Una melodía entre las tumbas

 

 

For though they may be parted there is

still a chance that they will see.

There will be an answer, let it be.

Let It Be

 

  

Conocí a David en una tarde de invierno. Fue un encuentro casual. Yo caminaba hacia casa después de andar todo el día, la tarde terminaba y la noche prometía ser larga. Había visitado el centro de la ciudad luego de muchos años y estaba sorprendido por la actitud de la gente. Quizás eran sólo ideas mías; pero me sentía desconectado, como si jamás hubiera pertenecido a este lugar, como si el hecho de estar o no estar entre ellos hubiera sido lo mismo. Al pasar junto al edificio de la biblioteca miré hacia arriba y reconocí algunos rostros entre las cabezas talladas sobre las paredes: esas caras serias de aquellos que hicieron en su vida algo para recordar. Pensé en cuántos hombres y mujeres habían vivido antes que yo, de los cuales no quedaba ni siquiera el recuerdo. Vinieron a mi mente algunas palabras de Salomón: “Entonces el polvo vuelve al suelo, de donde había venido”. La imagen del polvo sepultándose en el interior de la tierra, en el Infernum según la escritura latina, me sacudió los pensamientos y me devolvió la vista al frente justo antes de cruzar la calle. Anduve unas pocas cuadras y al pasar por el cementerio tuve deseos de entrar. Fijar la vista en las lápidas es un antídoto contra el aburrimiento de estar vivo.

Entré rápido y el guardia no me vio, o no me prestó atención. Recordé su cara: el mismo de la última vez, hacía tanto tiempo. Era un hombre amable y siempre saludaba a las personas que entraban o salían. Avancé. Planeaba llegar hasta el fondo para recorrer despacio el camino de regreso. Sabía que llegaría de noche a las puertas, pero nunca me asustaron los cementerios, y mucho menos los muertos. Mi padre trabajó toda su vida como cuidador de tumbas y de chico me llevaba a visitarlas. Siempre me decía algo así: “Estos pobres que descansan bajo tierra, Mariano, ya no pueden hacer nada. Todo lo que haya que hacer, hay que hacerlo arriba; mientras podemos andar y cambiar las cosas, o al menos intentarlo”.

Por algún tiempo creí que mi viejo estaba un poco loco. Yo era muy chico y no entendía lo que me decía. Pero con el paso de los años llegué a comprenderlo, y lo recordaba siempre. Tuve el deseo de visitar las lejanas tumbas de mis padres. Me prometí viajar algún día para pasar, aunque sea unos momentos, arrodillado junto a ellos. Sé que no hay nada que se pueda hacer por los muertos, nos han dejado, sólo descansan; pero acariciar la tumba de un ser amado es un alivio para el desconsolado.

Al llegar al fondo miré de cerca la pared de ladrillos húmedos. Los últimos rayos del sol iluminaban las primeras hileras. El suelo parecía mojado, quizás el jardinero había estado regando. El tránsito al otro lado del muro era lo único que interrumpía el silencio. En minutos todo quedó en calma y el sol dejó de iluminar el muro.

Di media vuelta y empecé a andar el camino de regreso, miré hacia la derecha y me dirigí a los nichos. Me detuve frente a uno que parecía muy viejo. Estaba entretenido calculando la edad del hombre y de la mujer —ella había vivido apenas unos meses luego de la muerte de él— cuando se oyó un silbido grave y prolongado; luego otros en diferentes tonos, como si alguien afinara un instrumento. Guiado por el sonido busqué el lugar de origen. Lo encontré cerca, entre algunos arbustos, junto a las tumbas más humildes. En medio de aquellas estaba arrodillado un hombre joven. Tocaba una flauta. Me acerqué para escucharlo mejor. La melodía me resultó conocida: El pastor solitario. La había escuchado miles de veces, en la Flauta de Pan de William Zamfir. Cuando terminó, se llevó la mano a la frente durante unos instantes. Luego se frotó los ojos y giró la cabeza. Me vio. Me aproximé y lo saludé:

—Hola.

—Hola —respondió con voz suave.

—Que hermosa melodía —dije. Su mirada era serena e intensa.

—Gracias. Es raro, vengo bastante seguido —se puso de pie sin dejar de mirarme—, y es la primera vez que alguien se me acerca.

—Sí, es raro que nadie te lo haya dicho antes, tocás genial esa flauta —me paré a su lado. Él sonrió apenas.

