No vienen a cuento

El cubo de Rubik

 

Los hechos de aquella noche o atardecer son difusos en mi memoria. Sólo conservo alguna que otra sensación o retazos sueltos, como esas novelas entrañables que más que meros argumentos son un viaje. Un viaje remoto donde nos es imposible dilucidar cuál es el origen, cuál el destino, quién la compañía, pero que sin embargo nos remite a paisajes nítidos y a la sensación tan vívida de habernos desplazado en el tiempo y el espacio.

Las imprecisiones de mi relato serán tempranas, y comienzan con el vago recuerdo de la graduación alcohólica del brebaje que me fue servido como aperitivo. No logro ver bien —en la imagen del recuerdo— si es un cuatro o un cinco el primer dígito de ese 45º… ó 95º.

Detalle ínfimo y decimal pero no menor, la punta del ovillo. Reminiscencias del padre Mario, aquel cura salesiano que nos demostró que podía revivir milagrosamente un viejo organillo de capilla y que antes de la primera confesión nos instruyó con una parábola de salón. No hagan como aquel peón —nos decía Mario, pero en su acento cocoliche— que cuando vuelve su patrón tras una larga ausencia va confesando sus faltas de menor a mayor:

—Me he quedado dormido una vez —dice el peón.

—Bueno, eso no es tan grave.

—Es que mientras dormía se han robado una cuerda.

—Vamos, es sólo una cuerda —dice el patrón despreocupado.

—Y en esa cuerda estaba atado el ternero.

—Podría haber sido peor. Ya nacerán nuevos terneros.

—Es que el ternero —dice por fin el peón-- estaba atado a la vaca…

Cuarenta y cinco o noventa y cinco. Apenas recuerdo la casa de paredes blancas, y que me hicieron pasar a una sala de estar iluminada por la luz natural de un patio interno. Me cedieron un sillón y excusándose por algún asunto urgente me ofrecieron, para amenizar la espera, una copita de certosa di pavia.

Acepté con gusto, como también acepto cualquier película italiana, por mala que sea, solo por oír las voces del Mediterráneo. Fue mientras me servían la copa cuando traté de registrar algún detalle en la botella.

Eso me lleva a recordar quién me servía la copa. Su nombre, lo he deducido más tarde, era Enrique. Pero es el día de hoy que no recuerdo para qué fui hasta su casa, ni dónde era esa casa, ni cómo llegué allí. Seguramente —y esto es obvio— fue siguiendo un encargo de entrevista de El Autor. Pero dudo que la charla que insufló el gran liquore haya satisfecho ese objetivo.

Cuando me quedé solo cedí a mi vicio poco elegante de revisar bibliotecas ajenas sin permiso. Acaso ya víctima del aroma romano del licor, su sabor a albahaca, noté sobre todo una edición maltratada del Il Decamerone, y una antología de Dino Buzzati. Hojeé rápido los títulos en italiano hasta dar con el genial Qualcosa era suceso, Algo había sucedido. “Oh i treni come assomigliano alla vita!” declama el personaje de Buzzati: ¡Los trenes, cuánto se parecen a la vida!

Pero no espié mucho más. Mi mano fue directo a un cubo de Rubik cediendo a otro impulso poco elegante: jugar con los adornos ajenos sin permiso. Girando en traslación los cubitos de colores volví a sentarme.

—Bonito juego de azar —me dijo Enrique aparecido súbitamente desde algún pasillo. En la mesa ratona apoyó una tabla con cubos blancos romos y quebradizos—. ¿Un quesito?

Y a esa altura tardé en reaccionar al acto simultáneo de soltar el cubo en el brazo del sillón, apoyar la copa en la mesita, extender el brazo al queso y razonar lo que Enrique acababa de decirme. Por eso mi respuesta sonó tardía.

—¿Juego de azar? —dije—. Es más bien un juego de lógica… Digo: hay patrones, jugadas y métodos para resolverlo. Es como un problema de lógica o una especie de ajedrez.

—Puede ser, pero yo no lo veo así —se llevó un quesito a la boca—. Sardo, importado directo de Sardegna. ¿No está bueno?

Asentí con la cabeza, la boca llena. El intento de apagar el resabio salado de Siracusa con el ardor de los Apeninos fue inútil. No me animé a pedir una copa de vino, hubiese sido fatal, incluso entonces pude advertirlo. Además, Enrique había quedado con la vista fija en su biblioteca, absorto.

—A ver… —dijo, volviendo de súbito al movimiento—. Creo que por acá…

Buscó y rebuscó entre anaqueles. Abrió dos puertitas. Como en el cuento de Bradbury hasta sacó un par de frutas de cera de un tazón y miró el fondo. Sonrió, tal vez por esa misma idea. Interrumpió un segundo su búsqueda y después, ya sin vacilación, escapó por uno de los pasillos y le perdí los pasos.

Volvió al rato con un libro finito en la mano.

—Esto le quería mostrar —me dijo, buscando con la vista algo en donde debía constar el índice—. Es Sabato.

