Desperté y me di cuenta que era radical. Sí, radical, de los de la Unión Cívica.
Darse cuenta que uno es radical de sopetón no es de lo más alegre que puede sucederle a una persona. Eso creo yo al menos. La sensación que me produjo mi súbita pertenencia al partido de Irigoyen fue abrumadora y, si consideran que hasta el momento en el que posé mi cabeza sobre la almohada ayer por la noche me definía nacionalista, verán que la dimensión de mi problema es grande.
No había quedado todo en un autorreconocimiento de correligionario, no. Esta mañana no solo desperté radical, mi biblioteca había cambiado, mis amigos, mi novia, sus padres, dos tíos y hasta mi suscripción a Patria Argentina mutada en Revista Noticias.
Al menos mi cama turca seguía sin respaldo. Me levanté hacia la derecha porque a la izquierda está la pared, tambaleé al baño donde me lavé los dientes olvidando las lagañas de los ojos y me vestí.
Hasta mi guardarropas sufrió un cambio sustancial. No estaban ya mis alpargatas confortable, mis camisas a cuadros, mis sacos azules, mis zapatos marrones de suela, nada. Ni siquiera mi cinturón con las iniciales en la hebilla. Nada. En su lugar encontré zapatillas blancas de nobuck para el asado. Dos remeras blancas con el cuello carcomido para debajo de la camisa. Mocasines marrones (dos pares) y una buena cantidad de chombas de todo color apiladas junto a mis nuevos (¿nuevos?) trajes verde seco. Lo único que había sobrevivido era el príncipe de Gales con pitucones. Cosas del destino.
Me vestí y apunté casi mecánicamente como todas las mañanas a recoger alguno de los libros que estoy leyendo. Siempre leo más de uno a la vez y sin orden entre ellos. Me encontré entonces con lo mas monstruoso de mi mañana radical: una biografía de Mitterand en dos tomos y un grueso libro de Alfonsín sobre teoría política editado en Eudeba. Lo peor es que estaba dedicado, a mí, su ahijado. Cacé el tomo primero de la biografía y partí al laburo. Como todos los días. Eso no cambia nunca.
El portero me saludó bien por la mañana y odié el subte. Ambas cosas más de lo acostumbrado. Rarísimo. Eran las nueve y cuarto de la mañana cuando entré al estudio, soy abogado y me alquilé una mínima habitación en Lavalle y Uruguay que decoré con gauchos federales y soldados del siglo XIX litografiados. Ya no estaban más. La secretaria tampoco (es la prima de mi novia, una gordita que debería ser monja más que secretaria).
Los clientes de la mañana fueron los mismos. Me dedico al derecho penal de “pequeña magnitud” como lo llamo yo. Estafas, faloperos, rara vez paso de eso. Odio ser litigante pero adoro mi titulo de abogado de la ¿"Universidad Nacional de la Plata”? Otro cambio. ¿La Plata? ¿Pero si yo soy egresado de la UBA? No entendí que pasaba hasta que noté que ahora era radical. Todo cobra sentido de a poco.
Ahí me puse a pensar y a sacar conclusiones sobre mi mismo: odio más a Perón que de costumbre, me dejó de gustar Esperando la Carroza (curioso: actúa Brandoni), me da asco el whisky (siempre sucedió aunque ahora finalmente lo reconozco), etcétera, etcétera, etcétera.
Lo raro es que no me cambiaron los recuerdos. No milité en franja morada, o eso recuerdo, no voté a De la Rúa, no me sé la marcha radical. ¿O sí? Qué raro. Qué raro.
Lo lógico (o eso creía) entre cliente y cliente fue llamar a algún amigo para que me ayude a dilucidar qué pito pasaba. Y así fue. Después de una vieja que venía seguido y pagaba la consulta solo para darse cuenta que no tenía ningún argumento para demandar a nadie llamé a Josecito.
Josecito es un tipo bárbaro. Se casó hace dos años y ya tiene un pibe y otro en camino. No se por que me pareció menos bárbaro cuando lo llamé. Casi me dio lástima. Por los pibes quizás. No sé. No sé. La cosa es que José se cagó de risa cuando le dije que me había despertado Radical. No entendió. Y, lógico, qué va a entender este boludo si al final de cuentas todos los peronchos son iguales. Una mierda, flor de mierdas.
Corté con José y llamé a mi tío Enrique. El tío Enrique es “el tío radical” presente en toda familia. Con él siempre hablamos de política y me escucha. Yo también a él. Cosa rara. Es de primera mi tío Enrique y sabe de política, lástima que es radical. ¿lástima?
Le conté lo que pasaba y se rió igualito que el grasa de Josecito. ¿Qué mierda? ¿Hasta el tío radical se me ríe?
Después aflojó, aceptó tomarme una especie de “test de radicalismo” para ver si mentía o no. O si estaba en pedo.
El test resultó comiquísimo. No preguntó en absoluto sobre cuestiones ideológicas, posiciones respecto de política exterior, filosofía, personajes históricos del siglo XIX, nada de nada. Un par de cositas sobre que compraría en el supermercado, colores favoritos, ropa, si sería fiscal de algún partido (cualquiera fuera) en una elección (cualquiera fuera), etc.
Me vi respondiendo cosas que nunca hubiera dicho ni pensado. El resultado de mi tío fue categórico: macho, sos radical. La puta madre. Soy radical.
Ahora tenía que pensar. No tenía más ganas de charlar con la familia de mi novia de política. Me caen mal ahora. Ni con mis padres, ni con mis amigos (me vengo a dar cuenta recién ahora que son todos unos fachos de mierda) ni con nadie. Manga de forros.
Pasó el horario en el que en general laburo y me sentí más cansado que de costumbre. Era martes y ese día me junto con un par a charlar de bueyes perdidos en una cervecería del centro. No fui, ¿a que iría yo con mis amigos ahora que soy radical? A nada.
Me encerré en casa y desconecté el teléfono. Me hice un sanguche con dos milanesas que sobraron de ayer y me senté a leer en el living. El celular sonó todo el tiempo. Mi novia que supongo quería saber qué carajo me pasaba. No di señales de vida en todo el día.
A recapitular y pensar un poco sobre lo que me pasa.
Acá estoy, escribiendo una especie de “memoria del día”. Siento que es algo propio de los radicales escribir memorias del día. No sé, nunca les pregunté. Siempre me cayeron para el orto, eso si, todos menos mi tío.
Soy radical y punto. O medio radical. Podría decirse que soy un radical en vías de conversión. Debo ser el único argentino que pasa por el proceso de convertirse al radicalismo y además, el único ser humano que está viviendo una especie de escena de realismo mágico en la cual se trocan sus ideas, guardarropa y biblioteca en un santiamén. Santiamén, que palabra de mierda. ¡Boludísima!
Ya fue. Me voy a dormir y veo que pasa mañana, quizá todo se soluciona aunque en el fondo, no quiero que se solucione. Esta triunfando de a poco mi “nuevo lado radical”.
Una única cosa me molesta. Además de radical, soy de independiente. Yo que era de racing y peronista me voy a la cama del rojo y radicha. Cosas de la vida. O eso me digo a mi mismo.
Una última cosa antes de dejar de tipear en la computadora estas líneas, no puedo parar de tararear una antigua canción de cancha racinguista que tiene por letra: “la acadé, y la acadé, la academia la acadé, la acadé y la acadé, la academia la acadé”.
“Adelante radicales, adelante sin cesar…”
La puta madre. Soy radical.
© Diego Munilla