Pelea en el bar
Llegó al bar de Pancho y se sentó a una mesa. Venía de una noche agitada: el alcohol le quemaba el hígado y no comía hacía dos días.
Las 11 de la noche. Tres borrachos miraban por la tele el comienzo de una pelea. Se oía al locutor presentando a los boxeadores. El combate de fondo lo disputaban el argentino Natiello, invicto y con un récord de 27-0 con 22 nocauts, y el puertorriqueño Frías, también sin derrotas después de 23 peleas, 18 por la vía rápida. Estaba en juego el título de la Asociación Mundial de Boxeo en peso welter.
Aunque para él estaba en juego mucho más que el título de la Asociación Mundial de Boxeo en peso welter: su estómago pedía a gritos algo sólido, la resaca le subía hasta el cerebro y le bajaba hasta la punta de los pies. El dolor de cabeza se volvía insoportable y, encima, uno de los borrachos subía el volumen de los gritos y anuncios por la tele. Nada podía ser peor.
Él fue hasta la barra, mientras Natiello recibía un uppercut de derecha que le reventaba la nariz y lo desparramaba en la lona.
—¿Qué hay para comer?
—Algo de salame -le dijo Pancho mientras pasaba una rejilla sobre la heladera-. Salame, queso y un poco de pan.
—Bueno, quiero un sándwich y algo… Agua, dame. Nada de alcohol.
—¿Nada de alcohol?
—Nada, Pancho. Nomás una botella de agua. O un vaso, si me das.
—Botella -dijo Pancho.
Terminó la segunda vuelta. Natiello rechazó la ayuda de sus segundos. Como podía, se levantaba; ya iba a su esquina. El locutor se mostraba sorprendido por el estado del puertorriqueño y el aguante del argentino. Los borrachos seguían dándole a la cerveza y los maníes.
Él se sentó en una silla, en el fondo. Desde ahí podía ver el comienzo del segundo round y cómo Natiello recibía ganchos zurdos que lo dejaban tambaleando: Frías le hundía los guantes en el tabique una y otra vez. Hasta a él le dolían.
Miraba la tele atento a los golpes que recibía el argentino. Definitivamente, el pobre la estaba pasando del carajo. Mejor concentrarse en el sandwich que ahora traía Pancho. Comía y pensaba que los boxeadores eran igual que los borrachos: después de una pelea, les sangraba la nariz. A él mismo le sangraba la nariz. Diferentes escenarios: los pugilistas se pegaban en un ring, y los borrachos en un bar. Pero todos eran humanos; algunos, con más suerte que otros. Los boxeadores intercambiaban puños por dinero y fama; y los borrachos, por mujeres y alcohol. Sin dudas, tenían cosas en común. Se sintió identificado con esos valientes que subían a un ring a darlo todo.
Las ganas de vomitar le revelaron que su estómago no toleraba el fiambre. Masticó el sandwich a pesar de las arcadas. Se sumó a eso la necesidad de cagar.
El puertorriqueño le encajó a Natiello un cross de derecha que lo tiró cerca de su esquina, pero el nuestro no tardó en levantarse. Escuchó la cuenta de protección y, en el momento en que iba a seguir la pelea, sonó la campana.
Vinieron los comerciales. Uno de los borrachos se levantó y pidió la cuenta.
—Termino… —dijo, como pudo—. Termino la pelea en casa.
Él vio cómo Pancho le cobraba al tipo sin sacar los ojos de la pantalla: seguía contra el estaño esperando a que volvieran las piñas. Pancho era tan miserable como sus clientes.
Y él también era un miserable. Borracho, además de miserable. Miserable, vago, pobre y desgraciado. Hasta los hijos lo habían dejado en banda, cuando se le ocurrió fajar a la turrita aquella más de la cuenta. A sus cuarenta y cinco años de inútil, ningún trabajo le había durado más de dos meses. Y ahora, al darse cuenta de que ni siquiera andaba con veinte pesos en el bolsillo, el dolor de estómago y las ganas de cagar fueron más fuertes. Después del sandwich y el agua, la economía iba a estar más complicada todavía. Debía buscar un empleo. Empleo, sí. ¿Y de qué mierda?
Desde la pantalla, Natiello reaccionaba con todo: llevó contra las sogas a Frías, y Frías cayó, pero fue solo un resbalón. El argentino retomó su confianza: pegaba y pegaba sin asco, pegaba y pegaba sin parar. Y el puertorriqueño se cubría, recibía ganchos de derecha y de izquierda, le sangraba la nariz. Natiello repetía los golpes al hígado, ¡dale que dale! ¡Se daban, se mataban arriba del ring!
Él se levantó, corrió hasta el baño, entró y vomitó en la pileta.
Oía gritar al locutor algo así como que aquella era una pelea monumental. Seguía vomitando costras de salame, ahora sobre el inodoro y sus propios zapatos.
