Sei Shônagon:

algunos trazos antes de dormir

 

"Sería una gran satisfacción

si uno de mis versos resultara bueno"

Sent. n º  010/07

Amalia Sato es la responsable —con más de mil años de demora de la primera traducción completa al castellano de El Libro de la Almohada, de Sei Shônagon (Makura no Sôshi, Adriana Hidalgo Editora, 2001).

Sei Shônagon no es un nombre sino un apodo: así se la conoció a la autora durante su servicio en la corte imperial por el año 990. Sei es la lectura china del primer ideograma de su apellido, Kiyohara; Shônagon es el nombre genérico que designa a cualquier ayudante de menor rango de la emperatriz.

Poco importa si el origen de El Libro de la Almohada fue una pila de papeles dispersos, apuntes desordenados compilados tardíamente por un admirador anónimo. Su valor no cambiaría si descubriésemos que se trató de un cuaderno de notas prolijo y minucioso, escrito antes de ir a la cama, acaso ocultado con celo de las miradas indiscretas en uno de los cajones de la almohada de madera en la que Shônagon apoyaba la cabeza para dormir.

Lo cierto es que se trata de un auténtico tratado de la naturaleza humana y las costumbres de la corte, con largas listas, extensos catálogos de las más variadas experiencias. Cosas inapropiadas, cosas molestas, cosas sorprendentes y perturbadoras, cosas que pierden al ser pintadas, cosas que ganan al ser pintadas, cosas que no pueden compararse, cosas espléndidas. Así, en un recorrido inagotable y sólo caótico en apariencia, Shônagon nos cuenta que acaba de mandar un poema el envío de cartas es constante entre los amantes, y luego de que el mensajero ha partido, encuentra un par de palabras que corregir. Es una noche de primavera y la luna luce hermosa. A vuelta de página, un precepto:  no manchar con tinta el cuaderno en el que copiamos relatos y poemas. Si es una libreta fina, debemos procurar no hacer borrones, "pero por alguna razón nunca lo logramos", se lamenta la autora. Aún no se desvanece el rocío en las enredaderas de campanillas, y se nos permite asomarnos al lecho de una mujer, que yace en la cama luego de que su amante se retira. Se nos cuenta que está cubierta con una ligera prenda de color malva forrada de violeta oscuro, que las tonalidades del exterior y del interior de su ropa son frescas y brillan. Vemos que su cabello en pesadas trenzas se organiza en cascadas, y podemos imaginar lo largo que ha de ser cuando cae libremente sobre su espalda. Y nuevas listas: cosas elegantes, cosas que dan una impresión patética, cosas que no pueden compararse, cosas que han perdido su poder.

Hubo otras traducciones antes de la de Amalia Sato, pero ninguna completa. Destaca entre ellas la que intentaron Borges y María Kodama para Alianza Editorial, cargada de recortes y giros que no siempre justificaba el texto japonés, aunque no por ello es menos hermosa.

Acaso la lectura minuciosa de aquella traducción, acaso una nueva lectura de la traducción de Amalia Sato junto con la inglesa de Ivan Morris, nos permita asomarnos a las verdaderas palabras a la auténtica conjunción de sílabas que pensó Sei Shônagon. Un camino de traducciones y relecturas que permite leer en japonés aun sin conocer una sola palabra de japonés.

Además de la traducción, la edición de Adriana Hidalgo cuenta con prólogo y notas de Amalia Sato, que ha tenido la exquisita delicadeza de dejar algunas palabras mágicas para ser leídas del modo que se pronuncian en el hiragana original, el silabario del que se valían para escribir las mujeres de aquella época.

La escritura japonesa emplea dos tipos de códigos: los kanji, o ideogramas, que fueron heredados de China, cada uno con un significado preciso; y los kana, que son un alfabeto de sílabas. Existen el hiragana, desarrollado a partir de los kanjis, y el katakana, utilizado principalmente para representar palabras extranjeras.

En tiempos de Shônagon el estudio de los kanjis chinos estaba limitado a los hombres, y era  mal visto que una mujer los empleara en su escritura. El chino era para los japoneses el equivalente del latín para los hombres del Renacimiento, por lo que El Libro de la Almohada, salvo contadas excepciones, está escrito íntegramente en hiragana.

En rigor, las palabras que Sato ha dejado como suenan fonéticamente en hiragana no son de Shônagon, ya que el manuscrito de El Libro de la Almohada desapareció antes del fin de la era Heian en el año 1185 y, como corresponde a todo libro inmemorial, durante siglos los copistas suprimieron y añadieron fragmentos a las versiones en danza, siempre fragmentarias y dispersas. Se trata, entonces, del hiragana de estos días, tomado de la traducción al japonés moderno de Matsuo Satoshi y Nagai Kazuko. Pero el perfume es el mismo, ha sabido mantener la fragancia de los corredores imperiales, de los jardines cubiertos de nieve, de los ciruelos, de las hojas verdes y frescas de la época del Festival, cuando aun no cubren por completo los árboles.

Así, leemos un catálogo de “Cosas odiosas” uno de las enumeraciones más extensas del libro que protesta de “Un suzuri cuya superficie es tan dura y lisa que el sumi se desliza sin sedimentar nada de tinta”.

Con toda justicia, Sato relega a una modesta nota al pie de página el sitio de las explicaciones superfluas la indicación de que el sumi es una barra de tinta y de que el suzuri es una vasija de pizarra para preparar aquella tinta.

El mismo procedimiento se aplica al hototogisu, pero ahora ya sin notas aclaratorias.

Es la abstinencia del Quinto Mes, y las damas de la corte salen de excursión en busca del canto del hototogisu. Saben que el lugar indicado es un puente detrás del templo de Kamo. La aventura las conduce a casa de Akinobu, un lugar sencillo y rústico, de puertas corredizas con dibujos de caballos, con marcos de mimbre. Shônagon, algunos días después, anotará en su diario: “Todo parecía deliberadamente arreglado para verse de otra época”.

De otra época: acaso en perfecta sintonía con aquello que habían ido a buscar y que de pronto irrumpe, ensordeciéndolas.

Regresan, por fin, a la corte, y de inmediato son interrogadas por la emperatriz Sadako: “¿Dónde están los poemas?”.

Nada, no habían escrito nada de aquel portento.

“Deberían haber apuntado algo bajo el estímulo del momento”, las reprende Su Majestad. “Pero todavía pueden hacer algo. Escriban algo ahora”.

“Sería una gran satisfacción dice Sei Shônagon si uno de mis versos resultara bueno”. “Sería una gran satisfacción si uno de mis versos resultara bueno y la gente dijera de todo lo que se ha escrito ese día, lo de Shônagon es lo mejor”.

Estas palabras fueron pronunciadas en Japón, en la corte de Heian, en algún momento incierto del siglo X, en la abstinencia del Quinto Mes.

Sei Shônagon, igual que nosotros que la leemos a tantas culturas de distancia, puede sentir esa gran satisfacción.

 © Miguel Sardegna

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