Glen Pail no es una sirena

 

El que se destapaba siempre con esas ideas era Castello. Más por conservar su fama de delirante que por una verdadera convicción. La primera vez que lo dijo, medio en secreto medio en broma, Roberto y yo nos reímos y todo quedó ahí, entre puntos suspensivos. La víctima de la joda que había tirado, era el tipo nuevo que acababan de trasladar de un galpón del sur a nuestra oficina. Se llamaba Glen Pail, así nos había dicho, y quizás por ser reservado y esquivo, nos estaba costando integrarlo al grupo, hacerlo partícipe a él también de nuestra distendida rutina. Que no tomara café ni fumara era la principal dificultad que había para sumarlo al equipo. Eso, y que se la pasara recluido en el rincón que le habían asignado, revisando con evidente desconcierto las planillas de entradas y salidas de los camiones.

  Marta, la secretaria del dueño, me lo dijo el viernes. Glen Pail es una sirena. Así me dijo y se alejó de mi escritorio moviendo su inmenso culo para esquivar el armario y los ficheros. ¿Una sirena?, le pregunté a Roberto que se empezó a reír: se creía que yo estaba repitiendo la joda que había hecho Castello. Me quedé pensando un rato en que era absurdo, en que una sirena no se emplea en una compañía de transporte y en que, además, las sirenas suelen ser mujeres y él, aunque paliducho y delicado, excepto con un disfraz, no podía pasar por una mina. Estaba sí, la cola de pescado que reemplazaba a sus piernas y que él pretendía disimular con un ingenioso pantalón, pero eso podía ser una malformación genética, algo hereditario, qué sé yo. Se ven tantas cosas extrañas en estos días.

  El rumor, el chiste de Castello y el comentario de Marta, trascendió el reducido espacio de nuestra oficina y alcanzó el playón y los dos galpones de depósito. En una impertinente procesión, los changarines, los mecánicos y algunos camioneros, empezaron a acercarse a las ventanas de la oficina para observar, fehacientemente, las características del fenómeno que albergábamos. Estaban los que se iban riendo, burlándose y otros, los menos, que fruncían el ceño, componían un gesto de preocupación y se retiraban cavilosos, meditando quizás si ese tipo era realmente un engendro de circo o una sirena. Dos semanas después y ante la creciente alteración de la acostumbrada calma, el dueño tuvo que dar la cara. Nos juntó en el patiecito a Roberto, a Castello, a Marta, a mí y a un par de los del depósito y puso los puntos en claro. Que nos dejáramos de embromar, que basta de chanzas y que Glen Pail no era una sirena. Era cómico que nos retara por eso. Por joder con que Glen Pail era una sirena cuando ahí vivíamos embromando con la calva de Roberto y los dientes podridos de Castello.

Mientras tanto, Glen Pail había roto el hielo y se había hecho, como se dice, un poco más amigo. Tenía sus vueltas el pibe, claro, pero no era un compañero especialmente jodido. Nos pedía que no fumáramos cerca de su escritorio porque le hacía mal a las branquias y, aunque no hiciera calor, cada media hora iba al baño y volvía con el cuerpo y la ropa mojados. Le gustaba cantar pero ni Roberto ni yo lo habíamos oído. Decían que en galpón del sur había tenido problemas por eso: un día nomás, en el descanso, se había puesto a tararear una melodía en el parquecito y había desencadenado un zafarrancho de aquellos. Nadie sabía bien lo que había pasado, pero contaban que sus compañeros habían enloquecido y que uno o dos se habían tirado por la ventana de los vestuarios que están en el segundo piso. Parecía un bolazo y daban ganas de preguntarle a él si era cierto, pero ni Roberto ni yo nos animamos.

