Recuerdos del río, huellas de barro
Tilcara
Con un poco de paciencia y algo de suerte suelen encontrarse fósiles de Trilobites abriendo ciertas rocas que va desperdigando el Río Huasamayo cerca de Tilcara, en la provincia de Jujuy. Estos pequeños seres habitaron nuestro planeta hace unos trescientos millones de años, durante la Era Primaria. A pesar de haber ocurrido su extinción en tan lejanos tiempos, sus rastros han logrado persistir hasta nuestros días.
Por la margen sur del río Huasamayo transita el camino que sube hasta el Abra de Punta Corral, hacia donde parte una peregrinación cada Semana Santa. Se trata, quizás, del evento religioso más importante de toda la Quebrada de Humahuaca. El pueblo en su totalidad sube portando una imagen de la Virgen. Arriba está la capilla y dentro de ella, “el Cristo”.
En la calle Lavalle, muy cerca de la esquina que da a la plaza principal de Tilcara, puede verse un mural sobre la pared de “La peña de Carlitos” firmado por Inti: un rostro serio, rodeado de sonrientes y diabólicos personajes, nos interpela a observarlo con detenimiento.
Mientras esperamos la comida, Carlitos Cabrera nos cuenta que hace unos años, cuando el establecimiento estaba aún a cargo de sus padres, el techo cedió a la furia de un viento empujado con una fuerza extraordinaria e inexplicable pero natural. Un esfuerzo de comparable potencia aunque íntegramente humano, permitió reconstruirlo como lo vemos hoy. Antes del viento, el lugar era famoso por la comida que allí servía Doña Rosa, madre de Carlitos.
Justo frente a “La peña”, sobre otra esquina, persiste el sitio histórico donde, afirman, fueron velados los restos del general Juan Galo Lavalle, quien debió cargar con el estigma de decidir el fusilamiento de Dorrego. Con el estigma y con la persecución que, por ello, ordenó el propio Juan Manuel de Rosas desde Buenos Aires. Sus enviados lo alcanzaron en San Salvador de Jujuy y lograron darle muerte. Los sobrevivientes del grupo de Lavalle cargaron el cuerpo hacia Bolivia ante la amenaza del general Oribe de profanarlo.
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“Colosales cataclismos levantaron aquellas cordilleras del noroeste y desde doscientos cincuenta mil años vientos provenientes de las regiones que se encuentran más allá de las cumbres occidentales, hacia la frontera, cavaron y trabajaron misteriosas y formidables catedrales.
“Y la Legión (los restos de la Legión) sigue su galope hacia el norte, perseguida por las fuerzas de Oribe. Sobre el tordillo de pelea, envuelto en su poncho, pudriéndose, hediendo, va el cuerpo hinchado del General.”
(Sábato, Ernesto; Sobre héroes y tumbas; Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1966; p. 473) |
Alfredo Yacussi
Mi padre, artista plástico y escultor, fue cautivado desde muy joven por las bellezas naturales de la Quebrada de Humahuaca, su cultura y su gente. Persistió una y otra vez en visitarla. Y en ese ir y venir, estar, compartir, sentir, logró trabar fuertes amistades en aquellas alturas. Aún faltaban años para que lo convocaran a restaurar “el Cristo” creado por el artista tucumano Edmundo Villareal, ese viaje que sellaría su destino.
Una de sus amistades tilcareñas fue con el poeta Germán Choquevilca, quien dedicó hermosos versos al Río Huasamayo, amo y señor de Tilcara. Allí saben que El Río brinda la posibilidad de la vida pero también puede tomarla durante las habituales crecientes estivales:
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(…) El viento, el sol, el frío, las plegarias... las negras cerrazones lo encontraron amaneciendo los cielos de tormenta, por esas tempestades del verano. Llegó al centro del clima por noviembre casi ciego de luz por los nublados llovió sobre las secas polvaredas desde el Alto Perchel hasta Abra Mayo llenó los callejones y las sombras. Ebrio de noche oscura, por el barro revolcó las doncellas de las fuentes con la ardiente lujuria de sus brazos. (…)
(Germán Walter “Churqui” Choquevilca; “Huasamayo”, en Tilcara) |
Se cuenta que Choquevilca falleció solo y triste. Mi padre le había regalado el grabado original que ilustró la edición de una cinta con sus recitados. Hoy, que su antigua habitación se transformó en el taller de un técnico que repara televisores, reconozco el cuadro en una de las paredes del fondo. Se recorta en medio del irreal santuario de artefactos destartalados que esperan ser recompuestos o desechados. Acaso cuelga del mismo clavo en que Choquevilca lo dejó, entre las huellas de barro que algunos adobes dejaron al ceder a las lluvias.
