Breve comentario sobre la idea del terror

 

Hace tiempo que me persigue una escena, incómoda y desgastante, de la que pareciera no poder salir.

Hay noches en las que duermo. Y hay noches en las que no tengo sueño, o me siento invitado a una cita mucho más trascendente, estimulante, provocativa, con ciertos amigos que me visitan periódicamente desde chico. Entonces, sin tener aún demasiado en claro cómo se desarrolla el proceso, sé que esa noche voy a verlos. Y no hay responsabilidades diurnas que me puedan hacer cambiar de parecer.

Esas noches, entonces, mi plan es simple. Cuando nos acostamos con mi novia, apago la luz y prendo la tele, digamos, en Fox, para ver Los Simpsons. Mientras ella se recuesta en mi pecho, yo recurro a la vieja artimaña atemporal de acariciarle suavemente la cabeza, el cuello, la espalda. Si se acurruca más, el efecto sedante está funcionando. Es cuestión de bajar un poco el volumen y quedarme un rato callado. Ya está: mi chica se ha retirado del mundo de los insomnes.

El momento de estar sólo frente al televisor siempre me genera el cosquilleo ansioso y entusiasta de la libertad. Miro el estante de los DVD y ahí están todos mis amigos: los zombies, los tiburones, el Drácula de Coppola. Elegir qué ver nunca es problema. Siempre se siente como la primera vez.

Lo que nunca voy a poder superar, el momento que más detesto en esta escena, es cuando ella, dulcemente, entre dormida y despierta, besa mi cuello y me pregunta, inocente: “¿qué estás viendo?” Esa interpelación, degradante, me pone cara a cara conmigo mismo y mi ridiculez. ¿Cómo le explico que el hombre del que se enamoró, con el que puede conversar todo los días de los más variados temas, el psicoanalista del Borda, el artista, quien elige para compartir sus días, lleva una doble vida? ¿Cómo no sentirme ridículo al confesar que miro por 35ta vez Dawn of the Dead?

Suerte que vuelve a dormirse y no me pregunta de qué se trata. No me veo obligado a explicarle que los tenebrosos zombies de Romero comienzan a adueñarse de la Tierra, y un puñado de personas resiste sus embates... en un shopping.

 

La mayoría de la gente subestima a las películas de terror. No me equivoco en el verbo. No las menosprecian, no las consideran un género menor: las subestiman. Pasa lo mismo con la literatura de terror, y otro tipo de expresiones. Pensando y repensando el tema, y lo hago a menudo, quizá para saber cómo justificarme cuando la sociedad me ataque por mis gustos, encuentro que el común de la gente pasa por alto lo fundamental de los relatos de horror, del horror en general.

Hace unos años escribí una novela, la única que completé hasta el momento, que básicamente ponía a una serie de personajes ante una situación límite, la certeza de sus muertes en un lapso de siete días (no, absolutamente nada que ver con “La Llamada”). El chiste de toda la historia, lo que cada uno decidía hacer o no en esos últimos momentos, tenía que ver con su particular concepción de la muerte.

La muerte; a esto quería llegar (¡al concepto a exponer, no a mi propia muerte!).

Pues bien, esto es el núcleo duro del terror, y lo que lo convierte quizá en el género no sólo más atractivo, sino uno de los más existenciales. Y siempre que uno habla de existencialismo sí habla de algo intelectualmente reconocido. Entonces, ¿cómo no darle una oportunidad al terror?

Parece algo obvio, lo sé, hablar de muerte en estas circunstancias. Pero, ojo, es de esas cosas que, de tan en la superficie, se desvanecen. Sin embargo, de Drácula a Frankenstein, de Freddy a Jason, de Ed Wood a John Carpenter, no hacemos otra cosa que remitirnos, en última instancia, a la muerte. Y ese es el truco, ese es el atractivo. Las historias de horror nos ofrecen, cada una, una distinta posibilidad de lidiar con el tema.

Déjenme contarles algo que se me acaba de ocurrir. Habemos muchos hombres con tendencias sádicas y muchas mujeres histéricas; por eso a nosotros nos encanta ver que se corten cabezas en las pelis, que haya mucha sangre, mientras ellas, identificándose, cierran los ojos en las partes “fuertes”.

También te agarran del brazo, y esa parte está bastante buena.

           

¿Todo terror es terror de muerte? No es tan lineal. Sigmund Freud decía que una parte importante del ser humano, en última instancia, toda la vida buscaba volver al estado inorgánico; pero quería hacerlo “a su manera”, de la que ninguna noticia tenía. Por eso, aunque “querramos morir”, no nos divierte ni un poco que ocurra por alguna enfermedad, o porque nos ataque una bola gigante hecha de Critters.

