El anillo de los nibelungos

La historia, el amor y la mitología son los tres grandes temas en torno a los cuales ha girado la ópera desde sus inicios. A partir del siglo XX se suma la problemática social, con Kurt Weill a la cabeza. Pero si de mitología se trata, acaso el compositor más emblemático sea Wagner. Y haciendo honor a los gigantes, las óperas del compositor alemán son de una producción descomunal.

Después de componer “Las Hadas”, su primera incursión en la mitología, Wagner se abocó a la composición de una tetralogía titánica: El anillo de los nibelungos. Esta obra, con libreto del propio Wagner, está dividido en cuatro partes (cada una de ellas, una ópera distinta): “El oro del Rhin” —que funciona como prólogo—, “La walkyria” —con Brunilda como protagonista—, “Sigfrido” y “El ocaso de los dioses” o “Crepúsculo de los dioses”. Se suele citar como fuente principal de inspiración al poema medieval anónimo Nibelungenlied (Poema del Nibelungo). Pero si bien muchos de los personajes coinciden, la ópera de Wagner no tiene mucho que ver con el poema. Toma de él ciertos personajes, como Brunilda, Sigfrido, Hagen y Gunther, pero los dota de cualidades y linajes distintos a los que tienen en el poema.  Así,  Brunilda es en la ópera hija del dios Wotan. El Sigfrido de Wagner, por su parte, no es invulnerable como el del poema.  Si bien el título de la tetralogía remite al poema épico, el argumento recuerda más a la Saga Volsunga. Lo cierto es que las fuentes de inspiración de Wagner fueron muchas. Incluyen, entre otras, a los Edda —dos compilaciones islandesas, una en verso y otra en prosa—  que recogen muchos de los mitos nórdicos y que sirvieron no solo a Wagner, sino también a Tolkien en la creación de El señor de los anillos.

En “El oro del Rhin”, un enano nibelungo llamado Alberich intenta seducir a tres doncellas que juegan en el río. Ellas se burlan de su aspecto. Según la leyenda, solo quien renuncie al amor podrá apoderarse del oro del Rhin y forjar un anillo que le permitirá dominar al mundo. Las tres doncellas, guardianas del oro, no ven amenaza alguna en el nibelungo y no advierten que con sus burlas están despertando la ira que lo habilitará para apoderarse del oro y forjar el anillo. Y así sucede. Pero el dios Wotan roba el anillo al tirano, y éste lo maldice para que quien no lo tenga no haga más que desearlo, y quien lo tenga sufra sólo desgracias. Este anillo, que será el motor de toda la tetralogía de Wagner, ni siquiera es mencionado en el Poema del Nibelungo, pero si tiene sustento en las mitologías nórdica y germánica.

En la primer jornada —“La valkiria”—, Wagner narra la historia de Sigmundo y Siglinda, de cómo se conocen y escapan juntos con la espada mágica de Nothung.  El dios Wotan ordena a Brunilda matar a la pareja, a instancia de su esposa, por ser culpables de adulterio e incesto. Pero la valkiria, deslumbrada por la valentía de Sigmundo, decide protegerlos. Sigmundo finalmente es asesinado por un guerrero, con ayuda de Wotan. Siglinda, embarazada, logra escapar y Brunilda es despojada de su inmortalidad y sentenciada a dormir en una roca en la montaña, protegida por una llama mágica que sólo podrá ser atravesada por el guerrero más valiente.

En la segunda jornada, Sigfrido —hijo de Sigmundo y Siglinda— mata al dragónIlustración de Rackham Fafner, guardián del anillo de los nibelungos, y recupera el tesoro. La sangre derramada por el dragón le permite comprender el canto de un pájaro del bosque que le hace saber de la existencia de Brunilda. El héroe parte en su busca, atraviesa el círculo de fuego que la protege y despierta a la valkiria con un beso, escena que recuerda al famoso cuento de los hermanos Grimm “La bella durmiente”. Después de una lucha en la que Brunilda es derrotada, la valkiria sabe que ya no vivirá más que para el amor de Sigfrido.

