Palabras, colores y sonidos
Una imagen es mucho más fuerte que mil palabras. Planteada así, como un axioma, la relación entre la pintura y la literatura parece tener un comienzo difícil. Parece una relación cargada de envidia, celos o rivalidad. Más que como una verdad absoluta, sería preferible tomar esta frase como una hipótesis, como una primera suposición a profundizar, para buscar la simbiosis que seguramente existe entre la pintura y la literatura.
Monet contra Maupassant. Monet diciendo que una sola de sus obras pesa más que todas las palabras de Maupassant. Inverosímil. No solo porque Monet nunca lo dijo, sino también porque sabemos que al ver una de sus pinturas —por ejemplo, Impresión Puesta de sol, que dio su nombre al movimiento impresionista—, nos embarga una emoción parecida a la que sentimos después de leer Bola de sebo, de Maupassant.
Ya empezamos a encontrar similitudes: ambas nos emocionan. Sentimos esa emoción tanto frente a la pintura como frente a la obra literaria. Atrás de luces y sombras, de colores y formas, y más allá de la racionalidad de las palabras, Monet y Maupassant, en una pintura y una obra literaria, han logrado condensar “algo” que nos conmueve: arte.
Sentados en el pasto del jardín, un padre y su hijo conversan. El padre habla, gesticula, y mientras trata de convencer a su hijo de la conveniencia de no fumar, exhala el humo de un cigarrillo. Las posibilidades de éxito son pocas. La fuerza de esa bocanada de humo y el cigarrillo entre los dedos es tan poderosa, que una de las preguntas del hijo podría ser: ¿Y vos por qué fumas? Las palabras del padre se desmoronarían, y le sería imposible lograr su objetivo.
Este ejemplo corrobora el axioma inicial. ¿Por qué? Porque no estamos hablando de arte, sino de imágenes y palabras de la vida cotidiana. Por lo tanto, frente a la racionalidad de las palabras, la imagen del padre fumando es la vencedora.
¿Podría Monet pintar la conversación entre ese padre y su hijo? Seguro que no. Podría pintarlos en una posición que nos sugiera una conversación. Pero nunca conoceríamos los argumentos de ella.
Este es el meollo de la cuestión por la que muchos pintores escriben, y muchos escritores pintan.
Ernesto Sábato, en una entrevista publicada en ABC Cultural N° 22, decía: “La pintura fue mi primera pasión, desde la niñez, cuando aún no sabía leer ni escribir. Sea como haya sido, en mi contradictoria y tumultuosa existencia, la literatura se fue imponiendo porque mis crisis espirituales, psicológicas y políticas exigían ya palabras e ideas aunque fueran ideas encarnadas en violentas pasiones”.
Sábato necesitó de la racionalidad de las palabras para encontrar sus respuestas. La pintura ya no le era suficiente. La pintura lo desbordaba en pasión pero no llenaba los huecos que solo las palabras podían cubrir. Por supuesto: los razonamientos que buscaba no los podía pintar. En este caso, las palabras tuvieron más peso que las imágenes de sus pinturas.
¿Qué pasaría si a imágenes y palabras les agregamos sonidos? Busquemos argumentos más allá de los bordes de la relación entre la pintura y la literatura.
Un ancho muro rodea una casa en la cima de un monte. Un hombre, sentado en su auto, aguarda detrás de un pórtico con verjas. Las rejas de hierro forjado permiten ver los árboles que bajan hasta la costa de un lago. Las puertas del pórtico se abren, dejan paso al auto que rueda por un camino con guijarros de piedra blanca, piedras que lastimarían las plantas de los pies si camináramos descalzos. El crujido de las gomas aplastando los guijarros rompe el silencio del lugar. El auto, después de pasar entre los canteros repletos de flores de aroma dulce, llega por el sendero hasta la escalinata de la casa y estaciona frente a la puerta de entrada.
A esta sucesión de imágenes, ahora agreguémosle música. Por ejemplo, música de un clásico del cine como Love Story, película basada en el best-seller escrito por Erich Segal. Como espectadores, podemos deducir que ese hombre del auto viene a la casa para una cita romántica. Lo increíble es que, si a las mismas imágenes les cambiamos la música por la de otro clásico como Psicosis —del incomparable Alfred Hitchcock, y sobre la novela de Robert Bloch—, se transforma en cine de terror y suspenso: el hombre llega a la casa para encontrarse vaya uno a saber con qué espanto.
