Luz

 

El rectángulo de luz amarilla y tu silueta recortada. Allí, en la cavidad, en el paréntesis que abre y cierra el marco de la puerta. Te alzás el cabello estirándolo, despreocupada, para amarrarlo después, tras la nuca, y acariciarlo una vez más antes de seguir, desnuda, camino al baño. Admiro absorto tu cintura, el encanto de las curvas pronunciadas, la preciosa redondez de tus glúteos. Yo venía de un entresueño de brumas y niebla, escapaba. Todo para verte un instante allí, extática, y luego desaparecer, despacio, por el corredor que lleva a las otras dependencias: al estudio, al comedor, al balcón sin cortinas que mira a la calle. El espacio congelado tañe el arpa del silencio. Y mi cuerpo es una mole amorfa desparramada entre las sábanas y el cansancio, en la fatiga atroz de un tiempo que no corre. Apenas, el zumbido del ventilador desperezándose en el techo. Confirmando mi existencia y el sonido. Debí preverlo. Dos o tres o mil días antes cuando lo supe, cuando supe que quedaríamos atrapados aquí y que todo sería, como iba a ser, el instante. El minuto en que tu silueta vuelve a aparecer allí, en el cuadro de luz, afuera de las sombras que me engullen a mi, a mi voluntad, a mi deseo.

No podría pararme. Aunque lo quisiera. Pararme para ir a buscarte allí, al territorio en el que existe una bombita de no sé cuántos voltios, el mosaico, las puertas que conducen a otros sitios que no son este en el que estoy, y me arrellano, y tanteo en la mesa de luz, los cigarrillos.

La seguí una noche. Tres o cinco cuadras, guardando distancia.

No estaba ebrio pero había bebido en el club, cuatro, cinco, diez copas de vino con amigos y la música nerviosa de la cumbia chorreando por los parlantes. Un desplante de Laura, un insulto, la pregunta de siempre, el hasta cuándo en sus labios repitiéndose con la forma del reproche rutinario; que qué pensaba hacer y, entonces, sin que me importara el hoy, el después de ese momento de mareo y hastío, le grité entre los sones burdos del acordeón que me iba, sí, que mandaba a mudar de ese baile y que no volviera a buscarme. Nunca. Alguien me tomó del brazo a la salida. Me ofreció pedirme un taxi. La noche está llena de peligros me dijo. Y le respondí que yo era uno de ellos.

Tomé por la avenida, dejando atrás el río, el aire limpio de la primavera que se estampaba contra el firmamento como una pátina negra, como una ciclópea sombra artera. Fumé con la cabeza gacha mientras avanzaba por el conducto de viscosa negrura, bajo el follaje de los árboles nocturnos, distinguiendo alrededor de mis pies, el asfalto, el cuerpo gris de la vereda y sus baldosas cuadradas. Entonces, en una bocacalle desierta, con un café cerrado a esas horas, en la esquina, por enfrente, la vi pasar brillando en la espesura de esa jungla siempre ciega, despoblada. Un nudo, como esos que teje el deseo en las vísceras, ahorcó mis entrañas. La vi, sin que me mirara y lo supe: ella podía ser mi salvación o el final, la puerta de salida o la última puerta cerrada. Por eso la seguí, tres o cinco cuadras, rozando las fachadas de los edificios, camuflado entre las paredes de piedra, entre las rejas, guardando distancia. Ella irradiaba un brillo ajeno al entorno, a la ciudad, al espacio que íbamos atravesando sin sabernos perseguidos: ella por mis pasos, y yo por la urgencia de escapar, de liberarme. Antes de llegar a la plaza, donde el sudor de los faroles resplandecía haciendo visibles sus caminos de cemento, los bancos vacíos y el frente del Colegio Normal, me detuve, tuve que frenar allí para no inmiscuirme en un terreno vedado. Te grité para que me descubrieras, para que supieras que estaba a tus espaldas, persiguiéndote como un mendigo, desvalido, desdichado. Giraste, de pronto, tu cuello y, sin poder distinguirme, pronunciaste tu nombre “Luz” e hiciste un gesto, invitante, para que te siguiera. No me animé en ese momento: estaba vaciado de fuerzas y mis piernas se habían rebelado. Tenía aún los gritos de Laura rascándose en mis tímpanos, una cronología fresca de heridas y rechazos, la frustración de estar ensombrecido, de ser indigno, de no poder entrar en la luz, aunque fueras vos, Luz, la que me llamara. Y te dije dónde, cuándo quisieras, ahora mismo, que te esperaba, que te esperaría, aunque las ganancias tardan años y las pérdidas, un segundo y basta. 

