Trajes típicos

 

Faltando apenas dos días  para el desfile del pueblo, me obligaron a ir a lo de esa mujer: la vasca cincuentona que daba clases de danza típica.

Estela Maris me señaló, al final de los yuyos, el caserón viejo.

—Es allí, Claudina —me dijo, sin bajarse del auto—. A la tarde regreso por ti.

Estela Maris era madrileña, y hacía muy poco que se había mudado al pueblo. Quizás por eso, todavía andaba con ganas de organizar estas  cosas. Al resto  de la colectividad solo le importaba la paella que se preparaba una vez al mes en la casa de alguno.

Al bajar del auto, la remera se me empezó a pegotear. Eran las dos de la tarde.

Entre los arbustos un caminito de lajas marcaba la dirección hacia la galería. Un gato blanco se asomó entre las rejas de la ventana y alguien corrió una cortina. Era la vasca, en camisón.

—Pasa, tesoro —me dijo—, ya estoy contigo.

 

Por dentro, faltaba el aire. Las ventanas estaban cubiertas con sábanas, al igual que los sillones y el sofá. Y en la esquina, una lámpara de pie recortaba un amarillento círculo de luz sobre la mesa. Debajo del vidrio había fotos, postales y monedas viejas. De pronto la vasca reapareció con un vestido negro ajustado y un chal de terciopelo rojo.

—Las niñas vendrán a las  tres —me dijo—. Pero, si quieres, podríamos ensayar algo.

—Bueno, cómo le parezca.

—Acompáñame al patio, que allí tengo los casetes y el equipo.

La gata nos siguió hasta ponerse a la par de ella. Se le metía entre las piernas, no la dejaba avanzar.

—¡Apártate, Huma! —gruñó—. Debes estar extrañando a tus hijitos, ¿eh?

—¿Tuvo cría?

—Sí, pobrecita. Encima se le enfermaron y hubo que ahogarlos en un balde. ¡Huma, metete ahí! —la vieja le señaló el canasto, y la gata obedeció. Se enroscó y empezó a maullar dócilmente—. Bueno, tú,  si quieres —me dijo—, elige algún casete, el que te guste. Yo le daré  la comida a esta hija de la grandísima y de paso traigo las castañuelas.

La vasca cruzó el mosquitero.

Los "casetes" estaban dentro de una lata de galletas. Casi todos eran copias y tenían el título escrito con una prolija letra de imprenta. Me puse a revolver. No conocía nada.   Agarré cualquiera y lo metí en el equipo. La cinta patinó un poco. Subí el volumen.

—Pedrito Rico —gritó ella,  viniendo de lejos con el plato de comida.

—¿Quién? —bajé el volumen, creyendo que no le había entendido.

—Que has puesto  a Pedrito Rico.

—Ah, sí, sí.

—No sé que tienes tú en mente... —me dijo. Se rascó el brazo y el esmalte le saltó de la uña.

—¿ Yo?

—... porque he preparado una coreografía que si quieres te la enseño, así vamos empezando con algo.

—Bueno.

Apagó la música. Rebobinó la cinta con un lápiz y puso otro casete que también patinó.

—Es el segundo tema —adelantó—. Este, aquí está. Bueno, es así... Mira bien y aprende.

Yo me senté en un caballete. Ella se acomodó las castañuelas. Se ubicó en medio del patio y bajó la cabeza. La melena le tapó la cara. En ese momento salió un grito horrible del parlante, y ella levantó frenéticamente la cabeza, los brazos y empezó a castañetear y a zapatear, a gritar  y a dar vueltas. Sacudía los hombros, la piel le caía como el chal. Todo le temblaba, las tetas le saltaban amenazando huir del escote. La vasca se movía para todos lados, pero no lograba coordinar. No seguía el ritmo. Parecía una mujer poseída. Entonces, se quedó dura en medio de la pista. Y yo, no sé por qué, empecé a aplaudir.

