No hay nada comparable a un atardecer
ligero
en un sencillo cementerio.
Las lápidas huyen a la
tumba cerrándose como ostras
y los nichos se abrazan con ademán
fraterno.
Casi todos los ángeles se saludan. Del
ciprés recto
baja una densa lluvia que refresca la
sed del muerto.
Vigila Cronos en la altura. Un muerto y
otro muerto
se consuelan,
charlando amablemente como antiguos
compañeros.
El sol deforme, es un moretón de cieno
que en el cemento siembra sus pájaros
vacíos
y bebe el último vigor que hay en los
huesos.
No hay por donde escapar. Lleva el
aliento
una tristeza cierta que lame el tiempo.
© José Ezequiel Feito