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La fábrica de futones
Se trata de una mujer sola que ha adquirido casa propia hace poco, o que alquila algún departamento en pleno barrio de Agronomía. Como sea, quiere un hogar a su imagen y semejanza, quiere cuadros en las paredes, una biblioteca rústica de libros amables. También quiere un futón, cómo no: porque es la moda, porque desde las vidrieras se ven acogedores y sofisticados. Pero lo cierto es que apenas hacen las veces de sofá y jamás podrían recomendarse como cama. Pero eso a la chica no le importa, de todos modos llama a la fábrica y habla con un empleado parco. Efectivamente cuentan con el modelo que ella prefiere. Sólo es cuestión de que pase por la fábrica a verlo. Que elija el tinte de la madera. Le será entregado a domicilio. Ella termina su jornada, toma el subterráneo y después el colectivo. Por enésima vez repasa el itinerario hacia la fábrica. Mal lugar para una chica sola. Es otoño: oscurece temprano. Baja del colectivo a las 19:30. Se siente recién desembarcada en un campo de batalla posnuclear. Un viento frío le retuerce el peinado y se pierde por la encrucijada de esquinas. A donde llega a ver sólo hay paredones altos, viejos cadáveres de fábricas inflados de ratas y mugre. Cruza el barrio mudo y en cada portón de chapa siente una amenaza a punto de saltar. Los remolinos aúllan entre los cables de alta tensión, ahora marchitos, y en las azoteas suenan correrías de espectros. Ha mirado por encima de su hombro al menos una vez. Ya no vuelve a animarse. Llega a la puerta de la fábrica. Tres cuadras de paso apretado y sombras. Por suerte el lugar existe, existe la puerta fría que retumba ante cada uno de sus golpes. Por un segundo duda que vayan a abrirle. Tal vez equivocaron el horario de atención; pero por fin oye los pasos que vienen. Pasos de botas de trabajo. Le abren la puerta, y su primer impulso es darse a la fuga. Es de las que juzgan por las apariencias y ese tipo que la recibe no puede ser menos que culpable. Su mandíbula es cuadrada, violenta, el pelo cortado media americana, marcas de cicatrices en el cuero cabelludo. Lleva guardapolvos de operario, color marrón óxido. Hay salpicaduras ocre. Pero el tipo sonríe y le ofrece pasar. Tiene encanto, un aura de artesano. Ella se resigna, encoge los hombros, suelta una sonrisa. Piensa que la paranoia es para los cuentos de terror. La jungla sombría de adentro de la fábrica no es mejor que el paisaje desolado de afuera. Ella intuye las siluetas dormidas de las máquinas, pero no puede saber que aquellas son sierras tupí, que más atrás hay tornos y cepillos de banco. Se deja guiar hasta la oficina técnica, justo en medio del taller. El tipo prende la luz y la deja pasar primero. —Espere aquí que voy a buscar el talón de recibos —le dice él. Se pierde en lo oscuro. Ella entra todavía con miedo. Teme temblar y que se le note, no quiere incomodar al hombre, menos pasar por loca. Se distrae espiando el desorden del escritorio. Ve un portarretratos grande, y la foto de una nena muy rubia y muy sonriente que muestra un dedo untado con mayonesa. El padre de una criatura tan angelical no puede ser una mala persona. ¡Haberlo creído un psicópata! Pero entonces nota que la nena de la foto le resulta conocida. Piensa un poco, después se desespera, y al final comprende que esa nena es la de la publicidad de Mayonesa Reynolds. No sólo es la nena, es la foto de la publicidad. Y no brilla, porque el papel es de diario.
Antes de que se de vuelta la golpeo fuerte con el martillo grande. Lo de la foto siempre funciona. Lo percibo en cómo relajan los hombros, o suspiran de alivio. Bajan la guardia y no oyen cuando me acerco. Pocas veces se dan cuenta del engaño, pobrecitas. El resto del proceso es simple: quemar los sobrantes y mezclar las cenizas con el relleno del futón. Después teñir la madera con el color que la pobre haya elegido (o elijo yo). Al día siguiente envío el mueble al domicilio que me adelantaron por teléfono. No habrá quien lo reciba. Sé que nadie sospecha. Espero varios meses entre avisos, y no atiendo a todos los clientes. Me interesa más que nada la gente de piel trigueña oscura. Para cualquier otro, la fábrica parecerá abandonada. Jamás vendí un futón. Me parecen muebles inútiles, accesorios esnob. Prefiero los sillones de piel. De piel trigueña.
© Luis Cattenazzi |
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