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La recesión técnica es inevitable: proyecciones de crecimiento ajustadas al 1% para 2026

El Gobierno de Milei enfrenta una realidad compleja: el PBI crecería apenas 1% este año, con consumo, crédito e inversión estancados. La preocupación por las elecciones de 2027 ya se instala.

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La recesión técnica es inevitable: proyecciones de crecimiento ajustadas al 1% para 2026
(CC BY-SA 4.0)

La recesión técnica ya no es un riesgo. Es un hecho. Los analistas privados y consultoras vienen ajustando sus proyecciones a la baja y el consenso se acerca a un crecimiento del PBI de apenas 1% para 2026. Lejos de la recuperación en V que algunos esperaban tras la estabilización macro, la economía argentina muestra signos de agotamiento en sus motores principales: consumo, crédito e inversión.

El dato no es menor. Después de un 2025 marcado por la corrección fiscal y la licuación de stocks, el año actual debería haber sido el de la reactivación. Sin embargo, la demanda agregada no repunta. Las familias siguen ajustando sus gastos, el crédito al consumo no despega y las empresas postergan decisiones de inversión ante un contexto de tasas altas y demanda débil.

Desde el Gobierno observan este escenario con creciente preocupación. Fuentes oficiales admiten en privado que la hoja de ruta económica sigue siendo la misma —déficit cero, saneamiento de balances y apertura gradual—, pero reconocen que el costo social y político de la corrección está durando más de lo previsto. La herencia recibida era peor de lo imaginado, repiten. Pero también saben que el tiempo político no es el mismo que el tiempo económico.

Las elecciones de 2027 ya aparecen en el horizonte. Un crecimiento raquítico no solo limita la capacidad de mejorar ingresos reales, sino que reduce el margen para cualquier tipo de anuncio expansivo. En un país donde la política se juega en gran medida sobre la economía familiar, un 1% de crecimiento no genera la sensación de “vuelta” que el oficialismo necesita vender.

El problema no es solo cíclico. Hay una cuestión estructural: la economía argentina sigue sin resolver cómo pasar de la estabilización a un crecimiento sostenido. La confianza no se recupera con un solo trimestre positivo. Se construye con reglas estables, previsibilidad y señales claras de que el ajuste no fue solo un paréntesis.

Hasta ahora, el Gobierno ha priorizado la consistencia macro por sobre el corto plazo. Esa decisión le permitió bajar drásticamente la inflación y estabilizar las variables financieras. Pero el trade-off está a la vista: sin crédito, sin consumo y con inversión privada tímida, el rebote se posterga. Y cada mes que pasa sin crecimiento acumulado hace más difícil alcanzar las metas de mediano plazo.

Los números fríos son elocuentes. El consumo masivo sigue en territorio negativo en términos reales. La inversión en maquinaria y equipo no muestra señales de repunte fuerte. El crédito hipotecario, uno de los pocos que había mostrado algo de vida, enfrenta ahora las limitaciones de una demanda solvente muy acotada. Todo esto dibuja un escenario de estancamiento que se acerca peligrosamente a una recesión técnica.

Desde una perspectiva liberal, este momento pone a prueba una convicción central: que el ajuste fiscal y la disciplina monetaria son condiciones necesarias —aunque no suficientes— para el crecimiento. La discusión ya no pasa por si había que hacer el ajuste. Pasa por cómo salir de él sin volver a las viejas recetas que terminaron generando la crisis que Milei heredó.

El desafío es pasar de la macro estabilizada a la micro dinámica. Eso requiere reformas que todavía están pendientes: laboral, previsional y tributaria. Sin ellas, el riesgo es quedar atrapados en un crecimiento mediocre que no alcanza para revertir la decadencia de décadas.

El Gobierno sabe que 2026 será un año bisagra. Si logra que la economía empiece a mostrar signos claros de recuperación hacia el segundo semestre, podrá llegar a 2027 con una narrativa de “el peor ya pasó”. Si el 1% se consolida y se extiende, la oposición —que ya se reorganiza— encontrará terreno fértil para cuestionar no solo los resultados, sino el rumbo.

Por ahora, la consigna oficial sigue siendo paciencia y consistencia. Pero en economía, como en política, la paciencia tiene un límite. Y ese límite se acerca a medida que las proyecciones siguen bajando.

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