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El anillo de los nibelungos La historia, el amor y la mitología son los tres grandes temas en torno a los cuales ha girado la ópera desde sus inicios. A partir del siglo XX se suma la problemática social, con Kurt Weill a la cabeza. Pero si de mitología se trata, acaso el compositor más emblemático sea Wagner. Y haciendo honor a los gigantes, las óperas del compositor alemán son de una producción descomunal.
En “El oro del Rhin”, un enano nibelungo llamado Alberich intenta seducir a tres doncellas que juegan en el río. Ellas se burlan de su aspecto. Según la leyenda, solo quien renuncie al amor podrá apoderarse del oro del Rhin y forjar un anillo que le permitirá dominar al mundo. Las tres doncellas, guardianas del oro, no ven amenaza alguna en el nibelungo y no advierten que con sus burlas están despertando la ira que lo habilitará para apoderarse del oro y forjar el anillo. Y así sucede. Pero el dios Wotan roba el anillo al tirano, y éste lo maldice para que quien no lo tenga no haga más que desearlo, y quien lo tenga sufra sólo desgracias. Este anillo, que será el motor de toda la tetralogía de Wagner, ni siquiera es mencionado en el Poema del Nibelungo, pero si tiene sustento en las mitologías nórdica y germánica. En la primer jornada —“La valkiria”—, Wagner narra la historia de Sigmundo y Siglinda, de cómo se conocen y escapan juntos con la espada mágica de Nothung. El dios Wotan ordena a Brunilda matar a la pareja, a instancia de su esposa, por ser culpables de adulterio e incesto. Pero la valkiria, deslumbrada por la valentía de Sigmundo, decide protegerlos. Sigmundo finalmente es asesinado por un guerrero, con ayuda de Wotan. Siglinda, embarazada, logra escapar y Brunilda es despojada de su inmortalidad y sentenciada a dormir en una roca en la montaña, protegida por una llama mágica que sólo podrá ser atravesada por el guerrero más valiente.
En la segunda
jornada, Sigfrido —hijo de Sigmundo y Siglinda— mata al dragón
Estas dos jornadas
están especialmente inspiradas en la Saga Volsunga. No tienen relación con
el poema alemán, en el que Brunilda no es más que una princesa y no tiene
ningún tipo de idilio amoroso con Sigfrido. Acaso el Poema del Nibelungo
se vea recién reflejado en la última jornada de Wagner: “El ocaso de los
dioses”. Es en esta ópera, por lo pronto, donde aparecen por primera vez
muchos de sus personajes. El argumento recuerda en cierto punto al poema,
pero con cambios sustanciales que lo emparentan más con la historia que
viene desarrollándose en la óperas anteriores. En el poema no se hace
referencia alguna a la pócima que le hacen beber para olvidar a Brunilda y
enamorarse de la hermana del Rey Gunther: Gutrune (Krimilda en el poema).
El poema alemán comienza prácticamente en este punto, con un Sigfrido
deslumbrado
Entre cada una de las óperas que integran El anillo de los nibelungos pasan años, pero todos ellos bien pueden ser entendidos como actos de una misma opera de más de 15 horas de duración. Así lo concibió Wagner, y se aseguró de remarcarlo con un uso muy singular y complejo del leitmotiv. Wagner no es el primer compositor que se valió de la repetición de melodías asociadas a determinados personajes o situaciones. Pero el uso que hace de ellos es novedoso y sorprendente, al punto de que algunos de ellos se repiten incluso en las cuatro óperas. Para algunos personajes hay más de un leitmotiv, asociado cada uno a situaciones o cualidades distintas del personaje. Wagner aprovecha al máximo este recurso, haciendo dialogar a estas melodías repetidas, fusionándolas, confundiéndolas, transformando un leitmotiv en otro. Este uso tan elaborado del leitmotiv, el sonido, el uso que hace de la tonalidad —al extremo de disolverla— y de la disonancia, la ausencia de silencios y la larga duración de sus obras son quizás sus características más importantes de Wagner. Probablemente sean también la razón por la que su goce no es accesible a todos. Escuchar a Wagner no es fácil. Interpretarlo, tampoco. A la orquesta, tan titánica como sus óperas, se agregan variaciones de algunos instrumentos e incluso instrumentos nuevos, tales como la tuba wagneriana, inventada por el compositor. Tal es su magnitud que los cantantes se ven exigidos al extremo, al punto de que el compositor impulsó la construcción de un teatro con escenario y acústica especiales (tendientes a equilibrar el sonido de la orquesta y de las voces) para la puesta en escena del ciclo completo. Independientemente de gustos personales y de cualquier apreciación que se pueda hacer con respecto a la ideología de Wagner (tan en boca de todos), lo cierto es que su música implica una ruptura con la ópera anterior y el paso a una nueva era musical. © Mariana Alonso |
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© Revista Axolotl, Número 19 |