Glen Pail no hablaba de su pasado ni era afecto a contar anécdotas. Nos escuchaba, sí, abstraído y alejado para que no le hiciera mal el humo, y cuando lo sentía oportuno y la charla entre nosotros lo ameritaba, largaba una risita tímida y aguda. Lo que sí le escuché decir es que quería irse, dejar la empresa, volver con su familia. Tal vez viajar, recorrer el mundo. Sin dudas tenía muchas ilusiones puestas en el futuro. Fuera o no una sirena, Glen Pail no podía durar mucho en un empleo así. Cuando empezó el verano, ese verano del 89 que nadie podrá olvidarse, sencillamente desapareció. El dueño le dijo a Castello que Glen Pail había renunciado. Yo le creí, pero Roberto puso la semilla de la duda: qué raro, irse así, sin despedirse… me caía bien el pescado. ¿Qué sabés?, argumenté yo, el pibe era distinto… no sé si era una sirena, pero no era como vos y como yo. Dejé de completar los formularios y, mirando una escama que se le había caído a Glen Pail y que yo había guardado en el cajón, empecé a imaginarme qué podría haberse hecho de él. Al otro día, antes de fin de año, un adolescente bastante bruto e irrespetuoso ocupó el escritorio de Glen Pail. Entonces supe que era cierto, que se había ido nomás y sin haberme saludado. Creo que esa especie de ingratitud me puso un poco triste, desanimado. Pasé las fiestas pensando en él y mi mujer, que siempre me desconfía, se ofendió, me hizo una escena, que desde cuándo me importaba tanto un compañero de la oficina. Claro, ella no conoció a Glen Pail, a un tipo como él que perfectamente podía pasar por una sirena.

Estaba derritiéndome en el patiecito, en pleno enero y con el ventilador de la oficina roto, tomando una gaseosa mientras esperaba a Roberto cuando uno de los camioneros del frigorífico se me acercó con aires de pariente de visita. Aunque no teníamos mucho trato con ellos, ni con los changarines ni con los de los depósitos, nos pusimos a hablar del calor, de lo insoportable que era y de cuándo mierda vendría una tormenta. Pero el tipo quería contar otra cosa y se notaba, así que lo dejé que dijera, que hablara a ver si me enteraba. Solito y sin ayuda se metió en el tema. Dijo pobre, pobre pibe y yo le tiré el quién, haciéndome el asombrado pero sabiendo lo que iba a decir. El sirena, ese, el que trabajaba con vos. Entonces me contó lo que había pasado. Que Glen Pail se había desvanecido aquel viernes de sol que hacía como cuarenta grados y se había quedado en el playón, sacudiendo las aletas y boqueando, luchando como un loco por respirar. Él y otro lo habían auxiliado mientras el supervisor buscaba al dueño. Me contó que le habían tirado agua, que habían tratado de levantarlo, pero que Glen Pail gritaba y gritaba con una voz aguda, nerviosa y ellos se habían asustado. El dueño había mandado que lo metieran en un camión con cámara de frío y él había ido a buscar el suyo. Entre varios lo habían puesto atrás y él, el dueño y el supervisor habían salido de la empresa con Glen Pail guardado en el remolque. La orden era llevarlo al mar, y él no había querido ponerse a discutir ni hacerse el rebelde. Al atardecer habían llegado a una playa vacía y, entre los tres, lo habían bajado cuando Glen Pail apenas se movía.

—Y lo dejamos ahí…—me dijo—, mientras las olas lo arrastraban, lo traían a la arena y lo tragaban, como si el mar dudara si tenía que llevarlo o no...

Cuando llegó Roberto nos despedimos y, sin comentarle nada a él, entré en el despacho del dueño. Me atreví a revelar lo que sabía, lo que me habían contado sobre Glen Pail y que quería que el me confesara si era cierto. Pero hombre, usted no puede ser más pelotudo, reventó de bronca y le dio un puñetazo al escritorio. Y, jadeando agregó que no le fuera con esas historias, qué carajo, que Glen Pail no era una sirena, que me dejara de joder y le entregara los informes sobre los despachos de carga de diciembre.

Volví a mi escritorio y Roberto no me quiso mirar: había escuchado todo. El nuevo y Castello también andaban serios, como ofendidos porque yo había ido con el dueño. Saqué las planillas y los libros y me puse a hacer las cuentas pero era imposible concentrarse ahí, con ese calor, mientras todos iban y venían y yo no sabía qué mierda había sido del sirena, qué había pasado con Glen Pail.

© Federico Gonzalo Ferroggiaro

4° Mención en el II Certamen Literario Revista Axolotl

 

Otras publicaciones de Federico Gonzalo Ferroggiaro:

Revista Axolotl #20

Cuento: "Luz"