Distopías de metal

 

Ciencia Ficción. Suena raro, si nos ponemos a pensar y repensar, ese término suena raro. Y esa rareza se la debemos a una extraña traducción del inglés science-fiction, lo que debería llamarse Ficción Científica (o a lo sumo Ficción de la Ciencia), se llama Ciencia Ficción. Sin guiones intermedios ni nada. Así, a secas y sin reparos, Ciencia Ficción. Podría argumentar muchos porqués, pero creo que es una de las tantas ocasiones en que las lenguas toman préstamos lingüísticos del inglés, ese inglés que corroe lo regional, que resume los pareceres, que busca la aniquilación de ciertas ideas paisanas. Y ese mamar términos ajenos tiene que ver también con la escasa distancia a la que llega nuestra imaginación cuando suponemos el futuro tal cual lo propone Hollywood y sus creativos, precisamente a través de la Ciencia Ficción.

¿De dónde habrá salido esa idea de que las ciudades del futuro tienen ascensores por todos lados, tubos, luces de colores y otros chiches tecnológicos? Porque a esa idea alguien la alimentó, le dio de comer páginas y más páginas, escenografías y más escenografías. Es esa misma creencia de que en las ciudades del futuro todo pasará en el aire. Y está bien, pero tomemos otros senderos, alimentemos el futuro con nuevas ideas, ya mucho más creativas, pintemos de nuevas formas ese porvenir tan tecnológico que nos intentan vender. Caminar de la mano con una novia por bulevares floreados, jugar a la pelota en el baldío, tomar mate en la terraza, parecerían actividades que el futuro truncará, dejando de lado la nostalgia y los romances. Con razón, tal vez, porque si el futuro es de los robots con corazones de lata, la nostalgia y el romance no tienen lugar. ¿O acaso alguien imagina a un robot escribiéndole un graffiti de madrugada a su amor imposible? No, no, no. O Ciencia Ficción o novelitas románticas, caminos paralelos que nunca se juntan.  Propondría la confección de un listado de las cosas que ya no podremos hacer: silbar melodías, llorar entre recuerdos, arrojar bombitas de agua en los carnavales, cantarle a Gardel y tomar ginebra acodado en una barra vieja de madera, contándole al barman las penurias de un irresponsable. No hay Ciencia Ficción que soporte semejantes imágenes anacrónicas, expresiones que nada tienen que ver con la distopía de metal propuesta.

Dentro de ese futuro poco promisorio, al que Hollywood invita, tendrán que existir soluciones para las actividades que más tiempo nos llevan hoy en día.  A ese mundo tecnológico lo prefiguro lleno de soluciones inútiles. Me imagino una máquina expendedora de saberes (ya que estamos inventando, inventemos). Uno mete una monedita y elige, con un botón, el saber con el que quiere abastecer su mente: traumatólogo con especialidad en cintura, sociólogo urbano, pintor impresionista, arquitecto postmoderno, filósofo oriental, etc., etc. Lo que hoy nos expende café mañana expenderá conocimientos. Apoyamos la cabeza en un sector de esa maquinola, y el saber elegido se nos transfiere inmediatamente. Imagino, también, que una máquina así no da vuelto. Hablando de máquinas y transferencias, viene al caso recordar la extraordinaria novela de Bioy Casares, La invención de Morel. Esa máquina grotesca creada para proyectar infinitamente las acciones de un grupo de personas que habita una isla perdida en el medio del Pacífico. Me gusta más esa idea vernácula, claro que con atisbos europeizantes (ciertos personajes hablan un francés sudamericano), una isla que oficia de gran pantalla para siempre. No hay lugar para los vivos, pero prefiero vivir mirando proyecciones pasadas que pasar la vida dentro de un ascensor ultrasónico.

Ya pasamos 1984 y a pesar de los regímenes actuales que el capitalismo impone, la novela de Orwell parece haber acertado más, si ese era su objetivo, en los mecanismos subyacentes de nuestros pensamientos, que en la visión física de nuestra vida cotidiana. Sí, hay cierta relación entre ese televisor que vigila y nuestra televisión actual. Televisión que con sus series repetitivas, deportes a gran escala, programas de concursos y falta de ética atrapa a una gran masa de la población, gente que espera atada a sus confortables sillones el minuto del zapping, dejando que la vida pase por el costadito, como si hubiera posibilidad de resurrección. La gente reproduciendo lo que la televisión vomita, perdiendo la oportunidad de ser parte de una buena vez de alguno de los sucesos de la línea del tiempo que les tocó vivir. Eso también es Ciencia Ficción. ¿Se imaginan un relato antiguo que hable de gente que se la pasa comiendo maíz explosivo mientras mira rayos de colores que hablan? Y, para colmo de locuras  futuristas del pasado, que  esa acción suceda día tras día, como si el tiempo no transcurriese, como si la historia fuera una sola. Ningún antepasado imaginó tal futuro, esa desgracia no fue escrita por nadie. ¿Por qué creernos entonces el verso futurista? No hay más Ciencia Ficción que la que nosotros queremos crear. La de Hollywood, la de Bioy, la de Orwell. En definitiva, Ciencia Ficción, donde (casi) todo vale.

 

© Martín Di Lisio

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