Terminaron las arcadas, se limpió con papel higiénico la boca y se sentó a cagar. Oyó decir al locutor que Natiello era de acero y que su recuperación era extraordinaria.
Él pensó en cómo deberían terminar los boxeadores después de cada pelea. Los imaginó doloridos, con los ojos hinchados, con el tabique roto, aunque al fin y al cabo con guita en los bolsillos, en una cama con sábanas limpias, sin ratas. Pensándolo bien ya no se sentía muy identificado con ellos. No tenía nada que ver con ellos. Pero los envidiaba porque al final de la velada boxística ambos contrincantes se llevaban una buena suma de dinero. Seguramente lo gastarían en putas caras, en cerveza y en autos lujosos. Mientras que él se emborracharía esperando que amaneciera, que cayera el sol y que la noche lo depositara, otra vez, en un bar con putas, en su caso, baratas.
Cagaba cerveza y miraba los dibujos que había en la pared, prestó atención a una frase escrita en la puerta que decía: “El que lee es un pelotudo”, creyó que realmente era un pelotudo y que no había nada peor que cagar en un bar de mala muerte y no tener un peso. Se levantaba cuando escuchó que entraban unos tipos…
—Escuchame bien, salimos y de una le pones el fierro en la cabeza y le decís que te de la guita, ¿me escuchaste? -dijo una voz gruesa.
—Está bien, pero si se retoba lo mato -sentenció el otro hombre.
—Vos quedate tranquilo. Mientras le apuntás yo voy al fondo, agarro la guita y le afano todo, el hijo de puta la tiene guardada ahí.
Ernesto escuchaba todo. No podía tener tanta mala suerte, había vomitado, tenía colitis y encima dos pistoleros le iban a afanar los veinte pesos que le quedaban. Creyó conveniente salir y que le metieran un tiro en la cabeza. Seguro que en el infierno no pagaría expensas, las orgías serían gratis y Lucifer repartiría cerveza tirada. Se levantó del inodoro, iba a abrir la puerta cuando lo invadió la curiosidad. Decidió esperar y seguir escuchando la conversación de los tipos.
—Ni bien salimos, vos le apuntás al viejo y les decís a los que están viendo la pelea que se tiren al suelo y el primero que se mueve le pegás un tiro. ¿Entendiste? -preguntó el de la voz gruesa-. Parecía ser el más experimentado.
—Sí, sí. –dijo el otro acatando las órdenes.
Ernesto intentó mirar por la cerradura, pero no vio nada. En cambio, sí escuchó que cargaban un arma. Era el quinto round y Frías chocaba su cara con los guantes del argentino. Los hombres salieron. Ernesto se quedó sentado esperando la resolución del robo. Sonrió al imaginar que tal vez entre la llegada de la policía y el parloteo de los borrachos atestiguando, Pancho se olvidaría de cobrarle el agua y el sandwich. Se ahorraría 8 pesos. En ese caso la economía no estaría tan mal.
Se limpiaba el culo cuando se escucharon unos gritos. Natiello le daba un cross en la mandíbula a Frías. Sonaron unos estruendos. El puertorriqueño trastabillaba, iba a caer en cualquier momento. Otros tres tiros apocaron al relator. El boxeador argentino tenía a su contrincante contra las cuerdas. Pasaron tres minutos y Ernesto decidió salir, abrió la puerta de la frase, y se miró al espejo. Las ojeras le rozaban la pera. Tenía que dormir. Se escuchaba gritar al relator que el cinturón ya tenía dueño. Natiello era campeón mundial.
Cuando salió del baño, se encontró con el cuerpo de uno de los borrachos, tenía un balazo en el estómago, estaba muerto con los ojos abiertos. El charco de sangre llegaba hasta la puerta principal. Siguió caminando y, debajo de la mesa, otro borracho yacía con dos disparos en la cabeza, los maníes se mezclaban con los sesos desparramados por las baldosas. Fue a la barra, prestó atención a un vaso de cerveza que decoraba el mostrador, tomó un trago. Se acercó atrás de la barra y fijó los ojos en el cuello de Pancho, salían chorros de sangre, no se quejaba, no se movía. Miró de reojo la tele, Natiello levantaba el cinturón. El puertorriqueño, sentado en su esquina, recibía la contención de su entrenador. Su cara era un gran moretón. Tenía el rostro deformado.
Ernesto miró a su alrededor, contempló el escenario, se acordó del borracho que había ido a ver la pelea a su casa. Era un tipo con suerte, pensó. Miró la tele y después de todo Frías y él también eran afortunados. El puertorriqueño se llevaría 100 mil dólares por la pelea y él se ahorraba los 8 pesos del agua y el sandwich. El trabajo podía esperar un día más. Salió del bar y se acordó que no había apretado el botón del inodoro, no le importó, había cosas peores.

