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Bodegón Ciudad de Morón, dos de la tarde. Un ir y venir de autos y de gente. El colectivo se alejó rugiendo y me dejó envuelto en una nube tóxica. Las veredas de baldosas acanaladas, que alguna vez lucieron un tono amarillo, exhibían pozos, grietas, roña pura. Manchones, colillas y los infaltables chicles pisoteados, pegotes como lunares, sutiles quistes de ciudad. Ciudad donde no faltan los grandes edificios ni los puestos de baratijas que entorpecen el paso. Crucé las vías como todo el mundo, con la barrera baja y el tren detenido junto al andén. Tenía que ir al banco a retirar unos pesos. En la entrada imponente de aquella institución —el nombre del banco me lo reservo—, un guardián, cruzado de brazos, me informó que estaban “de paro”. (Alguien dijo alguna vez que, de haber nacido en Argentina, Kafka hubiera sido un escritor costumbrista). Ante la insistencia de cierto cliente exacerbado, el guardián le preguntó qué trámite venía a hacer, alimentando así, con evidente cinismo, una esperanza humilde en todos los que permanecíamos varados en la puerta. Pero la respuesta fue la misma que habría estado repitiendo desde las diez de la mañana: que había huelga, que nada podía hacerse, noticia que acompañaba con un cabeceo negativo y la mirada indiferente. Sin embargo, algunos lograban ingresar. ¿Empleados? ¿Clientes de privilegio? —Tengo que retirar plata —dije, y recuerdo que sonreí, como si ese gesto me favoreciera, como si pudiera abrirse alguna puerta con una mera sonrisa. —Los cajeros no funcionan —respondió, la vista en otra parte, perdida acaso entre los automóviles. —Es un cheque al portador —expliqué sacudiendo el papelucho—, se cobra por ventanilla. —No se atiende, no insista. Me vino a la cabeza el tramo final de aquella gran película argentina: Nueve reinas. Claro que lo mío no era trágico. “Sólo un percance”, me dije mientras volvía a la parada del 320. Advertí que iba arrastrando los zapatos. Algo había cambiado en mí, el humor, la manera de moverme. La mochila, a mi espalda, se me hizo más pesada. La gente pululaba como si fuera a perder el tren. Y yo, sin plata y sin fe —como reza el tango—, era un fantasma que merodeaba sin apuro, atento a los ruidos, los gestos, las miradas. Otra vez la barrera baja. Decidí esperar. Racimos de gente luchaban por subir a tren cargado hasta los estribos. Los de arriba forcejeaban para bajar, alejados de las puertas por la marea humana que los había ido desplazando hacia la mitad del vagón. Las veces que viajé en el Sarmiento lo hice en el vagón de las bicicletas, donde hay más espacio. Eso sí, no hallarán ahí un solo asiento. Muchos se acomodan en el piso, entre los manubrios y las ruedas —las bicis viajan colgadas de unos ganchos como si fueran reses, boca abajo—, se sientan sobre el bolso o papeles de diario, con la espalda contra la pared del vagón. Pasó el tren y vi las caras en las ventanillas: bronca y resignación. En una esquina, un viejo bodegón destilaba olor a fritanga. Me planté frente al ventanal. La ciudad me regalaba una curiosa escena que no podía desaprovechar: un tipo con pinta de vagabundo, sentado a la mesa junto al vidrio, dormía la mona doblado sobre sí mismo, cara a la calle, el moflete hundido en el plato de milanesa. El pelo enmarañado rozaba la enorme torre de puré erigida a un costado, en una bandeja aparte. La boca entreabierta le daba un aire de infradotado. Casi podía oírlo roncar. ¿Cómo era posible que lo dejaran dormir ahí? Bah, en realidad no me importaba, lo único que yo quería era capturar aquella imagen. Cuántas veces lamenté no llevar conmigo la cámara, cuántas escenas grotescas o terribles —o bellas, por qué no—, hubiera podido eternizar en un segundo. Hurgué ansioso el interior de mi mochila y, con el pudor de quien vigila sin descaro el sueño de un desconocido, saqué nervioso la cámara. La llevé hasta mi cara y di un paso atrás para encuadrar la imagen. Los peatones iban y venían. Debía esperar el momento justo. Con el índice sobre el disparador, a punto de capturar aquel rasgo particular de la ciudad —que sólo yo parecía haber descubierto—, por el visor advertí que el tipo se despertaba bruscamente. Gesticulaba escupiendo insultos y me apuntaba con su índice acusador que —¡tac, tac, tac!— golpeaba contra el vidrio. Un vértigo espontáneo, mezcla de vergüenza y sorpresa, me hizo retroceder. Quise escapar y me llevé a un tipo por delante. Tropecé y caí. Mi cabeza dio contra el cordón. Cuando recobré el conocimiento, me vi tirado en la vereda, en medio de un círculo de chusmas que nada hacían por ayudarme. Y entre las caras de esa gente descubrí la del vagabundo. Sonreía, apuntándome —¡clic!— con mi propia cámara.
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© Revista Axolotl, Número 19 |