De las propiedades de los clásicos

 

 

Taller de corte y corrección

Guía para la creación literaria

Marcelo di Marco

 

Tomamos contacto por primera vez con el libro y no podemos evitar una sonrisa: nos han sorprendido en nuestras dudas y certezas a la hora de atacar la página en blanco… o la pantalla vacía de byts. De inmediato nos asalta la sospecha de que acabamos de conocer a un amigo entrañable que lleva tiempo esperándonos. Como cuando leemos cualquier clásico, sentimos que las palabras han sido pronunciadas exclusivamente para nosotros, aunque el libro se haya colado alguna vez en la lista de best sellers, lleve tres ediciones y más de diez años desde su publicación original. Se trata de consejos, prácticas y ejemplos para escribir y pulir nuestro estilo, para exorcizar nuestros fantasmas como Dios manda.

Sin acartonamientos, sin imposturas de saco y corbata, sin la prédica de los mercaderes de feria que erigen la literatura en un territorio sacrosanto sobre el que solo interviene la inspiración mágica, Marcelo di Marco sentencia: “escribir es corregir”, “el qué es el cómo”, y nos enseña a arremangarnos y a no tenerle miedo a que la tinta nos salpique la cara. Es posible encontrar verdaderos knock-outs entre sus páginas, como una frase de nuestro Oliverio Girondo que hace patente algo que uno siempre sospechó:  “¡El Arte es el peor enemigo del arte…! Un fetiche ante el que ofician, arrodillados, quienes no son artistas”, o la sentencia del edificante Rilke: “Si piensa que puede vivir sin escribir, no escriba”. Y, desde luego, más consejos, más prácticas, más corrección, traspiración y compromiso para el 10% de inspiración.

En Taller de corte y corrección hay lugar para los guiños cómplices al lector y para la crítica, para una aventura de camaradería que no rehúye decir las cosas cómo son. Di Marco se permite ser duro, entiende que sería una falta de respeto pegar largos rodeos para decir lo que piensa, y así, por ejemplo, tras pedirnos que escribamos el título  y el nombre del autor del libro que estamos leyendo “además del que tenemos ahora en nuestras manos” nos amonesta: “Si el espacio sigue vacío… lo siento, amigos: hay algo que no está funcionando del todo bien”. Leer y escribir, de eso se trata. “Ni un solo día sin una línea”, insiste.

Un clásico, decía, es un libro llamado a perdurar, pero también es aquel que se adelanta a su tiempo. La primera edición de Taller… se publicó en 1997, recién unos años más tarde Stephen King decía: “Si quieres ser escritor, lo primero es hacer dos cosas:  leer mucho y escribir mucho” (Mientras escribo, 2000).

Para mí esta celebración de literatura y amistad no se agotó con el Taller de corte & corrección en su versión de papel y tinta: tengo la suerte de repetir mi alegría cada sábado, en vivo y en directo, desde hace cuatro años. Una inspirada tarde de taller, en la calle Borges, aprendí que el corte y la corrección no son meros juegos retóricos sino una verdad empírica: recuerdo bien el primer cuento que llevé, recuerdo bien cómo Marcelo sacó su fiel Victorinox y  cortó la primera hoja en varias tiras de papel. Con cuidado de artesano apoyó las tiras sobre su mesa de trabajo y, en silencio, como si se tratara de uno de esos rompecabezas que requieren la mayor concentración, fue acomodando las piezas en el lugar que correspondía. En algunos instantes Marcelo había disuelto el caos y mostraba cristalino el cuento que yo había querido contar, pero ya libre del ripio y el engolado. Esa tarde en la que varias tiras de papel fueron a dar derecho al cesto de papeles, me fue revelado que escribir es corregir y que la literatura es una de las formas de la felicidad.

 

© Miguel Sardegna