—Bueno —resopló—, así sería más o menos el principio. Después sigue... Pero para la presentación yo creo que con esto estamos bien. Si no, el público se cansa. Imagínate que son como quince colectividades... a diez minutos cada una —me miró de arriba a abajo, parecía dudar de mí— Pero... ¿entiendes por dónde va la cosa?

—Un poco.

—Igual ahora ensayaremos varias veces. Primero tú conmigo, después tú solita. Y después... cuando vengan las otras niñas, ensayamos una última vez, todas juntas. Ven, ponte aquí.

La vasca rebobinó la cinta. Después se puso detrás de mí y me alzó los brazos.

—Ahí. Duritos —con las tetas transpiradas me rozaba la espalda—. No, un cachitín más sueltos, tesoro. Eeeeso, ahí. Ahora, cuando empieza la música, levantas la cabeza, con garbo.

—¿Con qué?

—¡Con elegancia, tesoro, con donaire! Debes lograr un movimiento terminante, pero no brusco. Es como decirle al público: "¡Aquí estoy!". ¡Con ímpetu! Prepárate —agregó con el dedo en el botón de play—, que ahí largo...

Levanté la cabeza como recordaba que lo había hecho ella. Paró la música.

—No, así no. ¡Más energía! Le falta fuerza. Vamos de nuevo...

Lo hice siete u ocho veces más, hasta que ella decidió que lo había hecho bien. Yo no lograba darme cuenta de la diferencia. Tenía el pelo mojado, el traspiración me chorreaba por las cejas.

—Así. Así está mejor... —cada tanto me apartaba de un empujón para mostrarme "cómo es", para  hacerlo igual de mal—. ¿Ves? Esto es decirle al público: "¡Aquí estoy!".

Practicamos como una hora, hasta que le pedí un descanso. No daba más.

—Te traeré algo para beber. ¿Café?

—Agua, si puede ser.

Volvió con una botella de agua y un tazón como de sopa, de bordes cascados. Nos sentamos. En ese momento oímos el timbre.

—¿Ya las tres?  Ésa debe ser Melina.

La vieja se fue para el comedor y las escuché conversar a lo lejos. Le contó que yo había llegado antes y que ya habíamos estado ensayando. La chica parecía preocupada por no haber venido más temprano. La vasca la tranquilizó: le dijo que no había problema, que era porque yo no sabía nada de baile.

Al rato aparecieron las dos. La chica tenía puesta una malla rosa y una pollera de hilo. Las tetas se le marcaban como dos puntitos sobre la lycra. Dejó una toalla sobre la mesa y me pidió prestado el vaso.

Al rato, llegó el resto de la compañía: dos chicas que eran hermanas, una nenita, una retardada, y Aristóteles: el hijo de la vasca.

—¡Éste no te imaginas lo bailarín que me ha salido! —me dijo la vieja y lo agitó del hombro.

Era un gordito cejudo de cara ancha, medio bizco. Aristóteles estaba de bermudas y los huevos se le marcaban a un costado de la pierna. En ese momento, por el pasillo, vi pasar al hermano. Era igual, pero estilizado. Alto, de jeans, menos cejas y sin bizquera. Saludó y se metió en la pieza. Puso música —heavy, supongo que Iron Maiden— y la vasca le gritó que bajara el volumen.

Ensayamos  unas diez veces. La cosa no mejoraba ni un poco, y lo peor es que nadie parecía darse cuenta. Lo único que hacíamos era ruido con las castañuelas. Ella, algo enojada, pretendía alentarnos: "Ahí va mejorando, ahí va mejorando"... pero la retardada giraba a destiempo, el gordo no coordinaba, la nenita se perdía y yo trataba de seguir a la tal Melina, que era la brújula en ese mar de confusión.

Y así pasó la tarde.

 

 

A la mañana cortaron la avenida, y en sus extremos se veía a los autos doblar  por las calles laterales en lenta e interminable marcha, mientras los chicos aprovechaban para correr de un lado hacia el otro en ese gran patio en el que se había convertido la calle. Ya algunos vendedores habían instalado  sus puestos de comida. Y dos hombres acomodaban las sillas de plástico en el palco.

