Festejo

En el centro de la mesa hay una botella de vino por la mitad. Los vasos aún están casi llenos. Hay dos personas sentadas frente a frente. De un lado, un chico de veintidós años: Juan. Del otro, una chica de veinticinco: Florencia. (Los nombres son ficticios, las edades no.) Cada uno tiene su plato cargado de comida. La luz es tenue, así le gusta a Florencia. La televisión está prendida, así le gusta a Juan. Pero ninguno de los dos la mira.

Florencia y Juan están de festejo. Hace un minuto nomás, Florencia dijo, con una risita que no dejó ver ninguno de sus dientes: “Por otro año más”, y levantó la copa. Brindaron, tomaron un sorbito y volvieron a dejar los vasos sobre la mesa. Esos vasos y la botella son los únicos testigos de lo que va a pasar dentro de un ratito en esa cocina. (Dije que ninguno de los dos miraba la televisión. Me faltó decir que tampoco se miraban entre ellos.)

Florencia no sacaba la vista del plato y no paraba de revolver la comida. Juan, sentado en la silla a medio metro de la mesa, estaba cruzado de piernas, miraba sus dedos repiquetear en la rodilla. Algo pasó para que no se hablaran más, para que no se miraran más. Tal vez fueron las palabras de Florencia: no sé. Pero seguramente lo que desencadenó todo fue la pregunta de Juan: ¿qué te está pasando? Aunque después de lo que le contestó ella, sobrevino el silencio, la comida fría, los vasos casi llenos, la botella por la mitad. (Olvidé de contarles algo importante, la casa es la que Florencia alquiló hace cinco meses, cuando decidió irse de la de sus padres para comenzar una vida independiente).

Siguieron en silencio, hasta que sonó el teléfono. Ella se paró y atendió. “No, ahora no puedo”, dijo bajito. Del otro lado pareció que insistían. “No, te dije que no puedo”, volvió a decir. Y presionó la tecla off del teléfono inalámbrico.

Cuando volvió a la mesa, le dijo a Juan que era su amiga. “Está bien, no me expliques”, replicó Juan. Florencia se volvió a sentar y tomó de nuevo el tenedor para seguir revolviendo la comida. Juan no acercó la silla a la mesa, pero sí cambió de piernas de manera nerviosa.

“No sé”, repitió Florencia, pero ese no sé fue más consciente que el anterior, en ese no sé había otra cosa. Juan, ahora sí, descruza las piernas y apoya los codos sobre los muslos. Se toma las manos como si estuviera por rezar y, con la cabeza gacha, comienza a moverla de un lado para el otro, como diciéndole silenciosamente a un quiosquero que esa no es la galletita que quiere. Florencia no mira los movimientos de Juan. “Creo que podemos…”, comienza a decir él. Pero, Florencia lo interrumpe, siempre mirando el plato de comida. “La verdad es que no sé que me pasa, tengo ganas de verte, pero cuando te veo discutimos mucho y por pavadas”, agrega Florencia.

Juan la mira frunciendo el entrecejo, no entiende por qué está diciendo eso. Pero lo que Florencia no le dice a Juan es que hace un mes conoció a Francisco. (Francisco también es un nombre ficticio). No le dice que, desde el día que se conocieron con Francisco, aquella noche en que ella fue a bailar y él no, se vieron casi todos los días. Tampoco le dice que Juan ya no le interesa más, que no le interesan sus proyectos, ni los individuales ni los conjuntos. Que no le interesa si le fue bien o mal en su trabajo, si le aumentaron el sueldo o se lo bajaron. No le dice que ya no la hace reír más, que ya no le parece divertido. Que ya no la excita más, que las últimas veces que hicieron el amor ella no veía la hora de que él acabase para que saliera de encima de ella. Tampoco le dice que jamás se casaría con él como lo habían planeado dos meses antes.

Juan la mira visiblemente conmovido. (Tiene algunas lágrimas que ya ruedan por sus mejillas). Le pregunta a Florencia: “¿Y qué vamos a hacer?” Florencia ahora sí levanta la vista y lo mira. “Tomémonos un tiempo”, le dice. “Para ver qué pasa”, añade completando la frase.

Juan intenta mirar a Florencia, pero ve todo borroso y, refregándose los ojos, responde: “Sí, podríamos intentarlo, para ver si podemos seguir juntos”. (¡Qué paradójico, separarse para seguir estando juntos!)

Sí, Juan no sabe muchas cosas. Porque aunque tuvo varias relaciones anteriores, algunas más fugaces que otras, otras más intensas que algunas, ésta es la primera vez que le hablan de un tiempo como solución. Juan tampoco sabe que ese tiempo del que habla Florencia, es largo, interminable y que, dentro de cinco minutos, cuando salga de esa cocina, de esa casa, el tiempo se va a suspender eternamente, se va a paralizar, se va a volver inexorable. Y aunque Florencia se canse de ese tal Francisco dentro de un mes, nunca más volverá a estar ni siquiera a diez metros de Juan.

Por fin, Juan se levanta y sale de la casa. Florencia lo despide con un beso frío, en los labios. (Juan recordará ese beso toda la vida). Después de despedirlo, Florencia  tomará el teléfono y marcará un número. Sentada, esperará que la atiendan.


©Matías Aldaz


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