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Acerca de una
palabra inútil
Tu crees que la muerte te sucede solamente una vez.
Que hay un signo o dos que la anticipan,
pero no.
Hay una cifra finita de actos que nos acercan al final:
cuando cruzas una ciudad silenciosa en el taxi amarillo
a las 2, 30 de la mañana,
y tienes tiempo de pensar en tu cuerpo que pesa y duele por el cansancio,
y recorres con la mano la humedad de los vidrios,
la textura rota de las calles que se pierden en alguna forma de
misterio.
Cuando tomas tu café, presuroso,
y lees en el diario el desastre cotidiano,
como si la guerra, la locura y el hambre fueran cosas
que sólo le pasan a otros.
Cuando amas, o crees que amas, y elaboras el complicado discurso
que te proveerá de un animal tibio en tu cama, en tu mesa,
en los sueños que otros te negaron.
Cuando decides por el vestido rojo, o el vestido negro,
cuando doblas la esquina,
o te ves en el espejo, en que algo, una mueca,
te salva del espanto otra hora más.
Cuando, distraído, eliges un kilo de manzanas,
una fecha para mudarte, la mudanza misma,
hasta el simple acto de levantar una lámpara e iluminar un
cuarto,
Todo es una marcha lenta e inexorable hacia tu muerte.
¿Para qué, entonces, necesitas la palabra suicidio?
Acerca de la aceptación o el dominio
De todas formas, es una tranquilidad saberlo.
Hay quienes mueven endiabladamente las piezas del tablero,
quien asienta las manos en la tierra y clama,
quien pregona que el entusiasmo por las rosas y los estorninos
es una forma de evadirse, de ausentarse de esa marcha unívoca.
Hay quien copula por el deseo de imaginarse, por un instante,
la eternidad, y grita y se deshace sin haber alumbrado
un centímetro de sombra o de terror.
Y la carne, entretanto,
atraviesa despacio, segura,
los pasillos oscuros de ciruelos,
las fuentes, donde espejea, entre musgos e insectos,
nuestra propia máscara,
y luego se abisma, en la tierra,
sin tragedia, sólo porque es necesario.
© María Elena
Annibali
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