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La dama de picas: una historia de amor o de fantasmas
Fue hacia el año 1878 cuando uno de los más reconocidos músicos rusos, Pedro Tschaikovsky, se sumó a la larga fila de compositores seducidos por Alexander Pushkin. La lista, encabezada por Glinka y su ópera Ruslan y Ludmila, es digna del poeta, y cuenta con personalidades tales como Rachmaninoff, Mussorgsky —compositor de Boris Godunov, una de las óperas rusas más famosas—, Stravinsky y Rimsky-Korsakov —con tres de sus óperas: El gallo de oro, Mozart y Salieri y El Zar Saltán, a la que pertenece el tan conocido “Vuelo del moscardón” —. Tschaikovsky eligió por su parte a Eugenio Oneguin, y se centró especialmente en uno de sus personajes: Tatiana. Pero no fue ésta la única oportunidad en que Tschaikovsky recurrió a Pushkin como fuente de inspiración. Lo hizo dos veces más, al componer Mazeppa (basada en el peoma Poltava) y La dama de picas —o Pikovaya dama— basada en el cuento homónimo del escritor. Tanto Eugenio Oneguin como La dama de picas sufrieron una transformación radical en su camino hacia el escenario. El cuento trata acerca de un joven obsesionado por el juego que, al oír de la condesa Anna Fedótovna y de su método para adivinar cartas —tan celosamente guardado— seduce a la pupila de la vieja condesa para entrar en la casa y obtener de la condesa aquella fórmula. Mientras que la obra original transcurre en el SXIII, Tschaikovsky decide situar la acción un siglo después, en tiempos de Catalina La Grande. En la ópera, con libreto de Modest Tschaikovski —hermano del compositor— los móviles de Guermann, el protagonista, son otros. En esta nueva versión no existe una pupila de la condesa, sino una nieta comprometida con un personaje que en el cuento no existe. Guermann, un hombre de pocos recursos, está enamorado de ella y se decide a obtener la información de la condesa para hacerse una fortuna merecedora de la joven. El Guermann frío y ambicioso de Pushkin se convierte así en un hombre cegado por el amor. Estamos ante la fórmula mágica del trío amoroso Tenor-Soprano-Barítono. El secreto que en el cuento la condesa guarda acaso por capricho o convicción, en la ópera lo guarda por prudencia. En el primer Acto uno de los personajes le cuenta a Guermann que tras revelar las cartas a su marido y a un joven galán, se le apareció a la condesa un espectro y la amenazó:
"Morirás la tercera
vez que lo digas,
Y así ocurre finalmente. Esta escena no difiere en gran medida de la del cuento. En ambas la joven cita a Guermann en su alcoba. Para llegar a ella, tiene que pasar por la habitación de la condesa. En ambos casos elige no seguir camino hacia la alcoba en que fue citado y espera a la anciana, que se aterra al verlo. Guermann le ruega que revele el secreto de las tres cartas. Pero ante el silencio de la condesa, la amenaza con un arma y ella muere del susto. La condesa ha muerto sin revelar su secreto. Pero poco después se la aparece su espectro a Guermann, y le revela el secreto a condición de que se case con su nieta (o con su pupila, en el caso del cuento).
¡Acuerdate! ¡Tres! ¡Siete! ¡As!
Y aquí es donde para muchos la historia se desbarranca. En la ópera, la joven se suicida al darse cuenta de que Guermann ha enloquecido por su obsesión al juego. Y Guermann se suicida al perder todo su dinero en una partida de cartas. Tras ganar las dos primeras manos siguiendo el consejo de la condesa, y con la tercer mano en curso, grita:
¡Mi As gana! ¡No!... ¡Tu dama pierde!
Desde la carta, la dama perece sonreírle. Y entonces Guermann se clava un cuchillo. En el cuento de Pushkin, Guermann no muere, sino que es internado en un manicomio. Tampoco muere la pupila, sino que se casa con un joven de fortuna considerable. Muchos condenaron a Tschaikovski por los cambios hechos a la historia de Pushkin, al punto de que en una producción de 1935 se intentó volver al original. El intento de adaptar la música a un nuevo libreto fue un fracaso. Demasiado pretenciosos. Lo cierto es que no queda más remedio que elegir: Tschaikovsky o Pushkin. Pushkin para una tarde lluviosa de lectura, y Tschaikovsky para el teatro. © Mariana Alonso |
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© Revista Axolotl, Número 18 |