Cumulonimbus
Desperté con un derrame en el ojo izquierdo, una mancha colorada debajo del párpado. Me sucedió hace unos días. Fui a la sala de primeros auxilios, a diez cuadras de casa. Mi presión arterial estaba dentro de lo normal. No había oftalmólogo de guardia, pero me recomendaron descansar. Imposible: debía cumplir con ciertos compromisos de trabajo.
Con el auto visité a algunos clientes. Mientras esperaba ante un semáforo me miré en el espejo retrovisor. La mancha seguía ahí. El hospital Santa Lucía me quedaba de paso. Me anotaron en una lista, luego me senté a esperar. Veinte personas delante de mí. En el televisor amurado a la pared daban un programa de entretenimientos (de cuyo nombre no quiero acordarme): dos equipos conformados por enanos jugaban un partido de fútbol sobre una pista de hielo. Los enanos usaban zapatillas deportivas, nada de calzados especiales. Se pegaban cada porrazo que la gente en las tribunas del estudio se reía a más no poder.
―¿Cómo se llegó a esto? ―me preguntó un viejo a mi derecha, señalando la pantalla.
Me limité a asentir para no entrar en conversación.
―Este mundo es tan raro ―agregó el viejo, como hablándose a sí mismo.
Me llamaron por el apellido. La presión del ojo estaba bien. Me indicaron que no tomara aspirinas, pero yo me había zampado dos antes de salir de casa. El médico: “Quizás hizo un esfuerzo o estornudó fuerte, aunque también puede ser nervioso”. No me recetó medicamentos.
Atardecía. Regresaba por la avenida Márquez, cuando a través del parabrisas distinguí una nube oscura con forma de árbol o de hongo. El paisaje se tornó distinto, irreal, a causa de esa figura. Todavía prevalecía el azul en el cielo, un azul deslucido por el humo de los autos y la propia noche que se expandía en todas direcciones.
La nube, vertical, se encendía y se apagaba cada cinco segundos. Un nido de relámpagos. Nunca había visto tantos relámpagos estallar tan seguidos dentro de un espacio delimitado. Latidos de una criatura aún sin forma definida. Monstruo en gestación. No podía dejar de mirar esa formación cargada de anguilas eléctricas. ¿Cómo era posible que el tránsito no se detuviera, que la gente no bajara de sus coches para contemplar, hechizada, aquella cosa única? Sí que es raro este mundo, me dije. Nos atraen más los fenómenos de feria que este tipo de manifestaciones.
Me hubiera gustado estar en el campo. O en un paraje desierto para apreciar mejor la nube. La veía brotar de los edificios, detrás de los cables y faroles y carteles publicitarios. No estaba seguro de que naciera en la tierra o estuviera flotando a escasos metros de altura.
Doblé y subí al puente que me conducía a casa. Eché un vistazo hacia la derecha. Pude comprobar que la nube ―luego me enteré de que estas formaciones se llaman cumulonimbus― nacía en la línea del horizonte.
Había avanzado pocos kilómetros desde que la había descubierto y, sin embargo, la sentía cerca. Su fisonomía iba cambiando con el correr de los minutos, pero no dejaba de inflamarse con cada relámpago, con cada latido de luz. Pensé en una amenaza. ¿Un diluvio? ¿Estaría lloviendo allá donde la nube se levantaba?
Por fin, en casa. Me miré el derrame en el espejo. Me pareció encontrarle forma de árbol o de hongo.
Subí a la terraza con la intención de enseñarle a mi mujer esa cosa que se recortaba en el cielo. Pero la nube, desgarrada y difusa, había perdido su forma. Nada quedaba de la terrible belleza que mostraba minutos atrás. Para colmo, se le habían agotado los relámpagos.
Un nuevo día. Desperté a las siete de la mañana. La irritación en el ojo había desaparecido. Por la ventana descubrí un cielo limpio, transparente. Como si todo hubiera sido un mero espejismo. No había caído una sola gota sobre Buenos Aires. Ni rastros quedaban de la amenaza de tormenta de la noche anterior.

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Me gustan esas nubes (son mis preferidas) y me gusta el relato.
Saludos.