El punto de coincidencia

de la vida y de la muerte

 

Historia del ojo, por Georges Bataille

 

 

No es posible imaginar una historia de la literatura erótica sin unas cuántas páginas dedicadas a Georges Bataille y, muy particularmente, a su primera novela,  Historia del ojo (Histoire de l’oeil). Unas cuántas páginas y, acaso, las páginas centrales, aquellas en las que el lector primero posa la mirada.

Bataille es, a los ojos de Mario Vargas Llosa, uno de los pocos escritores modernos en los que el erotismo va acompañado de una gran audacia artística.

El narrador de Historia del ojo a quien nunca se lo llama por su nombre comienza su historia de este modo: “Tenía cerca de 16 años cuando en la playa de X encontré a una joven de mi edad, Simona. Nuestras relaciones se precipitaron porque nuestras familias guardaban un parentesco lejano. Tres días después de habernos conocido, Simona y yo nos encontramos solos en su quinta. Vestía un delantal negro con cuello blanco almidonado. Comencé a advertir que compartía conmigo la ansiedad que me producía verla, ansiedad mucho mayor ese día porque intuía que se encontraba completamente desnuda bajo su delantal”.

La primera edición de Historia del ojo fue publicada en 1928. La tirada fue limitada, apenas ciento treinta y cuatro ejemplares: se trataba de una edición clandestina, de difícil acceso, con ocho litografías del pintor surrealista André Massón.

Un tal Lord Auch, que no existe, firmaba la novela. Georges Bataille permanecía en las sombras.

Doce años después de aquella primera edición, en 1940, Bataille o Lord Auch, en realidad edita una reescritura de la novela. La edición sería apenas más numerosa que la anterior: se trataba ahora de quinientos ejemplares.  

        

Hans Bellmer, Sin título, 1946, dibujo en lápiz.

La publicación no perdía nada de su encanto estético. Como corresponde a todo buen libro, su belleza continuaba siendo física, hospitalaria, invitando a la lectura con sólo correr las páginas, antes incluso de que uno pudiera acomodarse plácidamente en el sillón del living, o en la cama, en silencio y soledad. ¿El secreto? Aún escondía ilustraciones desconcertantes  y bellas y explícitas y terriblemente incómodas. En esta oportunidad se trataba de grabados de Hans Bellmer, otro reconocido pintor surrealista.

Inmediatamente, en 1941, habría una tercera edición, también corregida.

Y habría también una cuarta, en 1967, publicada tras la muerte de Bataille, ocurrida algunos años antes. Recién entonces, tras la muerte de su autor, el nombre “Georges Bataille” se colaría en la portada de la novela, con un tiraje que por primera vez era masivo.

La primera edición difiere tanto de las otras tres, que han llegado incluso a ser consideradas como dos novelas diferentes. A tal punto esto es así que, al publicar las Obras Completas de Bataille, la prestigiosa Éditions Gallimard, de París, incluyó ambas versiones.

Tusquets ha editado en español Historia del ojo en su colección de literatura erótica de tapas rosas. La edición conserva las ilustraciones originales de Hans Bellmer, y ha incluido una extensa introducción de Mario Vargas Llosa, titulada El placer glacial.

No es posible imaginar una colección de literatura erótica con un título más sugerente que el pensado por Tusquets: “La sonrisa vertical”. La colección nació a fines de los ´70 y ya cuenta con 139 títulos, de autores de la talla de Marguerite Duras, Henry Millar, Alfred de Musset y el propio Vargas Llosa con Elogio de la madrastra, por mencionar sólo algunos.

Mario Vargas Llosa vio en Historia del ojo una novela que sólo es simple en apariencia, que consta de complejas y sutiles superposiciones: “un texto surrealista a medio camino de la prosa y de la poesía, un documento clínico sobre las obsesiones”.

Cuenta el narrador de Historia del ojo: “Me vino la idea de que la muerte era la única salida para mi erección; muertos Simona y yo, el universo de nuestra prisión personal, insoportable para nosotros, sería sustituido necesariamente por el de las estrellas puras, desligadas de cualquier relación con la mirada ajena, y advertí con calma, sin la lentitud y la torpeza humanas, lo que parecería ser el término de mis desenfrenos sexuales: una incandescencia geométrica (entre otras cosas, el punto de coincidencia de la vida y de la muerte, del ser y de la nada) y perfectamente fulgurante”.

En un tiempo en que es poco frecuente encontrar novelas bellamente ilustradas, en un tiempo en que se cree que las ilustraciones solo corresponden a los libros infantiles, los grabados surrealistas que acompañan la edición son una auténtica invitación a una fiesta que involucra todos los sentidos. Aquella que pensó su autor al concebirla.

miguelsardegna@revistaaxolotl.com.ar

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© Revista Axolotl, Número 16