A donde la luz no llega, está la sombra. Siempre. Esa bipolaridad primigenia, génesis de toda genealogía,  maniquea, dos universos diferentes pero complementarios. Con una graduación propia, por supuesto, con un orden de etapas y estadios del que no puede renegarse. Nunca. Lo que no está a la luz, yace en las sombras. Lo que no vive en un mundo, se oculta en el otro. Yo lo entendía así, entonces, mientras la espiaba saliendo de la oscuridad, en el mismo acto de salir y detenerse, de simular un arreglo de su cabello y una duda, la decisión de seguir que la retenía en la puerta, punto exacto en el que se dividían mi mundo del de ella. Y yo necesitaba que fuera así, que ella marchara casi en puntas de pie en dirección al baño y la luz quedara, con ella, afuera del ámbito en el que yo me revolvía, poseído. ¿De qué?. Esa no era la pregunta. O no lo es en este instante, cuando al fin encuentro los cigarrillos y, por un segundo, una llama crepitante irrumpe con la claridad naranja, cuchillada de fuego en el caos. Violación de los principios, mágica entrada de la luz en la sombra. Mis ojos tiemblan. Temblaron. Los párpados se estremecen y mientras el tabaco cruje quejoso al tocar el borde cónico de la flama, se cierran. Suelto la perilla y todo retorna a la calma. La oscuridad mantiene su integridad sin que la irrupción cambie en algo su contorno, su densidad, su historia despoblada de memoria. La oscuridad sigue siendo sombras. Y yo dentro de ella, vuelvo a verla salir, quedarse quieta, alzar su cabello para formar detrás, sobre la nuca, un rodete. Y perderse, irse, marcharse.

Esa misma madrugada llegaste. Cuando ya no había milagros a la vista. Nadie: ni vos, ni Laura, ni ninguno de los rostros que el destino había ido segando de mi existencia. No te sentí entrar ni bajé a abrirte, irrumpiste en el pasillo que da a la pieza con tu luz, sonriente y buscándome entre las sombras, en la cama donde imaginabas que me encontrarías. Ahí, en el marco de la puerta en el que vuelvo a verte a cada momento, comenzaste a quitarte la ropa. Primero la cartera y el abrigo, después tu vestido amarillo, todo a la vista gracias al resplandor delator que descendía desde la lámpara. Y allí surgió frente a mi apatía, delante de mi pasión apagada, vuelta cenizas, nada; toda tu carne hecha de ardiente luz; tu pecho, tu vientre, tu sexo hoguera en llamas. Visión escandalosa, revelación adorada: la mujer de luz desnuda y yo vencido en la cama. Cruzaste entonces la oscuridad del cuarto, perceptible, radiante, te acercaste hasta casi tocarme. Te rechacé. Cerré bien fuerte los ojos y no quise verte. Lentamente, fui sumergiéndome en un sopor narcótico, en un sueño en el que todo volvía ser oscuridad y ausencias, un dolor de faltas, de carencias, como el que se siente al ver el retrato de una persona muerta. No sé si el tiempo pasó o si, simplemente, no hubo tiempo. Cuando volví en mi, a las sombras concretas, vos ya estabas de espaldas, desnuda, en la frontera con la luz: el marco de la puerta; levantando con rayos refulgentes tu cabello, atándolo detrás de tu nuca y dudando si quedarte allí o seguir, yéndote despacio para volver, una y otra vez, como una obsesión,  como un símbolo inextricable.

Tiro el cigarrillo dentro del cenicero. Una rápida contracción de mis músculos, algo se va separando de mi, de mi cuerpo, dejándome el mismo peso, y se va, cruza la habitación, a tientas, tropezando con el borde de la cama. Justo entonces, aparecés allí, otra vez, pero ahora alguien parecido a mi te detiene en el gesto de tomar tu pelo. Soy yo, sin dudas, algo que salió de mi, ese hombre que, desde la oscuridad, irrumpe en la luz, en tu luz y exponiéndose a mi terror, la luz, y comienza a besar tu columna, tus costillas, mientras que con la diestra, asida a tu cabello, te sujeta para que no te puedas ir de allí, hacia el pasillo y los otros ambientes. Insultando al silencio, jadeás cuando los labios se hincan en tu luz, en tu piel, y la otra mano te va bañando de lúbricas caricias. Los veo a los dos, luz y sombra, que comienzan a anudarse frente a esta incredulidad que me aterra. Y se mezclan, se confunden, se tuercen y se adhieren, cuando girás de pronto y lo tomás, me envolvés en un abrazo de ínfimas gotas de luz que percuden mi cuerpo. Y siento el placer de tu calor, la brasa de tu dermis, el roce de tus manos, las profundidades del túnel de luz por el que voy entrando. Algo estalla entonces, un resplandor me ciega con su surtidor algas llameantes, de pájaros dorados, de fuego que brota de la ropa tirada en el suelo. Trató de alzarme de la cama mientras el incendio empieza a morder las paredes, mientras la luminosidad del fuego alumbra mi habitación y la oscuridad retrocede con olor a carbonilla y tela. Las llamas van quemándolo todo, fauces hambrientas, y se encienden la mesa de noche, los cuadros, las revistas, la televisión y mis sábanas. En el último reducto de las sombras, impávido, me acurruco para no sentir, para no sufrir esta luz que se apodera. Y miró hacia el marco de la puerta, ahí, donde ya no estás de espaldas y me observás, de frente y desnuda, Luz, toda luz, todo incendio.

 

 

 

© Federico Ferroggiaro