Por las noches piensa en historias que podrían ser escritas, palpita versos entre los pliegues de su almohada. Pero desde hace días nada pasa. Las historias se transforman en absurdos que no pueden contarse, los versos caen en manidas frasecitas dulzonas. Está sentado frente a la hoja en blanco.
Escondida entre las páginas de uno de los tres tomos de Los miserables encontré una carta de esas que responden a un rito abolido, ancestral: una carta escrita de puño y letra, despachada por correo. En su esquina superior derecha, su reglamentaria estampilla exhibía a un José de San Martín de tonalidad verde, con su cara apenas reconocible detrás del sello indolente estampado por el empleado del correo.
Digo las cosas lindas y no me refiero sólo a esa cosa linda que es escuchar Jamaica Farewell recostado dentro de una hamaca paraguaya en una playa caribeña, oler el mar, tomar un trago de muchas frutas y muchos colores, y con la mano libre juguetear con la arena blanca escurriéndola entre los dedos.
“¿Qué te parece que nos proponemos al hablar?”, pregunta San Agustín en su libro El maestro. “Pienso que lo que buscamos al hablar”, responde Adeodato, “es o enseñar o aprender”. Con ese precepto, con la idea de hablar un poco de todo y, de ese modo, aprender un poco más, arreglé un encuentro con el Prof. Dr. Jorge Norberto Ferro.
Hay dos momentos cruciales en la vida de un ser humano, nacer y morir. Entre estos dos extremos, uno puede hacer muchas cosas, pero solo una de similar relevancia simbólica: generar una vida. Entre mi anteúltimo escrito y el presente ocurrió lo siguiente: tuve un hijo.
Uno de esos lugares majestuosos de la infancia que se reducen a lo Carroll cuando uno retorna ya adulto. La puerta gruesa de madera a doble hoja; la doble escalera desde el centro del hall a los pisos de “los chicos grandes”; las catacumbas de la ampliación donde iban los de primer grado; la otra puerta, también doble, también de madera, promesa no siempre cumplida de recreos al aire libre.
Un par de coincidencias, y la gente ya empieza a atar algunos cabos, a imaginar más de la cuenta, las especulaciones se transforman en certezas y de ahí ya no hay vuelta atrás, porque el mito no se razona ni se discute. Pero yo debía saber cómo era que un joven boxeador había quedado reducido a la talla de un gallo de riña, la fuerza de los puños concentrada en un pico duro y filoso.
En aquel lugar perdido de la Mancha he visto a Don Quijote pasar. Un velo de melancolía cubría su semblante, pero aun sostenía la lanza en ristre. Porque su sombra nos vigila desde la sombra, en un lento caminar empañado de amargura.
El próximo número de Axolotl retomará la ruta de Marco Polo rumbo a los misterios de oriente. Te invitamos a enviarnos tus colaboraciones que tengan que ver con el sol naciente, artículos, ilustraciones, fotos, haikus, o cuentos chinos.
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