La muerte es innombrable. No tenemos significante para representárnosla. Ese es el verdadero terror. Piensen algo: cuando podemos hablar de algo, por más angustiados que estemos, en tanto lo nombremos podemos hacer “descarga”, y si bien no se soluciona de por sí, al menos alivia. En parte, por eso funciona el psicoanálisis, permite ligar ciertos afectos a ciertas representaciones. Ese es el punto, entonces. Todo lo que nos genere efectos tan desbordantes que ni siquiera podamos ponerles palabras nos genera un horror, precisamente, indescriptible.

¿Qué son los ataques de pánico, tan de moda por estos días? La persona empieza a sentir un miedo gigantesco, sin ningún motivo, pero al que no puede dominar, y entonces se le genera una de estas dos ideas: se está muriendo, o se está volviendo loca. El segundo caso, es la muerte en vida.

No estaba tan equivocado, entonces, viendo películas de muertos-vivos.

Como se ve, el terror nos lleva siempre al mismo punto.

 

Hace unos años un amigo me regaló un libro precioso, que se convirtió en una pequeña Biblia para mí, y como tal nunca lo terminé de leer (aunque siempre me prometo que lo voy a hacer). En Danse Macabre, Stephen King proponía una idea simple y efectiva acerca del terror. Afirmaba, con otras palabras, que el verdadero terror era no saber qué estaba rascando la puerta; si uno la abría y miraba, quizá encontrara una criatura espantosa que pudiera devorarlo en cuestión de segundos; pero la simple idea de desconocer qué había del otro lado (de no poder ponerle palabras), ese era el terror más insoportable.

Piensen en la criticadísima The Blair Witch Project. Sin ser una gran película, siempre la encontré deliciosamente provocadora. ¿En dónde residía todo el truco? Nunca veías de qué demonios te estabas asustando. Escuchabas risas, veías pintadas de manos de niños, desaparecían cosas (¡y personas!), corrías en medio de la noche con luz infrarroja. ¡Caramba, el clímax era un hombre mirando una pared, como si fuera un chico en penitencia! Y, sin embargo, funcionaba de maravillas.

La idea de la muerte es mucho más poderosa de lo que creemos, y el arte tiene mucho que decir al respecto. Mucho más, seguramente, que la ciencia. Y muy distinto, porque lo piensa desde otro lugar, que la religión. Personalmente, entiendo que hay dos géneros que la abordan permanentemente, con distintas actitudes: el terror se horroriza ante su posibilidad, la poesía la acepta resignada y melancólicamente.

Como católico que soy, toda la vida creí en la vida después de la muerte, básicamente a través de un Cielo o un Infierno. Hace unos años empecé a cuestionar seriamente esa posibilidad. Pensé que era muy probable que no hubiera nada del otro lado. ¿Y saben qué? Claro, me asusté. Alguien muy cercano me dijo: “es la primera vez que estás pensando en la muerte. Hasta ahora, sólo pensabas en un cambio de dimensión”.

Morir. Desaparecer. No hay palabras. Ese es el terror. Quizá vivenciarlo a través del arte sea una forma de hacer activo lo pasivo, y, por un rato, burlar el inevitable destino.

Semanas atrás estaba tratando de volver a pensar en la idea del Cielo. Y descubrí que, si es verdad que existe y es Eterno, tan sólo es la contracara de la idea anterior. No existir, o existir infinitamente, son dos ideas horrorosas, y al final uno termina pensando que, haga lo que haga, siempre va a terminar perdiendo.

Son los momentos en que odio reflexionar demasiado sobre cosas como estas.

 

Entonces vuelvo al estante y agarro otra peli de terror. Ahí puedo experimentar todas las veces que quiera la muerte.

Y apretar “Stop” cuando me plazca, y decidir seguir viviendo unas temporadas más...

 

© Juan Martín Serantes Peña

Nació el 11 de septiembre de 1979. Psicólogo por decisión del Ministerio de Educación, psicoanalista por elección, actualmente trabaja en el Borda pero se gana la vida en una empresa auditora de medios de comunicación.

Zero nace con él, y periódicamente gana el control de su cuerpo. Es su mitad siniestra, la posibilidad de portarse mal y echarle la culpa a otro. Como tal, escribió la aún inédita novela Una Semana y trabaja en otra, Recreación. Asimismo, pule y engrosa la colección de poemas La Llaga, que espera sacar a luz cuando el mundo esté preparado. Fue columnista permanente de la publicación electrónica Le Vino Velvet Express, y su mayor mérito hasta hoy como escritor fue haber redactado el discurso de graduación en el colegio.

Propone una ruptura absoluta con los escritores influenciados por escritores. Su método, afirma, es el de los músicos: cada cuento o poema es una canción, cada libro un disco.

 © Revista Axolotl, Número 7