I.
¿Que por qué nos habíamos rajado del Chaco? Yo le diría, doctor, que no nos quedaba otra. Yo, lo último que quería, lo último que quiero, es ir en cana. Y después de la pelea, los parientes nos recomendaron hacernos humo. Y terminamos en las afueras de La Plata, en el barrio de Abasto. Alquilamos una casita modesta… un rancho de mier… barato, bah. Pero no andábamos para caprichos.
Recuerdo que en el viaje de ida pasamos frente a la cárcel de Olmos, y a mí se me puso la piel de gallina, ¿sabe? Le juro que parecían animales, doctor. Sacaban las manos por las rejas como buscando el aire, la libertad, qué sé yo…
¡Es de no creer que este Molagan, que en paz descanse, me haya cagado la vida así! Y le voy a explicar bien cómo fue todo, para que usted juzgue con objetividad y me asesore. Sé que en algún momento la policía me agarrará, y me gustaría estar preparado.
II.
La Mole Molagan, el tipo más fuerte de Los Tigres. Dos metros, la piel curtida por el sol chaqueño y unos brazos fuertes como los durmientes del tren. Se echó a perder del todo cuando lo despidieron del aserradero. Hasta ese momento, en el pueblo no se le conocían mayores disputas, una mina o un problema con el alcohol. Pero al quedarse en la calle se volvió fiero, muy mala gente. Ya nadie supo cómo vivía ni de qué.
Un día, Molagan se apareció con un rengo. Ayub, o algo así. El turco hablaba poco y en voz baja, y la Mole le festejaba las ocurrencias a carcajada limpia. Sorprendía su aprecio por el tipo: andaban siempre juntos. Vaya a saber por qué, con el tiempo se distanciaron. Y al turco Ayub no se lo vio más renguear por Los Tigres.
Facundo Torres conocía de primera mano la fuerza de Molagan, porque lo había visto dejar tendido a un tucumano. Dicen que la Mole le había conversado a la mujer en el almacén y se pasó de la raya. Entonces el marido, el Pierna Quiroz para más señas, lo fue a buscar y le encajó un cabezazo con alma y vida. El gigante se tambaleó y sangró, aunque aguantó de pie la embestida… y sus puños de quebracho mandaron al tucumano al hospital, la cara más violeta que dulce de mora.
Un par de noches después, el grandote se dejó caer en la casa de Torres a las mil quinientas. Alegó el mangazo de una garrafa, pero Facundo advirtió que le miraba a la Norma, su mujer, sin el menor disimulo. Para colmo las chiquitas jugaban en la cocina, todavía bien despiertas. Facundo le negó el préstamo, y por las buenas y con firmeza le indicó la salida. Molagan ni se mosqueó: le volvió a exigir la garrafa, le volvió a bichar a la señora. Ella, asustada por esos ojos vidriosos, hasta le dijo al marido que le entregara la garrafa.
—¡Dásela, querés! —dijo.
Y ahí el chaqueño se acordó del facón de su abuelo: treinta centímetros de hoja que a la primera pasada cortaban el vacío. Le ordenó al otro que lo esperara afuera, que lo iba a surtir a trompadas.
Molagan se sonrió y le echó una última mirada a la mujer y le avisó que volvería en un rato y que ya vas a ver, guacha, lo que es un hombre en serio.
Salieron.
Facundo se alejó de la luz de la bombita —con el cuchillo bien oculto por la faja— y le mostró los puños como para boxearlo. Cuando la Mole Molagan ensayó la primera trompada, él sintió crujir una de sus costillas. Sin aliento se apartó de su oponente, empuñó el facón y con toda su fuerza le tiró una cuchillada al muslo.
Pálido, sin hablar, el gigante cayó en tierra: le había atravesado la carne hasta el hueso. Se transformó en un gurí, los ojos asustados clavados en el flujo de sangre.
—Ayudame, hermano —suplicó.
Pero no había nada que hacer: cosa rara en la mala gente, Molagan se moría muy rápido.
Cayeron los vecinos en la chata de don Heriberto, lo cargaron directo al Hospital.
El cirujano no pudo salvarlo.
O no quiso.
III.