A las once empezaba el desfile.

Yo era la abanderada de la colectividad española. La vasca me había querido sacar el puesto, alegando que ella era nieta de no sé quién y que era de no sé qué región de España. Estuve a punto de cederle el lugar, pero Estela Maris sostuvo que no correspondía porque yo era hija directa de españoles y porque yo no se qué. Así que la bandera la llevaba yo, y la vieja era escolta y sólo escolta, y Estela Maris me lo recalcó tanto que me empezó a fastidiar. Por mí, la vasca podía quedarse con la bandera, el traje y las castañuelas. Si había algo que realmente ansiaba, era el milagro que me salvase de aparecer en público con la vasca.

Nos habíamos reunido para enfilarnos en una calle lateral a la avenida. Al lado nuestro estaban los daneses, y más atrás venían los suizos. No había empezado la cosa y ya estaba cansada. El mástil me pesaba demasiado, terminaba en una pica con la que se podría apuñalar a alguien. El traje me quedaba chico, me lo habían traído especialmente de Galicia, y según Estela Maris lo debía usar porque después tenían que enviarle una foto al cónsul.

Vi a la vasca cruzar la calle y me dio una punzada. Su hijo, el mayor, traía una cajita. Y Aristóteles venía más atrás, comiendo un pancho. Se acercaron. La vieja, más agitada que de costumbre, sacó el maquillaje de una cartera cubierta de tachas.

—¡Te falta vida! —me dijo, y empezó a ponerme un polvo marrón y sacó un lápiz labial gastado, rojísimo, y me pintó los labios; temí que me estuviera destrozando la cara—. Quítate el sobrante con la mano —se acomodó el  monstruoso escote, le arregló el cuello de la camisa al gordo y le sacudió las migas de la boca. Después abrió la cajita y empezó a repartir las castañuelas entre las alumnas.

El desfile duró dos horas. Caminamos toda la avenida al compás de la música que había elegido la vasca, el tema que ya había escuchado más de cuarenta veces en su casa.

 

España tiene otro color... ¡Y vi-va, España!

España tiene otro sabor...¡ Y vi-va, España!

 

En el trayecto la vasca me daba indicaciones, y sube la bandera, enderézate niña, saluda hija, movía el culo, y sonreía y tarareaba y pretendía que yo hiciera lo mismo.

Ante el palco nos detuvimos. La vasca levantó un brazo e hizo ruido con las castañuelas.

— ¡Y olé!— gritó.

Y seguimos.

Por suerte se terminó la avenida y  se terminó el desfile. Y pude irme a casa a no verla hasta la noche.

 

 

La fiesta era en Trajes Típicos. Un club de inmigrantes a varios kilómetros de la salida del pueblo. Tuve que ir unas horas antes para hacer rosas de papel crepé. Debíamos dejar el escenario decorado.

Gente de otras colectividades preparaba su stand, hacía su comida típica. Este año le tocaba a los suizos quedarse con  la ganancia de la cantina. El viejo Raini había estacionado la camioneta adentro del tinglado, y descargaba los cajones de cerveza, mientras el hijo arrojaba las botellas dentro de una palangana con agua y hielo.

Aristóteles trajo unos paneles de madera terciada que habían pintado en el patiecito de la vasca. El otro hijo, el más grande, daba vueltas por ahí. Miraba lo que hacíamos y seguía de largo.

Ensayamos dos veces detrás del escenario. La vieja nos marcaba los tiempos con las palmas. Melina comandaba al grupo.

Al anochecer empezó a subir el murmullo del otro lado de la cortina. Cada tanto espiábamos por un costadito. La gente se iba acomodando en las  banquetas del gran salón.

 La vasca estaba cada vez más emocionada.

—¡El lugar está que explota! —venía a cada rato y nos decía—. ¡Está que ni se lo imaginan!

Yo empecé a ponerme nerviosa. Toda esa gente, y yo a punto de salir con aquella manga de tarados.

Según el programa del espectáculo, veníamos en cuarto lugar: primero los daneses con un coro, después los alemanes con una danza típica, los tanos. Y nosotros.