Gustavo Patiño, el padre de Inti, es músico autodidacta y, como Alfredo, otro inquieto habitué del noroeste argentino. Durante una de sus primeras visitas a Tilcara, despertó una mañana en la casa del amigo que lo alojaba y descubrió en la pared un dibujo de Alfredo: el “Músico del Viento”. De tal forma lo impresionó esa imagen, que terminó pidiéndole permiso para titular e ilustrar con ese motivo la edición de su primer disco. Tiempo después, Gustavo musicalizó los poemas de Choquevilca, los de aquella cinta cuya tapa fue autoría de Alfredo.
No fue el Río Husamayo, sino el Purmamarca el que marcó a Alfredo cuando le tocó presenciar una crecida que generó cuantiosos daños a la comunidad y se llevó varias vidas. Él lo procesó con una serie de obras cuyo leit motiv resultó ser: “Los Signos del Río”. Su sensibilidad artística captó inmediatamente el modo en que las comunidades tienen grabadas en su ser la potencia real y simbólica del “Río”. A tal punto evolucionó este desarrollo artístico que llegó incluso a proponer un proyecto de monumento que representaba estas dos facetas: la que da vida y la que la toma. Las burocracias de gobiernos, los recortes de presupuestos y las reticencias e indiferencias de un pueblo que no se deja leer fácilmente, resignaron el proyecto al olvido. Los esfuerzos de Alfredo por cautivar estéticamente al pueblo de Tilcara llegaban a un punto de obsesión. Al tiempo, su salud comenzó a deteriorarse paulatinamente a causa de una enfermedad terminal. Parecía que nunca iba a llegar al corazón de Tilcara.
El Cristo
Pero el corazón de Tilcara lo buscó a él justo antes del final. Manos anónimas habían destrozado el llamado “Cristo guerrillero” de Villareal y Alfredo es invitado a crear una nueva figura.
“El Cristo” del Abra de Punta Corral, el anterior al actual, estaba corporizado por una imagen creada en 1973 por Edmundo Villareal. Durante el proceso de elaboración, el artista recibió la noticia que su hija Ana María había sido ejecutada durante el hecho conocido como la Masacre de Trelew. Por ello, decidió dejar marcadas en su obra las heridas que le dieron muerte.
Más de un mes le llevó a mi padre tallar una obra que finalmente reflejó los rasgos de la gente del Noroeste. El sitio histórico que había oficiado de capilla para velar los restos del general Lavalle se convirtió en su provisional taller de escultura.
Día a día era paso obligado de niños y adultos para vivir el descubrimiento de la nueva imagen por entre las vetas del algarrobo a manos del artista. Solo detenía su labor para cruzar la calle y saborear el almuerzo que Doña Rosa había preparado.
Poco antes de irse, Alfredo logró dejar su marca indeleble en Tilcara y a su vez él quedó marcado por el afecto y agradecimiento de ese pueblo.
Durante mi reciente viaje a Tilcara, me di cuenta de que ese pueblo también ha dejado marcas en mí, como lo hizo mi padre.
Me pregunto qué marcas dejaré yo. Pienso, por ejemplo, en las cuatro costillas del “Músico del Viento”, esas que papá garabateó en una hoja de papel cuando me pidió que me descubriera la espalda para observar las formas que después llevaría a la escultura. Pero también pienso en sus abrazos de felicitación cuando terminé mis estudios o cuando conseguí mi primer trabajo. Pienso en la alegría de mis amigos al verme en cada reencuentro. Pienso en la sonrisa de Cecilia al mirarla de cerca. Pienso en estas líneas y en otras que ni siquiera imagino como serán.
© Demian Yacussi