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Eternamente...
Toda la luz que había en la habitación era la que arrojaba la radio portátil, desde la mesita al lado de la cama. No necesitaba más que eso... Desde la penumbra, con la pequeña luz verdosa de fondo, podía distinguir su silueta, allí tendida en la inmensa cama, a mi lado. Podía ver su delicada cintura, y la curva suave y profunda de su cadera, dando inicio a las largas y hermosas piernas que se iban esfumando a medida que la sombra las devoraba. Más arriba, sus largos cabellos reflejaban cada minúscula porción de luz, mientras caían por su espalda y serpenteaban a lo largo de la cintura, para terminar acariciando sus muslos. Y podía adivinar un pecho rozando la sábana, mientras yacía así, de lado, completamente desnuda... Yo también estaba desnudo, con el frescor de la noche cubriendo mi piel y haciendo que se erizara deliciosamente cada pequeño pelo de mi cuerpo. Estaba de lado hacia ella, y, aunque no podía verlos, sabía que sus hermosos ojos negros me miraban, buscándome con placer, encontrando la manera de completar mi figura; sabiendo que mis ojos eran suyos... que mi cuerpo era suyo... que mi alma le pertenecía. Sabiendo que haríamos el amor como quizás nunca antes lo habíamos hecho... Casi no podía verla, pero podía sentirla a mi lado, sufriendo y gozando a la vez con la pequeñísima distancia que nos separaba... Podía sentir su respiración entrecortada y el perfume de su piel. Hasta podía escuchar los latidos de su corazón... anhelantes... La pequeña radio esparcía sobre la habitación dulces melodías; viejas melodías del tiempo en que nos habíamos conocido... Era como si algún extraño musicalizador confabulara para que nos enamoráramos aún más... Recordé en una fracción de segundo el primer beso, la primer sonrisa... el primer “te amo”. Aquel juramento de amor eterno... Sabía que ella estaba pensando lo mismo, mientras nos mirábamos a los ojos a través de la oscuridad: la última vez que habíamos hecho el amor... Me acerqué al fin, ansioso, en silencio… Nuestros labios se unieron en la oscuridad, como si una poderosa fuerza magnética los guiara. El contacto fue delicioso: suave, húmedo, tibio… Reconocí cada rincón de sus labios, para luego internarme en el más profundo de los besos. Pronto mis manos acariciaban su espalda y descendían con lentitud hasta su cadera, mientras las suyas se apoyaban en mis mejillas, para recorrer el cuello y terminar allí, jugando con el cabello detrás de mis orejas, mientras nos besábamos una y otra vez… Ella sabía… tenía la capacidad de excitarme en mil formas diferentes al mismo tiempo. Cada movimiento que mi cuerpo hiciera ya no podía ser fruto de mi conciencia… Bajó sus manos a mi pecho, ejerciendo suave presión a medida que corrían hacia mi espalda, guiándome hacia ella… Nuestros cuerpos se unieron, en tan profundo contacto… con tanta precisión como si nuevamente fuéramos hierro e imán, presos ahora de todas las leyes naturales. Su tibio pecho aplastándose contra el mío… Podía sentir el más pequeño de sus movimientos, deslizándose contra mi piel, mientras nuestros corazones cabalgaban juntos al mismo ritmo, y nuestras lenguas se entrelazaban. Nuestros vientres pegados uno sobre el otro. Las manos se movían sobre su firme cola: apretando, soltando… subiendo hasta la cintura y volviendo a bajar. Mi pene penetraba lentamente, deslizándose hacia adentro y hacia fuera, con el suave movimiento de las mareas. Todo su cuerpo parecía apretarse en torno a él, mientras sus piernas se enredaban en las mías, atrayéndome hacia ella… pidiéndome más… más… El contacto era estremecedor… la textura de sus muslos contra mi cadera… y la suave, exquisita fricción de nuestros sexos. Sus manos en mi cola, marcando sus dedos sobre los músculos tensos por el movimiento… deslizándolas sobre los costados para apartarme, y nuevamente encima, para tenerme más adentro. Las mías, subiendo y bajando por su espalda, apresando sus piernas para luego subir hasta su cintura en frenética carrera. Atrapé sus manos para unirlas con las mías, por debajo de la almohada, con sus brazos estirados sobre la cabeza. Ahora nos movíamos lentamente… Ella cedió el control, a medida que mis manos bajaban a sus senos para jugar con ellos… Cuando acerqué mis labios, bajó los párpados y el resto de su cuerpo siguió un balanceo hipnótico, mientras sus brazos yacían en la misma posición en que los había dejado y, mordiéndose el labio con cada embestida, se concentró en el placer que mi boca podía darle… Besé suavemente sus voluptuosos senos, sabiendo del sutil cosquilleo, por cada pequeña sonrisa que lograba…. Así fui descubriendo la suavidad de su piel y la dureza de sus pezones, a medida que los recorría con mi lengua una y otra vez, mientras ella gemía y se arqueaba a medida que el placer era insoportable. Sus gemidos me excitaban, más aún… La devoré con feroz apetito, mientras se apretaba contra mí con locura, y nos movíamos rápido, rápido, y más rápido, con el temblor de mil volcanes a punto de estallar… El éxtasis fue largo y delicioso, liberándonos de un placer que ya no podíamos entender… Luego, entre besos y caricias, el sueño no tardó en envolvernos en un profundo abrazo… Desperté con el tibio sol contra mi frente… Ella ya se había ido, pero aún podía sentir su perfume en la almohada y pegado a mi cuerpo. Me levanté alegremente, pensando en la noche anterior y esperando secretamente que el día pasara rápido para volver a estar con ella… Me duché. Me afeité… Y volviendo al dormitorio, no pude evitar mirar con felicidad hacia la cama… Allí todavía estaba la estampa de nuestros cuerpos dibujada sobre el colchón, y, de su lado, sobre la almohada… el anillo de nuestra boda. Me acerqué en silencio… lo tomé, y lo dejé sobre la mesita de luz, al lado de la pequeña radio portátil que alguna vez le había regalado. La pequeña lucecita de encendido hizo un guiño. Era raro… La radio ya nunca funcionaba de día (quizás a ella, como a mí, no nos gustaran esas canciones modernas que tanto se empeñaban en pasar…). Me terminé de vestir; abrí la puerta y salí a la calle… El sol me acarició la cara… Sonreí y empecé a caminar tranquilamente. La noche llegaría otra vez… mientras tanto de día, yo sería el viudo amante más feliz en toda la gran ciudad. © Pablo Hernán Sánchez "Eternamente..." obtuvo Mención de Honor en el Certamen JuninPais 2004. |
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