La Investigación

Fines de marzo. Viajo a Buenos Aires a ver cómo quedó finalmente mi casa después de los arreglos. Está bastante bien, salvo detalles, pero lo importante es que Claudia y Luis ya tienen que mudarse, como acordamos. A mí me espera la pila de cajas que dejé embaladas desde antes que empezara la obra. Ahora debo revisar qué cosas puedo tirar, qué cosas no, qué cosas me llevo, qué cosas dejo. Entre mis papeles encuentro —o mejor dicho: me encuentra a mí— una carta de Rafael. La releo y pienso que podría ser una ficción, tal vez algún divertimento para evadirse del aburrimiento de las clases de “Epistemología” (es una hoja de cuaderno de esos que usábamos para tomar apuntes). No puedo imaginarme a Rafael escribiéndola, me cuesta recordar su cara, se me había adelantado en las cursadas de la facultad, poco a poco dejamos de vernos, y ahora que ni él ni yo vivimos en Buenos Aires ni siquiera cabe la chance de cruzarnos en el subte.

Unos pocos meses pueden desdibujar rasgos conocidos. Unos cuantos años pueden desdibujar una historia argentina reciente cargada con miles de cruces sin tierra y sin nombre. Un mecanismo de auto-defensa atenúa los horrores y las ausencias, los vuelve soportables.

Imagino que la carta de Rafael no es real, que sólo es un medio para tomar distancia y hablar de la dictadura del 76. Y aún así, pensándola ficción, sigue siendo dura de digerir, tal vez porque sé que la realidad —y su profundidad más negra— siempre  supera a la ficción.

 

 

Estimado amigo,

 

Te cuento un poco sobre este tema del que te adelanté algo el otro día, cuando te llamé por teléfono. Ahora tengo un poco más de tiempo para escribirte. ¿Por dónde empezar? Sí, mejor por el principio.

Te había dicho que el profesor adjunto del posgrado estaba inscripto como perito en el juzgado y nos contó que había caído la unificación de causas. Los de la Procuración se agarraban la cabeza y encima los presionaban desde el gobierno para que le “metan pata” porque había que llegar al juicio oral antes de las elecciones.

Es así que nos propuso a algunos estudiantes participar en los peritajes y a la vez hacer la investigación con la que nos graduaríamos. Sonaba tentador, una experiencia única, además había buena guita. Lo del dinero no era un motivo para despreciar,  sabés que estaba medio podrido de hacer encuestas mal pagadas.

Los primeros encuentros con el ex comisario eran bastante, como decirlo, entre incómodos y aburridos. Hubo un lógico impacto inicial al encontrarme frente a un tipo que cargaba sobre sus espaldas con la responsabilidad de 91 casos de privación ilegal de la libertad, tormentos y homicidio calificado. Incómodos por todo eso, claro, y aburridos porque hacía los tests a desgano, aunque es cierto que no son para nada divertidos y menos para alguien en su situación. Estaba notablemente abatido, sabía que tenía todas las de perder. (Es curioso, ¿Te acordás cuando salíamos a las marchas contra los indultos?, ahí los abatidos éramos nosotros). Cuando pasamos a las entrevistas la cuestión se puso más complicada. Después de un puñado de preguntas se ofuscaba y decía “Mirá, flaco, no me interesa hablar de todo esto. ¡Qué carajo quieren!”. Daba un golpe seco sobre la mesa y se paraba. Daba miedo y no tanto. Daba miedo pensar en lo que hizo, pero no ahora, ya tenía 67 años, se lo veía de contextura fuerte aunque notablemente envejecido.

No podía avanzar mucho con estas reuniones, él notaba mi frustración y parecía disfrutarlo. Lo que él no sabía era que a los fines del juicio, lo que habíamos hecho en los primeros encuentros era suficiente para acreditar capacidad y afrontar el proceso. Me faltaba material para la investigación.