El locutor Vergara dio la bienvenida. Le decían "Sapo de Bronce". Tenía una línea que le dividía el mentón en dos y le dibujaba un culo. Era verrugoso, enano, rechoncho. Un sapo de bronce. Su discurso duró más de media hora: como siempre, pelotudeó acerca de los inmigrantes, del granero del mundo, de nuestros colonos, del trabajo que habían hecho en nuestra tierra roja.

Los de mi grupo seguían maquillándose, poniéndose brillantina en el pelo, subiéndose las medias... Salvo el gordo, que estaba sentado en un rincón, nervioso, muy nervioso. En un momento vino y me dijo un par de cosas a las que no di bola: yo estaba escuchando atentamente lo que decía el Sapo, esperando que termine. Y de pronto, anunció nuestra salida.

Sentí pánico. No sabía de dónde iba a sacar coraje para salir al escenario. Encima mi gran miedo, lo que había sospechado desde el principio: a último momento, la vasca había decidido que su participación era fundamental. O sea, toda la ubicación se había modificado.

Quería escaparme.  Desaparecer.

De pronto, alguien me empujó. No sé quién. "¡Aquí estoy!", pensé. Y sí, estaba frente a toda la gente, alzando los brazos, con las castañuelas en la mano, bajando la cabeza, mirando al piso.

Y empezó la música.

Entonces hice lo que debía: moví la cabeza y agité los brazos como lo había hecho antes. La vasca al frente, sonreía y se movía, patéticamente voluptuosa. La música parecía a punto de explotar adentro de los parlantes.

 

España tiene otro color... ¡Y vi-va, España!

España tiene otro sabor...¡ Y vi-va, España!

 

­­ Miré hacia el costado. La nenita ya se había perdido. Escuché cómo, detrás de mí, al gordo se le caían las castañuelas. Melina seguía. La retardada intentaba coordinar. Yo también. El casete por momentos patinaba.

 

Espa- espña  iene otro olor... ¡Y via, Espña!

Paña tiene tro saor...¡ Y via, Espña!

 

Era todo un desastre. Un programado y ensayado desastre. Sólo una cosa parecía funcionar en armonía: el público. Se mantenía en silencio. Yo esperaba que nos arrojaran cosas, nos abuchearan. Pero no. Nos tenían un soberano e inexplicable respeto.

El gordo se cayó. Al intentar levantarse, tropezó conmigo. A la retardada se le descosió la pollera y se la sujetaba con ambas manos. Y lo peor: la vasca. A pesar de que se le había salido un zapato, corrido una media y desabrochado el vestido, seguía moviéndose como una motosierra.

Y, sin embargo, la gente, plácidamente sentada, continuaba mirando en silencio.

Cuando se trabó el casete, todos nos quedamos duros, algunos con los brazos hacia arriba, otros hacia el costado o hacia abajo como en el juego de las estatuas. Habíamos terminado.

Y fue entonces cuando el gordo le dio la mano a la retardada, y la retardada me la dio a mí, y yo se la di a Melina, y Melina se la dio a la vasca. Y fue entonces cuando estalló el aplauso y nos reclinamos todos juntos, en reverencia.

Y la gente aplaudió y aplaudió hasta que se cerró el telón. Y desaparecimos del escenario.

 

© Carla Pravisani
 

 

Carla Pravisani nació el 8 de octubre de 1976, en Misiones, Argentina. Fue en El Territorio, el principal diario misionero, donde publicó sus primeros cuentos y notas. Luego se trasladó a Buenos Aires y cursó estudios de publicidad, recibiéndose de directora de Arte en la Escuela superior de Creativos Publicitarios. Publicó numerosas entrevistas a escritores argentinos en la sección "Cómo escriben los que escriben" de elaleph.com. Su cuento "La Promesa" apareció en la antología Pasajeros en Arcadia (Editorial de Belgrano, 2000).

Desde 2002 reside en Costa Rica y allá publicó el libro de cuya contratapa obtuvimos estos datos biobibliográficos.