Es maravilloso, ¿no es cierto? La misma escena pero con un invitado de distintas características a las imágenes y las palabras: el sonido. El sonido que, estructurado dentro del pentagrama, escalas musicales, acordes, armonía, contrapunto, instrumentación, generan la música. Música capaz de cambiar una escena romántica en otra espeluznante.
¡Vaya, qué forma de concluir sobre la fascinante simbiosis de las artes! Una simbiosis que nos muestra la íntima relación entre ellas, sin que cada una pierda su identidad. La música y la pintura afectan nuestras emociones de forma más directa que la literatura. La literatura exige paciencia para estructurar ideas a partir de las palabras concadenadas en línea horizontal. Es la gota que orada la piedra. La música es la más abstracta, y requiere de un idioma que permita escribir sonidos. La pintura necesita de un idioma gestual para plasmar en el lienzo luces, sombras, colores, formas. El idioma de la literatura es el más habitual, sin que por eso sea más fácil el objetivo. La poesía impacta nuestras emociones. El ensayo apela al intelecto para razonar sobre algún tema.
Isidoro Blaisten, en una conferencia que leyó en 1999 en el Museo Nacional de Bellas Artes, dijo: “No hay nada más rápido que la mirada. Pensemos cuánto tiempo nos lleva leer los siete tomos de En busca del tiempo perdido, [de Marcel Proust] pensemos en cuántas buenas exposiciones podemos ver en ese tiempo. Pensemos cuánto tiempo nos demanda la lectura y comprensión del Ulises de Joyce y comparemos cuánta buena pintura podemos ver en ese tiempo. De manera que podemos deducir correctamente que los tiempos de la pintura y de la literatura son distintos”.
En principio, esta idea de Blaisten sorprende porque está planteada desde el punto de vista del espectador que observa o lee, y no del artista que pinta o escribe. Si nos ubicáramos en el punto de vista del artista, la visión sería diferente. Y así lo aclara Blaisten en el siguiente párrafo: “Sin embargo, Tolstoi, para acuñar una de las más célebres frases literarias, no emplea términos literarios, emplea términos pictóricos. Tolstoi dice: «Pinta tu aldea y pintarás el mundo». Este es un consejo para todos los escritores”.
Los cinco sentidos aplicados a la literatura. Pintamos la escena del padre con su hijo. Pintamos el auto ingresando al jardín para llegar hasta la casa.
Los pintores necesitan “ver” más allá del paisaje que pintan para plasmar afectos, vivencias, sentimientos que harán de su pintura una obra de arte. La técnica de escribir, como en la pintura, trata de despojarse de lo secundario o accesorio para que llegue lo esencial.
Algunas veces, el pintor no puede “ver” más allá de lo que ve. Y entonces recurre a las palabras. Los molinos ya no existen, pero el viento sigue todavía, le decía Van Gogh a su hermano Theo. Porque lo obsesionaba pintar el viento, lo obsesionaba pintar la penuria de los trabajadores en las minas de carbón.
Por la desesperada necesidad de retener las imágenes, Van Gogh pudo descubrir el alma de las personas y las cosas para pintar afectos, vivencias, sentimientos. Bach plasmó su genial obra impregnado de religiosidad. En un poema de Borges podremos captar su amor a los libros.
El ritmo, la forma, la estructura, la armonía están presentes en todas las artes. Una línea melódica avanza mediante su forma, su ritmo, su escala armónica. Una pintura comienza con ciertos colores, contrastantes o no, y detrás de la estructura se esconde la verdadera obra de arte que logra emocionarnos. Tratemos de entender una página escrita sin puntuación y nos daremos cuenta de que el caos provoca un esfuerzo mental inútil. Las pausas, si fueran solo por una necesidad fisiológica de respirar, serían meras detenciones. Son algo más. Son el ritmo superior, la cadencia necesaria que nos conmueve cuando leemos una poesía.
Para eso, es necesario llegar al espíritu de la obra. Dejarse inundar por aquello que evoca la vista de una escena. Solo así lograremos transformar nuestros sentimientos en música, pintura o literatura. De lo contrario, saquemos una foto y guardémosla en la billetera.
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