Un día me relajé más de la cuenta, ya acostumbrado a verlo todo el tiempo, y le ofrecí un chicle. El tipo cambió la cara. Luego ocurrió algo raro: saltó la cinta del grabador y no la cambié, tantos minutos de silencio, era lo mismo grabarlos que no hacerlo. De repente se me ocurre la “pregunta subversiva” (si me permitís el mal chiste): “¿Cómo se hizo eso?” y le señalo una cicatriz que tenía en la mano derecha. Piensa un poco lo que va a decir, “relojea” el grabador y dice en voz baja, pero firme: “Me mordió una detenida cuando la estábamos interrogando, un descuido”. Ahí me estremecí, después de tanto silencio en la cinta, con una frase así me sumerge de un saque en el Pozo de Banfield. Mientras intentaba volver de allí, él siguió, como debiendo justificarse: “Yo era joven, recién entraba a la Fuerza y todavía no entendía bien cómo eran las cosas. La mina parecía frágil y me descuidé y … bueno, me dio duro, con todas sus fuerzas, la hija de puta sabía que…” y se calló en seco, se le iba a escapar algo. Me contó que el superior lo “cagó a pedos” (sic) delante de todos y lo mandó a la enfermería, que cuando volvió lo agarró a solas y, después de preguntarle cómo estaba, le dijo: “Dese cuenta que esto va en serio, esta gente no tiene arreglo”.

Los días sucesivos hacíamos como un juego, estábamos casi en silencio hasta que saltaba el grabador,  yo le hacía una pregunta aparentemente intrascendente y contaba otra anécdota. Volvía a casa y anotaba todo lo que me acordaba. Evidentemente el tipo necesitaba largar algo de adentro. No estaba para nada arrepentido, claro, ninguna psiquis podría soportarlo, pero como que le hacía bien contar algunas cosas. Por momentos me sentía avergonzado, me estaba aprovechando de una situación non-sancta pero la oportunidad era única.

Creo que él sentía que lo estaba interpelando de alguna manera sutil y entonces se justificaba: que era una guerra, que los subversivos no perdonaban a nadie, que es cierto que había varios “perejiles” pero que lamentablemente, inevitablemente, cayeron en la volteada. Que la información había que sacarla como sea porque eso significaba salvar vidas… que no los podían ni mantener en la cárcel ni fusilar, que de todas maneras ya estaban contaminados de comunismo. Que estaba orgulloso porque la guerra la ganaron, pero luego la perdieron.

Realmente habló mucho, tengo todo anotado en unos cuadernos acá conmigo. Una vez terminada la instrucción de la causa, me avisaron que ya no iba a poder seguir con las entrevistas. Así fue que, como si nada, me despedí. Recuerdo que como un boludo le dije “bueno, suerte”. Me miró, se sonrió meneando la cabeza, y me contestó: “sí, con suerte en un par de años me dan domiciliaria”.

Bastante después, una noche que volvía de la facultad me llamó la atención ver a un tipo cerca de casa, no sé cómo pero me hice el gil y seguí de largo, di la vuelta a la manzana y me asomé por la esquina, segundos después veo que un auto estacionado en la puerta de casa se va apurado. Me quedé obsesionado con eso, no pude dormir por bastante tiempo. Fui a ver al profesor que conocía al fiscal, pero no le dio importancia al hecho (“no pasa nada, che, se acabó”) y me comentó, muy contento, que al final al ex comisario le habían dado prisión perpetua sin el beneficio de la domiciliaria. Me dijo que la evaluación mía había ayudado mucho para justificar la negativa al beneficio. Se me aflojaron las piernas y se me nubló la vista, tuve que sentarme.

Luego vino como un infierno interior, me sobresaltaba ante cualquier cosa, solo pude dormir algún día cuando me mudé a la casa de Analía. Esperé a cobrar mi parte del peritaje y me vine a México a pasar un tiempo, haré una maestría en la UNAM, algo que me distraiga un tiempo. No sé, suena exagerado, pero no me puedo sacar de la cabeza ese auto saliendo de la cuadra de casa aquella noche, esa misma noche que dictaron sentencia.

Te dejo esta cita del viejo, que me crucé acomodando algunos libros que traje:

“Ignoro si Jerusalem comprendió que si yo lo destruí, fue para destruir mi piedad. Ante mis ojos, no era un hombre, ni siquiera un judío; se había transformado en el símbolo de una detestada zona de mi alma. Yo agonicé con él, yo morí con él, yo de algún modo me he perdido con él; por eso, fui implacable” (Borges, Jorge Luis; “Deutsches Requiem” en Obras Completas; 15ª edición, Emecé, Buenos Aires, 2004, p. 579)

 

Un abrazo

Rafael

© Demian Yacussi

 

Otras publicaciones de Demian Yacussi en Axolotl

 

 

© Revista Axolotl, Número 19