En vano buscó adelante y atrás.

—Bueh… no tiene índice —dijo, un poco contrariado—. Creo que era algo de “Invención”…

—¿Es “Uno y el Universo”? —pregunté.

—Sí.

—Me dijeron que las notas se ordenan alfabéticamente según sus títulos.

—Ah, ah.

Salvado ya del azaroso caos de las páginas pudo encontrar más fácilmente lo que buscaba.

—Acá —dijo, y leyó—: “Invención y descubrimiento”.

 

Podría decirse que cuando fue inventando el ajedrez, quedaron dadas, potencialmente, todas las partidas: a través de los siglos, los jugadores descubrirían las partidas preexistentes, como en una selva.

Pero dando un paso más atrás, se podría decir que el hombre no inventó el ajedrez, sino que lo descubrió. Considerando el Universo como dado, todas las creaciones e invenciones del hombre serían como partidas en este Gran Ajedrez, descubrimientos en una Gran Selva.

Pero dando otro paso más atrás, podría decirse que quizá el Universo no ha sido creado sino descubierto en una Selva de Universos Posibles, selva difícil, oscura, sublime, en que sólo un Dios puede aventurarse.

 

Enrique tomó un sorbito de su licor y me miró:

—¿No es lo mismo con el cubo de Rubik? —dijo—. Nueve por seis cuadraditos de colores, “n” movimientos. Puede resolverse, claro, con métodos, qué se yo, pero en cierto modo desde el momento de su fabricación (tal vez antes), el cubo ya está resuelto. No importa lo que hagamos en el medio, potencialmente está resuelto.

Miré el juguete que yo aún tenía en mi mano: una cara de nueve cuadraditos rojos, en el resto, el caos. Sopesé su masa plástica, la libertad de seguir probando combinatorias, de estudiar resoluciones, la indiferencia inanimada del cubo sabiéndose resuelto desde siempre y para siempre. Lo apoyé en la mesa ratona, me comí un quesito.

—Por eso para mí es un juego de azar —dijo Enrique—. Voy probando a ver qué sale. No me pongo a pensar patrones. Lo divertido, lo realmente humano, es ir tanteando la solución, ir intuyendo casi a ciegas, ese es el arte. Lo otro es lo racional, lo matemático, ir con nanómetros y osciloscopios a comprobar la obviedad universal: toda invención es un mero descubrimiento.

—Pero de ahí a la idea de que todo destino está escrito no hay distancia —dije, probando una tibia defensa.

—Es que no me cabe duda. Pero eso no niega la bella mentira del libre albedrío.

—¿Entonces qué sentido tiene remover las caras del cubo, jugar la partida, perdernos en la selva?—insistí, tal vez impulsado por el espíritu del licor.

—Si el día de su nacimiento le dieran una plaqueta con su fecha de muerte, usted viviría amargado cada mañana esperando el suspiro final. Al hombre lo motiva la incertidumbre, la libertad de dejar atrás lo conocido en pos de algo que conozca menos. Imagino al científico que finalmente descubra la clave del universo: al instante deseará haberlo olvidado todo para volver a sentir las ansias de saber.

No se me ocurrió nada para refutarle. Podría haberle dicho —pero esto lo pensé ya mucho tiempo después— que es necesario cierto equilibrio, que el caos suena romántico pero puede entorpecer algo tan básico como encontrar una frase en un libro sin índice, que se pueden matar las buenas ideas a manos de artistas que se jactan de ser espontáneos e intuitivos, y, generalmente, incomprendidos. Algo así como la lucha de la luz contra la oscuridad y, en el medio, las penumbras que convienen a la curiosidad insatisfecha del hombre.

Sin embargo tal vez sí afirmé o negué lo que Enrique proponía. Lo cierto es que en algún momento de esos párrafos transpusimos algún umbral etílico y mis recuerdos se tornan aún más vagos. Apenas creo recordar que, siguiendo un derrotero típico de beodos, cambiamos la metafísica por las mujeres. Aquella teoría de Alejandro Dolina de que haga lo que haga un pretendiente, la mina aceptará o no el trago, se reirá o no del chiste, según haya decidido de antemano si le gusta o no el fulano.

Nos despedimos con un abrazo fraternal y un poco patético de hermanos de copas o esa es la escena que imagino ahora al abrigo de un té de boldo. Del viaje de vuelta solo recuerdo ese efecto de túnel vertiginoso que describen los atletas como agotamiento extremo. Las calles alargándose alrededor en un embudo; entrecortándose en lapsus, imágenes difusas y líquidas.

A pesar de mis argumentos y del engaño del día a día sé que todo está escrito. Así como está escrito que el día que viaje al norte de Italia pasaré indefectiblemente por la puerta —la imagino antigua— del Monastero della Certosa di Pavia. Tal vez el sabor del basilico me devuelva el recuerdo de las señas particulares de Enrique. Creo que nos han quedado algunos asuntos por discutir.

 

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© Luis Cattenazzi

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