Estas dos jornadas están especialmente inspiradas en la Saga Volsunga. No tienen relación con el poema alemán, en el que Brunilda no es más que una princesa y no tiene ningún tipo de idilio amoroso con Sigfrido.  Acaso el Poema del Nibelungo se vea recién reflejado en la última jornada de Wagner: “El ocaso de los dioses”. Es en esta ópera, por lo pronto, donde aparecen por primera vez muchos de sus personajes. El argumento recuerda en cierto punto al poema, pero con cambios sustanciales que lo emparentan más con la historia que viene desarrollándose en la óperas anteriores. En el poema no se hace referencia alguna a la pócima que le hacen beber para olvidar a Brunilda y enamorarse de la hermana del Rey Gunther: Gutrune (Krimilda en el poema). El poema alemán comienza prácticamente en este punto, con un Sigfrido deslumbrado Astrid Varna, "la inalcanzable", en el papel de Brunildapor la belleza de Krimilda. Los eventos que se suceden son prácticamente los mismos, aunque teñidos en la ópera de una carga que el poema no tiene: el olvido de Sigfrido. Tanto en el poema como en la ópera, Gunther se gana a Brunilda venciéndola con la ayuda de Sigfrido, aunque el método y dramatismo no tienen comparación. En el poema, Sigfrido se sirve de su capa de invisibilidad para ayudarlo. En la ópera el héroe somete a Brunilda adoptando la forma de Gunther gracias a un casco mágico. Somete a la valkiria a favor del rey, inconsciente de su antiguo amor por ella.  Tanto en el poema como en la ópera, Brunilda es la instigadora del asesinato de Sigfrido, pero los motivos son otros. La del poema lo hace como venganza hacia Krimilda, por su vanidad. Su único móvil es la rivalidad con Krimilda. En la ópera, en cambio, lo hace por despecho, al descubrir que ha sido olvidada por Sigfrido. Gutrune no es ni la sombra de los que significa Krimilda en el poema. La escena final del Poema del Nibelungo, en el que una orden de Krimilda desata un baño de sangre y la destrucción de toda una civilización, no existe en la ópera. Sí hay muerte y destrucción, pero de otra entidad. Justo antes de matarlo, Hagen le revela a Sigmund la verdad y le hace recordar a Brunilda. La valkiria ordena que coloquen su cuerpo sobre ella en una pira y, llevándose con ella el anillo maldito, se prende fuego. Tras ellos, arde también el Valhalla, morada de los dioses.

Entre cada una de las óperas que integran El anillo de los nibelungos pasan años, pero todos ellos bien pueden ser entendidos como actos de una misma opera de más de 15 horas de duración.  Así lo concibió Wagner, y se aseguró de remarcarlo con un uso muy singular y complejo del leitmotiv.  Wagner no es el primer compositor que se valió de la repetición de melodías asociadas a determinados personajes o situaciones.  Pero el uso que hace de ellos es novedoso y sorprendente, al punto de que algunos de ellos se repiten incluso en las cuatro óperas. Para algunos personajes hay más de un leitmotiv, asociado cada uno a situaciones o cualidades distintas del personaje. Wagner aprovecha al máximo este recurso, haciendo dialogar a estas melodías repetidas, fusionándolas, confundiéndolas, transformando un leitmotiv en otro.

Este uso tan elaborado del leitmotiv, el sonido, el uso que hace de la tonalidad —al extremo de disolverla— y de la disonancia, la ausencia de silencios y la larga duración de sus obras son quizás sus características más importantes de Wagner. Probablemente sean también la razón por la que su goce no es accesible a todos. Escuchar a Wagner no es fácil. Interpretarlo, tampoco. A la orquesta, tan titánica como sus óperas, se agregan variaciones de algunos instrumentos e incluso instrumentos nuevos, tales como la tuba wagneriana, inventada por el compositor.  Tal es su magnitud que los cantantes se ven exigidos al extremo, al punto de que el compositor impulsó la construcción de un teatro con escenario y acústica especiales (tendientes a equilibrar el sonido de la orquesta y de las voces) para la puesta en escena del ciclo completo.

Independientemente de gustos personales y de cualquier apreciación que se pueda hacer con respecto a la ideología de Wagner (tan en boca de todos), lo cierto es que su música implica una ruptura con la ópera anterior y el paso a una nueva era musical.

© Mariana Alonso

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