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José Luis Daza y la impaciencia argentina: siembra de estabilidad con cosecha demorada

El viceministro de Economía reconoció que la recuperación avanza por debajo de las expectativas pero defendió la estrategia de largo plazo del Gobierno de Milei. Comparó el potencial argentino con la transformación chilena y pidió paciencia para consolidar las reglas de juego.

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José Luis Daza y la impaciencia argentina: siembra de estabilidad con cosecha demorada
El Economista Argentina

En una exposición reciente, el viceministro de Economía José Luis Daza admitió sin rodeos lo que muchos argentinos ya sienten en el bolsillo: la recuperación económica avanza por debajo de lo esperado. Sin embargo, lejos de ofrecer atajos o promesas populistas, Daza insistió en que el país atraviesa una etapa de siembra cuya cosecha requiere tiempo, continuidad de reglas y consolidación macroeconómica.

"Hay una impaciencia muy grande", reconoció el funcionario de origen chileno durante la entrevista titulada "La visión económica del Gobierno y las perspectivas de crecimiento de Argentina". Esa frase condensa el núcleo del dilema actual: la brecha entre las expectativas generadas por el cambio de rumbo y la realidad que todavía enfrentan hogares y empresas.

Daza defendió la estrategia oficial como una apuesta de mediano y largo plazo. Según sus palabras, el 96% de lo que está en carpeta aún está por delante. El foco está puesto en ordenar la macroeconomía, atraer inversiones genuinas y evitar el retorno de las crisis recurrentes que han convertido a la Argentina en el país que más tiempo ha pasado en recesión en las últimas décadas.

El viceministro recurrió a la experiencia de su país natal para ilustrar el argumento. Recordó cómo el decreto L 600 chileno —equivalente al RIGI argentino— atrajo 50.000 millones de dólares en cuatro décadas para el sector minero, motor de la transformación económica transandina. En contraste, Argentina ya tiene anunciados 200.000 millones de dólares en solo diez años. "Me dicen que soy optimista, pero más bien soy realista", afirmó.

El paralelismo con Chile no se limita a los números. Daza subrayó que uno de los mayores méritos de la Concertación de centroizquierda fue mantener las políticas orientadas al mercado heredadas del gobierno anterior, a pesar de las diferencias ideológicas y tras el referéndum que puso fin a la dictadura de Pinochet. La continuidad institucional, más que la ideología, fue lo que permitió consolidar el orden económico.

Aquí radica uno de los puntos más delicados del diagnóstico. El principal obstáculo que todavía enfrenta la llegada de capitales no es la falta de oportunidades —Daza sostiene que es difícil ver en el mundo un país con más potencial que la Argentina—, sino la falta de confianza en la estabilidad de las reglas de juego. "Es indudable que hay un miedo a un cambio en las reglas", admitió.

Desde la perspectiva liberal, este miedo no es irracional. La historia argentina está plagada de intervencionismos, confiscaciones encubiertas vía inflación y cambios abruptos de política que destruyeron incentivos y espantaron inversión. La "pretensión de conocimiento" que criticaba Hayek se manifiesta aquí como la creencia reiterada de que cada nuevo gobierno puede rediseñar la economía según su visión sin pagar costos.

El viceministro enfatizó que todo el trabajo del Gobierno se hace "por empatía, para ayudar a los más pobres, pero sin populismo y sin atajo". La consolidación de la estabilidad no es un fin en sí mismo, sino la condición previa para que la mejora llegue de forma sostenida a hogares, empresas y provincias. Vladimir Werning, vicepresidente del BCRA, complementó esta visión al destacar el "efecto derrame fuertísimo" de los sectores exportadores y la estabilidad cambiaria que permite proyectar sin anticipar devaluaciones recurrentes.

Sin embargo, el desafío permanece. Los grandes proyectos de energía y minería deben generar encadenamientos productivos que alcancen a las pymes y al empleo local, especialmente en un contexto de demanda interna débil y mayor competencia de importados. La mera anunciación de inversiones no genera actividad automática; se requiere confianza institucional duradera.

Como señalaba Karl Popper, la ingeniería social utópica fracasa porque ignora las consecuencias no intencionadas y la dispersión del conocimiento. La estrategia actual, en cambio, parece apostar a una ingeniería fragmentaria: estabilizar primero, generar reglas creíbles después y dejar que el orden espontáneo del mercado haga el resto.

"La Argentina cambió para siempre", sostuvo Daza. La frase puede sonar retórica, pero apunta a algo profundo: la posibilidad de romper con décadas de ciclos populistas y construir un orden económico basado en reglas estables. Si la impaciencia ciudadana se traduce en presión por atajos, ese cambio corre riesgo. Si, en cambio, se logra sostener el proceso de siembra, el potencial que el viceministro describe podría dejar de ser una promesa para convertirse en realidad tangible.

La paciencia no es una virtud ilimitada en una sociedad golpeada por la inflación crónica y la caída del poder adquisitivo. Pero tampoco lo es la impaciencia que exige resultados inmediatos de reformas que, por su propia naturaleza, requieren tiempo para madurar. El equilibrio entre ambas será, en los próximos años, el verdadero termómetro del éxito o el fracaso del experimento liberal en curso.

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