejos de victimizarse, el escritor santafesino presentó su libro como un acto de reconciliación con la complejidad. No se trata de justificar el cabaret ni de condenarlo, sino de entender cómo esa experiencia moldeó su mirada sobre el mundo, sobre los hombres y sobre la transmisión entre generaciones. En ese sentido, su trabajo se emparenta más con la mejor tradición realista que con las modas autoficcionales contemporáneas.
La sesión de Ronda de Escritores dejó claro que la literatura sigue siendo uno de los pocos espacios donde es posible decir, sin eufemismos, que no todos los recuerdos de infancia son luminosos y que la vergüenza puede ser, paradójicamente, un formidable motor creativo. Yamil Dora lo demostró con sobriedad y profundidad.