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Plataforma
—Buenos días, señor. —Ah, Rubén, ¿cómo le va? Pase, pase nomás. Toda vez que Marcos Weber, cómodamente ubicado en su sillón Luis XV, se sumergía en el emocionante mundo del suplemento de Economía y Negocios, pocas cosas había que pudieran arrancarlo de su abstracción. La gente podía pasearse a su lado sin ser notada, y de no ser por el cordial saludo, Rubén hubiera pasado igualmente desapercibido. Tímidamente, con el veraniego sombrero de ala (regalo de su ama) sujeto entre sus manos, Rubén aguardó la orden. El señor Marcos, ya nuevamente absorto en sus asuntos, demoró en advertir que aquel esperaba su orden. —Pero suba nomás, Rubén. Ya sabe a dónde ir. —Sí, señor. Permiso, señor. Y luego, nuevamente a los reclamos de las entidades del campo, a las pérdidas del sector agropecuario, a las quejas por el control de precios. Y un poco más allá un grupo económico alemán ofreciendo quedarse con una importante fábrica local. Y por supuesto que se reservaría para lo último el cuidadoso estudio de los movimientos bursátiles. Miró su reloj. Tenía su buena media hora por delante.
Era un hombre verdaderamente exitoso, Marcos Weber. Heredero de una modesta firma comercial, con inteligencia e ímpetu la había transformado a lo largo de los años en un auténtico imperio. Y siendo, como era, un referente del mundo empresarial, no podía dejar de embeberse en noticias, no podía no atender a cualquier información que lindase con su territorio. Y no sólo en el ambiente local. —¡KIA motors construye una planta en Estados Unidos! —leyó en voz alta (y desde lo alto bajó un “uhm sí… ¡así!”). Cuando superó el asombro deparado por la noticia, volvió a mirar su reloj (todavía había tiempo) y pasó finalmente al mercado de valores. Echó mano entonces a su teléfono celular y se contactó con uno de sus fieles socios. —¿Informática otra vez? —Sí —repuso Marcos—, se espera un alza nuevamente. La fuente es confiable: parece ser que… —y desde arriba “así, así, no pares”. Terminado el diálogo telefónico, Marcos oyó pasos descendiendo la amplia escalera central y supo que ya era hora. Fuera del ámbito financiero, que, aunque placentero, no dejaba de ser un trabajo, no había nada más gratificante para Marcos que la lectura. Y la voracidad por el conocimiento lo había llevado a lo largo de sus décadas a visitar un sinnúmero de tópicos de lo más diversos. Para alguien que, como él, había sido adoctrinado en el catolicismo por una madre castradora (felizmente difunta ya) pocas cosas le inspiraron tanto interés como los informes de Kinsey y las obras de Masters y Johnson. Y vale decir que también le generaron algo de remordimiento: todo era tanto más complejo y más vasto de lo que él hubiera podido imaginar, que cómo no admitir para sí mismo que en sus varios años de matrimonio él estaba mayormente en falta. Rubén reapareció en el espacioso living, sombrero en mano, ruborizado, sudoroso y bastante despeinado. —Ya está, señor. —Gracias, Rubén. Ah, me olvidaba: el fin de semana tengo un viaje de negocios. No va a hacer falta que… Pero no deje de cortar el pasto, eh. Rubén asintió. De oficio jardinero, de origen humilde pero cultor de ese ánimo servil que —bien lo sabía él— podía obrar maravillas entre la gente pudiente, Rubén no había rechazado nunca en sus meses de servicio ofrecimiento o pedido alguno. A punto de franquear el imponente umbral de la mansión, la voz de su amo le detuvo. —Dígame, Rubén, ¿no vio el…? —y las manos del señor Marcos dibujaron una suerte de elemento cilíndrico de unos veintitantos centímetros de extensión, que su pudor le impedía llamar “el aparato” aunque comercialmente se llamase “bomba de vacío”. El jardinero contestó que se hallaba junto a la mesa de luz. Remontando el frío mármol de la escalera, el señor Marcos fue desajustando su cinturón y desprendiendo el botón de su pantalón. Consultó una vez más su reloj antes de desembocar en el amplio hall de la planta alta y enfilar hacia la segunda puerta de la derecha. El tiempo era oro. Para alguien de su reputación ciertamente lo era. Oro o su equivalente en papel. Pero Masters y Johnson tenían evidencias científicas irrefutables (y esas gráficas, tan contundentes, tan abrumadoras). Bendita plataforma orgásmica: vastas áreas anatómicas por ingurgitar para que el deseo pudiera alcanzar su expresión más plena. ¿Aproximadamente media hora de estimulación? No, no podía permitírselo. El tiempo era oro y a él le bastaba con capitalizar aquel último instante excelso de goce. No había tiempo. Ni siquiera podía permitirse dejarse gobernar por sus propias sensaciones, y echando mano a la bomba de vacío dijo: —Ya estoy, querida, ya estoy. © Pablo Bagnato |
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