—Me llamo David —se arrodilló y señaló la lápida—. Ella era mi esposa.

Me quedé en silencio un momento.

—Lo lamento muchísimo, ¿qué le pasó?

—Un accidente camino a Necochea —agachó la cabeza—. Yo manejaba.

No supe qué decir. Miré sus dedos delgados que parecían apenas sostener el instrumento. Me arrodillé a su lado.

—¿Y a ella le gustaba El pastor solitario?

—Sí, muchísimo. Le gustaba la música, escucharme tocar. Soy músico.

—Me lo imaginaba. ¿Vas a tocar algo más?

—Sí.

Tocó una canción desconocida, larga. La noche exhalaba su aliento oscuro sobre el césped, enfriándolo todo. El cielo era azul como de vidrio viejo y la luna asomaba sus curvas tenues. Un grillo acompañaba la melodía con timidez. Una brisa oscilante llevaba el sonido a otras partes. Las hojas secas que rascaban las piedritas del camino formaban un delicado coro, y algún pájaro remolón reclamaba su lugar en las ramas. Recordé épocas que creía olvidadas, desfilaron por mi mente escenas familiares y ajenas, cautivadas y arrastradas por el sonido. Por momentos me pareció que abandonaba el lugar y me dirigía a otras partes, a otros lugares, sin esfuerzo. Un sentimiento dulce y amargo, como de lejanía, me envolvió por un instante; pero la calma de la existencia y el contacto con los elementos naturales me devolvió la paz. Disfruté tanto que cuando terminó le supliqué que continuara.

—No, me tengo que ir —se puso de pie—. Quizás otro día.

—¿Cuándo?

—No estoy seguro. Pero voy a tratar de volver pronto. ¿De verdad te gustaron las canciones?

—Sí, muchísimo, nunca había escuchado algo así, y eso que…

Se dejó caer al piso, arrodillado, y abrazó sus piernas.

—¿Qué te pasa?

Levantó su cabeza despacio.

—Soy músico —me dijo—, siempre lo fui. Pero ya no puedo tocar en público. Me encierro en mi cuarto todos los días, todo el tiempo. No puedo salir a la calle. No puedo mirar a la gente a los ojos. No puedo disfrutar de nada. Todo lo que antes me causaba alegría ahora me trae dolor. Y si estoy aquí tocando estas canciones es sólo para atormentarme. Y si me animo a hacerlo en este lugar es porque ahora sé que…

Se quedó en silencio. No me animé a preguntarle nada. El grillo seguía frotando sus alas, la brisa soplaba un aire delgado y muy frío. El día se entregaba una vez más a la noche implacable. A pesar de la oscuridad, yo todavía podía verlo. Parecía meditar en lo que iba a decirme. Finalmente se puso de pie y dijo:

—Sé que todavía soy músico, aunque esté muerto.

Las palabras se amontonaron en mi garganta:

—¿Cómo que muerto? No puede ser.

—Y seguiré tocando —continuó como si no me hubiese escuchado—, aunque sólo pueda revivir armonías viejas y hacer sonar mi flauta en esta soledad. Seguiré tocando, aunque…

Hizo una pausa y yo recuperé mi aliento:

—No podés estar muerto, sos muy real.  

Entonces temblé. Creí que había sido por el frío incipiente de la noche, pero la verdad se me reveló como un latigazo inesperado. Como esas verdades que llegan sin ser llamadas, que parten nuestra existencia en dos y donde ya nada vuelve a ser lo de antes. Lo miré, pretendiendo ahuyentar mis pensamientos, anhelando algo de sus labios que cambiara lo que tanto temía escuchar. Él agachó levemente la cabeza y dijo con voz pausada:

—Seguiré tocando, aunque ahora sé que los vivos ya no pueden escucharme.

 

 

© Jorge G. Camacho

Nací en Capital Federal, Argentina, el 13 de septiembre de 1967. Muchos años después me gradué de Ingeniero en Sistemas en la UTN. Trabajo en el área desde hace unos veinte años y me gusta, mi profesión me permitió conocer muchas ciudades y culturas. Pero mi pasión es la literatura, leo todo lo que puedo y escribo un poco, o al menos lo intento. Hace unos dos años decidí escribir con continuidad y tengo un puñado de cuentos terminados, y algunas poesías. Mi cuento "Entre dos pueblos" quedó seleccionado en tercer lugar en el último concurso de la editorial elaleph.com