Sobre la libertad
Mucho se ha escrito y discutido acerca del complejo y abstracto concepto de libertad [1]. Pueden completarse bibliotecas enteras y solo algunos estudiosos conocen el tema en toda su extensión. Normalmente se habla de ser libre o de buscar, conseguir, tener libertad, sin detenerse a pensar qué implica y qué significa en profundidad este concepto.
En la actualidad el término libertad ha adquirido un estatus de valoración positiva. Se entiende que la misma es importante para nuestro desarrollo personal y social. Decimos necesitar libertad para movernos físicamente, para pensar, para decir, para vivir. Nuestros referentes y representantes políticos arengan que pertenecer a una comunidad libre es sumamente valioso. Estamos convencidos de que necesitamos liberarnos de los condicionamientos de otras personas y naciones. Cuando crecemos y dejamos el techo de nuestros padres percibimos esa sensación de libertad, de poder hacer lo que queremos. También las declaraciones de independencia hablan de libertad y a los héroes se les hincha el pecho de orgullo cuando dicen que contribuyeron a liberar un pueblo.
Pero si reflexionamos, advertimos que no es un término absoluto. Nadie es totalmente libre. Todos tenemos limitaciones ineludibles en nuestro accionar. Más aún, el uso pleno de la libertad puede resultar dañino. Decimos tener libertad para hacer algunas cosas, pero debemos resignar nuestra libertad para hacer otras. Asimismo, distintas personas o comunidades hacen uso de libertades dispares e incluso contrapuestas: los que ostentan algunas no pueden disfrutar las que poseen otros, y viceversa.
Estos temas rayan, claro está, con el campo de lo político. Y es mejor mencionarlo que eludirlo, porque de hecho poner en duda la valoración positiva que se tiene de la libertad en nuestro mundo moderno es definitivamente una actitud política. Aún así, debo decir que el disparador de esta nota provino de un texto puramente literario, pero de una potencia tal que solo puede surgir de la pluma de Franz Kafka. Sin embargo, varias de las líneas aquí impresas estaban grabadas en mi memoria con anterioridad a encontrarme con Kafka, a la espera de esta descarga: La sobrestimación de la libertad puede ser tan elevada como el engaño que esconde.
Se suele resumir el término libertad en tres acepciones: una libertad de tipo “natural”, otra “social o política” y por último la que es “personal”. En el primer caso se trata de liberarse de las coacciones del entorno, en el segundo de la posibilidad de que una comunidad pueda regir sus destinos y en el tercero se trata de obtener cierta autonomía de esta misma comunidad.
Es evidente que estas acepciones se encuentran imbricadas dentro del mismo ser o grupo social, pueden entrar en conflicto o contradicción y de hecho lo hacen.
Para ilustrar la complejidad que el tema presenta, basta mencionar como ejemplo que los griegos consideraban que:
“... la ‘libertad frente al Destino’ no es necesariamente (…) una muestra de grandeza o dignidad humanas. Por el contrario, solo pueden sustraerse al destino aquellos a quienes el Destino no ha seleccionado y, por tanto, ‘los que realmente no importan’ (…) Los hombres que han sido escogidos por el Destino para realizarlo no son libres en el sentido de que pueden hacer ‘lo que quieran’. Sin embargo son libres en un sentido superior” [2].
Esta aseveración coincide con la filosofía teleológica griega, donde todo es pensado con arreglo a fines. Como en muchos otros casos podríamos horrorizarnos, desde la modernidad, ante la posibilidad de tener que resignar nuestra libertad por un Destino.
Pero muchas veces pretendemos que libertad es un fin en sí mismo, sin detenernos a meditar para qué. Y por momentos creemos obtenerla: renunciamos a un trabajo que nos oprime, rompemos una relación sentimental que nos angustia, incluso algunos abandonan a sus propios hijos y el paroxismo de esta idea sería el suicidio: la libertad absoluta. Tal vez, la libertad como fin en sí mismo más que libertad sea, como describe el mono de Kafka, una salida:
“Temo que no se entienda bien qué quiero decir con la palabra salida. Empleo la palabra en su más completo y corriente sentido. Es a propósito que no digo libertad. No me refiero a esa gran sensación de libertad hacia todos lados. Como mono quizá la haya conocido y he tratado con hombres que la anhelan. Pero en lo que a mí respecta ni entonces pretendí la libertad ni tampoco ahora lo hago. A todo esto, los hombres frecuentemente se engañan. Y así como la libertad es uno de los sentimientos más elevados, también el correspondiente engaño es de los más elevados. Muchas veces, en las salas de varietés, antes de salir a escena, he visto a dos artistas allá arriba, en el techo, trabajando en el trapecio. Se mecían, se balanceaban, saltaban, quedaban colgando uno en brazos de otro, uno llevaba al otro por los cabellos suspendido de sus dientes. ‘También esto es libertad humana’, pensaba yo, ‘el movimiento soberano’. ¡Tú, escarnio de la sagrada naturaleza! Ningún edificio podría permanecer en pie ante las risas de la nimiedad frente a ese espectáculo” ([3]).
Sigo al simio unas líneas más arriba y llego a determinar que la libertad puede trastocar, en efecto, en una salida. La situación de mirar hacia la puerta abierta mientras sentimos la presión de los barrotes contra la espalda, “hasta que casi te partas en dos” (3). Libertad es, entonces, el dolor de los barrotes contra la espalda, ese momento de previa euforia ante el camino que se dibuja para escapar de donde estás. Libertad es precipitarse detrás del mono cuando deja el cajón y se lanza en una loca carrera entre chillidos y puñetazos contra piso y paredes. Libertad como fin en sí mismo es la salida de escape hacia dos posibles lugares: a ninguna parte o a otro cajón, para apretarte la espalda nuevamente contra los barrotes al punto de partirte en dos, mirando, buscando la salida.
([1] ) El lector podrá observar que el título de la nota ya ha sido usado anteriormente, por ejemplo por John Stuart Mill en su famoso ensayo homónimo. Volver
© Demian Yacussi