Así fue, doctor, no me puedo olvidar de Molagan, no quise llegar a tanto. Lo maté al pobre, con el facón de mi abuelo lo maté. Dicen que le abrí la femoral y por eso se desangró tan rápido.
¿Que el caso podría ser caratulado como de legítima defensa? Ojalá, doctor, eso lo pongo en sus manos. Yo lo que quiero saber es qué me pasaría si me agarra la cana, porque ya llevo un mes prófugo. A veces sueño que viene a buscarme la Bonaerense en una camioneta mientras yo ando por los techos. Al día siguiente me levanto con una amargura que ni le cuento. Imagínese: el sostén de la familia en la cárcel, y la Norma y las nenas en la miseria.
No, no puede ser, no es justo. Sé que estoy jodido porque derramé sangre de cristiano, pero hay que encontrarle la vuelta. Y para eso ustedes, la gente de leyes y esas cosas, están mandados a hacer.
No, doctor, sepa disculpar. Siempre me voy por las ramas.
Esa misma noche nos rajamos del pueblo. Primero, a una chacrita de unos amigos, y después nos vinimos para acá. Y mal no nos fue: encontré laburo, nos vinculamos a la parroquia… y empezamos de vuelta.
Cierto sábado visité al padre Félix, un verdadero maestro. Me invitó a pasar a la casa parroquial, me convidó unos mates. Yo no perdí el tiempo y, entre amargo y amargo, le conté mi historia.
A nadie le deseo cargar con una muerte. Don Félix me decía y me dice que, si Dios perdona y olvida, también nosotros debemos olvidar. A mí me cuesta un Perú, doctor. De vez en cuando se me escapa una lágrima, y la Norma me abraza.
Después de matear dos horas, me volví al rancho. Una paz gigante, doctor, no se imagina. Será viejo y medio feo don Félix, pero es sabio el hombre.
¿Que la federal o la bonaerense me van a atrapar un día de estos? La puta madre, doctor, la puta madre. Perdón, perdón. Yo no soy un boca sucia, pero usted comprenderá. ¡Dios mío, qué manera de sufrir!
Ojalá que tarden, doctor, ojalá que tarden. Así usted puede ir armando la defensa. Yo le voy a pagar buena plata, ¿sabe? Del Chaco nos trajimos diez mil mangos. Es una fortuna, doctor, y quedará en sus manos si nos ayuda.
Claro que estoy asustado. Uno tiene dignidad, y cuentan cada cosa de las cárceles. Que fulano le hace de mujer a mengano. Que si te hacés el vivo, terminás en la morgue. Que te afanan hasta la comida, que corre la droga que da calambre…
Pero cómo dice eso, doctor, no puede ser. ¿Que voy a tener que ir igual aunque después quede libre? Dígame que no, dígame que no.
¿Cómo quiere que me tranquilice?
Nos encontramos la semana que viene, entonces. Seguro que se le ocurre algo. No es justo que me arruinen la vida por defender a mi mujer y a mis chiquitas.
IV.
A eso de las ocho y cuarto de la noche, el único que seguía trabajando sobre el techo del colegio era Facundo Torres. Y no le quedaba otra: faltaba sólo una semana para el primer día de clases.
De pronto, entre martillazo y martillazo, oyó el ruido de un motor. Levantó la vista: venía una camioneta. Detuvo en el aire el martillo, petrificado. Y la poca luz no le facilitaba las cosas. Pero, segundos después, comprobó que la camioneta no tenía sirena, y se tranquilizó.
Apoyó el pie en el peldaño y bajó con la caja de herramientas. Ya no trabajaría más ese día.
El otro cerró la puerta de la camioneta y caminó hacia la escuela. Odiaba viajar mucho: su renguera se agudizaba con el cansancio.
—Buenas tardes, Torres —dijo—. ¿Te acordás de mí?
—…
—¿Qué te pasa, puto? ¿Perdiste la voz?
Facundo Torres se dio cuenta de que había retrocedido un paso.
—La Mole no te vio venir, hijo de puta —siguió aquel rengo—. Y vos le buscaste la femoral.
Entonces, tal como lo había meditado en tantos kilómetros de ruta, le encajó a Torres una puñalada rápida y precisa al hígado.
Su especialidad.
Molagan hubiese hecho lo mismo por mí, pensó el turco Ayub.
© Miguel Agustín Mullen
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