Los cuentos de Hoffmann 

 

El 10 de febrero de 1881 se estrenó en París Los cuentos de Hoffmann. Su compositor, Jacques Offenbach, no llegó a presenciar el estreno: había muerto cuatro meses antes. Pero quizá su fantasma haya ocupado algún palco, junto al fantasma de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann. Y, si se nos permite soñar en un encuentro perfecto, acaso se haya presentado también el fantasma de Mozart, tan admirado por ambos. Admirado al punto de que a Offenbach se lo llegó a conocer como el “Mozart de los Campos Elíseos” y Hoffmanm cambió su tercer nombre, Wilhelm, por Amadeus, en honor al músico austríaco.Offenbach - caricatura de E. Carjat

Pero ésta no fue la primera vez que Offenbach y E. T. A. Hoffmann se cruzaron sobre un escenario. Ya en 1856, Offenbach había organizado un certamen en el que impuso como consigna para la composición de una opereta, un cuento fantástico de Hoffmann: “El doctor Miracle”. Compartieron el primer premio George Bizet, quien más tarde compondría Carmen y Charles Lecocq, futuro autor de la ópera cómica La hija de Madame Angot. En 1869, Offenbach y Hoffmann volverían a encontrarse en la opereta El rey Zanahoria, con libreto de Victoreen Sardau sobre el cuento “Klein-Zaches o Cinabrio”. Los cuentos de Hoffmann, el trabajo más ambicioso de Offenbach, sería también el último. Y, a la manera de Mozart, quedaría inconcluso.

Esta ópera, con libreto de Jules Barbier, está basada en la obra de teatro homónima, escrita por el propio Barbier, en colaboración con Michel Carré. Toma para su argumento escenas y personajes de distintos cuentos de Hoffmann: “Klen-Zaches o Cinabrio”, “Los hermanos de Serapion”, “El hombre de arena”, “El consejero Krespel”, “La historia del reflejo perdido” y “Don Juan”, entre otros. Pero el elemento más atractivo es sin duda la presencia de Hoffmann mismo, quien –en el primer acto– es inducido a contar tres historias de amor. Los cuentos de Hoffmann funciona en cierto modo como una biografía del autor alemán, como una radiografía de su alma, al igual que lo hiciera su obra literaria. Y es que acaso no haya mejor modo de mostrar su alma que a través de una ópera: su pasión no fue en realidad la literatura, sino la música. Hoffmann se dedicó a la crítica musical y fue un músico frustrado. No estaremos nunca seguros de su calidad como compositor, puesto que muchas de sus obras se han perdido, pero compuso música religiosa e incidental, e incluso una ópera: Ondina. En relación estrecha con su amor por la música, inculcado por su tía Sofía, se deberá hablar también de sus mujeres, y especialmente de una alumna de canto de la que estuvo enamorado durante toda su vida: Julia. Como bien señala Marcel Brion en La Alemania romántica II, “Hoffmann sólo amará a las mujeres que sean canto”.

E.T.A. Hoffmann - autorretratoY de eso se trata, precisamente, Los cuentos de Hoffmann. Ya en el primer acto, en la taberna de Lutero, se nos anuncia la llegada a la ciudad de Stella, una cantante lírica que fuera amante del Hoffmann ficcional. Stella no puede ser otra que Julia. Y las tres mujeres retratadas en cada uno de siguientes actos de la ópera serán una continuación de esa misma mujer. De hecho, es común que una misma cantante las represente a todas, aún con lo difícil que resulta, debido a la amplitud de registro que esto requiere y a las características tan distintivas de cada uno de los personajes.

Desde Olimpia, una muñeca de factura tan perfecta que parece una mujer de carne y hueso; pasando por Antonia, la joven que dará su vida por el placer de cantar; hasta Giullietta, una mujer traicionera que inducirá a Hoffmann a ofrendar su imagen reflejada en un espejo como prueba de amor; todas ellas son una continuación de la Stella del prólogo, y de Julia. En cada uno los actos aparece un personaje de características mefistofélicas que influirá en el destino de todas estas mujeres y en el de Hoffmann. Estos seres sombríos, muy frecuentes también en los cuentos del escritor, suelen ser también representados por una misma persona y no son otra cosa que la representación del marido de Julia Marc, acaso representen también a la madre de la joven. En él se ven reflejadas las dos personas que le arrebataron el amor.

La tercera historia –o segunda, dependiendo de la versión– y el epílogo son los dos actos más controvertidos y difusos de la ópera. Ambos quedaron inconclusos –Offenbach murió antes de terminarlos– y sufrieron cambios, recortes y agregados de todo tipo. En el estreno de la obra fue incluso eliminado y su melodía más famosa, la barcarola, fue interpretada –a la manera de un recuerdo– en otro de los actos. En esta primera interpretación, por otra parte, se le quitó importancia a un personaje que en otras versiones aparece ya en el prólogo, la musa, y que carga a la obra de una nueva significación. No hay manuscritos originales por lo que resulta difícil, si no imposible, determinar dónde termina Offenbach y dónde empiezan Giraud (el músico encargado de completar la ópera) y todos aquellos directores y regiseurs que incorporaron cambios.  Juegos del destino. Las cosas no podían darse de otra manera para el “Mozart de los Campos Elíseos”.

 

© Mariana Alonso

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