Ahogo

 

Al filo de una sombra, rezo;

en pos,

desnuda y maldiciente,

tal como esa noche en que dormimos sobre piedras.

 

Era otra vez la misma,

que volvía al cruel confesionario,

que enrabiada

perseguía al aire,

como un lobo a una rata enferma.

 

 

Asfixia

 

Flotó mi cuerpo entre la espuma;

me cubrió mi propio llanto

sin poder siquiera entregarme en la plegaria.

 

Mis brazos se movieron sin asirse de los hombros;

mis piernas restringieron el saludo

y una tibia despedida.

 

Fabriqué lazos, cintas, cuerdas,

y otros tres demonios

a los que exalté en un rezó

que inventé en aquel instante:

 

Donde quiera que haya ido,

el perverso hielo me seduce todavía.

Donde quiera que me encuentre,

no deseo regresar.

Ya la nieve he derretido,

o el espanto de la arena incoherente.

Me veo envuelta en llamas,

en fuego, en saliva.

Me revuelco sobre mí,

provocándome un pálido estertor,

y me entrego al sueño, a vuestro espíritu;

me entrego al aire,

que otra vez me desertó.

© Lucía Cánobra Pompei