Ópera y Ciencia Ficción:
dos divas que pocas veces salen juntas
El cine de ciencia ficción ha sabido siempre reforzarse en la música. No hay más que recordar 2001: una Odisea del espacio, con música de Johann Strauss hijo, György Ligeti y con la magnífica introducción de Así habló Zaratustra, de Richard Strauss. O las inolvidables bandas sonoras de Apollo 13, La guerra de las galaxias y Blade Runner. Éste no parece ser, al menos a simple vista, un amor correspondido. No resulta tan fácil pensar en músicos que hayan encontrado inspiración en este género literario, dejando a un lado aquellos que lo hicieron al servicio del cine.
Sin embargo, el
primer álbum que creo haber escuchado con la insistencia de una fan
—aquellos
que uno vuelve a repetir una y otra vez, sin dejar siquiera que termine
para volver a empezar—
demuestra justamente lo contrario.
Lo encontré a
los once años, explorando entre los cassettes de mi padre.
Papá
—científico,
músico y voraz lector de ciencia ficción—
tenía entre sus discos uno cuyo título me llamó
especialmente la atención: Yo Robot, de un tal Alan Parson y
compañía. Por aquel entonces no sabía que aquel segundo álbum de The
Alan Parson’s Project estaba basado en un libro de Isaac Asimov, uno
de los tantos que
—por
cierto—
poblaban nuestra biblioteca. Difícilmente sabía siquiera quién era Isaac
Asimov. Tampoco sabía que algunos años más tarde Alan Parson, esta vez
como solista, volvería a recurrir al género de la ciencia ficción, para
su álbum The Time Machine, inspirado en la famosa novela de H.
G.
Wells.
El romance se puede rastrear hasta tiempos más remotos, a 1875. Por aquellos años nacía la ciencia ficción de la mano de un visionario: Julio Verne. Jacques Offenbach, compositor contemporáneo del escritor, compuso El viaje a la Luna, una ópera bufa basada en la novela de Verne. Poco después volvería a recurrir a una historia del escritor francés para componer El doctor Ox. Ninguna de estas dos óperas pasaron a la historia, como lo hicieron Los cuentos de Hoffmann u Orfeo en los infiernos, pero son sin lugar a dudas las dos primeras óperas que narran historias de ficción científica.
Hace apenas dos
años, el famoso director de orquesta Lorin Maazel estrenó su primera
ópera, basada en una de las mejores novelas distópicas de la historia:
1984, de George Orwell. La obra generó impresiones encontradas,
con detractores
y defensores. Contó con una escenografía sorprendente
—probablemente
el único aspecto que sobrevivió a la crítica—
y con un gran elenco, integrado entre otros por el barítono Simon
Keenleyside y las sopranos Nancy Gustafson y Diana Damrau.
Pero la
crítica fue lapidaria. La obra fue catalogada como un “proyecto de
vanidad” aburrido, comercial y poco innovador.
La historia nos ha demostrado en más de una ocasión que la crítica muchas veces se equivoca. ¿Quién sabe qué le deparará el futuro a esta ópera en particular? Pero sea cual fuere su destino, 1984 representa un paso más en la apertura de la ópera a un género poco explorado e infinitamente más rico de lo que uno piensa. Probablemente sea ése el mayor mérito de Maazel. Acaso en el futuro podamos asistir a óperas donde las máquinas del tiempo sean protagonistas y los robots lloren, donde hombres duplicados y seres de Marte integren el coro, donde un tenor salve los libros del fuego.
© Mariana Alonso
marianaalonso@revistaaxolotl.com.ar